LEYENDAS DE LA PALMA · VII
Idaira, la niña awara
Séptima entrega de «Leyendas de La Palma»: la historia de Idaira, una niña aborigen arrancada de los suyos tras la conquista y vendida como esclava, según se documenta, en los mercados de Valencia hacia 1497.
Y de repente la historia comenzó a cambiar de forma radical para ellos. Desde que comenzaron a llegar aquellos desconocidos en son de conquista a las islas Afortunadas, la tierra que tanto amaban sus moradores, su mundo ya no sería el mismo. Significó conocer el dolor de perderlo todo, no solo las tierras que cuidaban con afán y necesitaban para subsistir de sus cultivos, sino sus cabras y ovejas, sus moradas… Todo ello les fue arrebatado y pasaron a manos de unas gentes extrañas que venían dispuestas a adueñarse, establecer su sistema, su forma de hablar, destruyendo la cultura que habían heredado de sus antepasados. Hermanos de sangre y vecinos, hombres, mujeres y niños eran llevados en barcos a otras tierras para ser vendidos como esclavos. Ellos, que se sentían libres y se comunicaban directamente con el cosmos, el sol, la luna y las estrellas, no podían concebir otra forma de vida. Todo venía dado del cielo en conjunción con la tierra. Así lo interpretaban desde tiempos inmemoriales.
Fue un verdadero trauma para los awaras, los nuevos amos imponían otras costumbres diferentes, otro culto religioso que, según les decían, estaba escrito en libros, que hablaban de paz, perdón y amor al prójimo, pero que nunca lo sintieron hacia ellos, sufriendo la expoliación, la esclavitud, la humillación, el desprecio a su dignidad como seres humanos. Las nuevas leyes les despojaban de sus derechos. Solo prevalecía el que les otorgaban las armas y la autorización conferida por unos reyes que no conocían, psando ser sus vasallos. Y a los que se quedaron les obligaron a bautizarse a una fe que nunca entendieron bien, cambiándoles sus nombres a capricho de ellos.
Libraron duras batallas contra los intrusos y muchos naturales perdieron la vida; se alzaron con todas sus fuerzas por defender su patria, sus raíces, su cultura, su lengua. Pero aquellos extraños eran muchos y venían mejor preparados para la guerra, con nuevas armas de hierro y de fuego frente a los palos y las piedras, sus únicas defensas, pese a ser muy diestros en ello.
Idaira, la niña awara, miraba a sus padres, les oía hablar de la invasión y observaba sus caras tristes y preocupadas que no pasaban desapercibidas para ella a pesar de a su corta edad. Intuía que lo que estaba sucediendo no era nada bueno para ellos ni para el resto de los habitantes de Benahoare. Ella aún ignoraba lo que el destino le iba a deparar. Estaba viendo como los adultos y también los niños con los que anteriormente jugaba, comenzaban a ser transportados, desapareciendo sin saberse más de ellos.
Idaira fue una de tantas. La arrebataron de su familia y la enviaron lejos, a otra tierra desconocida, con gente extraña… Idaira solo podía llorar de impotencia y se preguntaba ¿por qué?, pero no encontraba respuesta alguna. Su vida había cambiado bruscamente, pasó a ser una niña triste, sin cariño, sin nadie que se preocupara por ella. ¡Cómo echaba de menos a sus padres, sus caricias y sus cuidados, la cueva donde residían tan felices, a sus amigos, a los de su entorno! Ahora era una criada de unos señores a quienes tenía que servir. Ella no había nacido para eso, procedía de un linaje noble. Siempre oyó decir a los suyos que eran libres, y ella deseaba seguir siéndolo.
Cierto día comenzó a planear su huida, no quería vivir más en aquella asfixiante casa. Esperaría el momento oportuno; cuando nadie la viera, escaparía de allí. Y tal como lo pensó, lo hizo. Había cumplido ya los trece solsticios de verano, su madre le había enseñado a llevar la cuenta siguiendo el movimiento de los astros. En la madrugada, antes de que empezara a clarear, mientras todos aun dormían, se echó al camino con un pequeño petate, con mucho miedo, pero con muchas más ganas de desaparecer del lugar, librarse de aquella opresiva familia. Sabía que a pocas leguas de la casa donde residía, habitaban otros hermanos de raza que fueron traídos como esclavos igual que ella. Sí, iría hasta allí a pedir ayuda…
¡Pobre niña awara! La libertad perdida era muy difícil de recuperar.
Sentía miedo, hambre, frío. Intuía que el amo de la casa, su señor, vendría en su búsqueda y si la encontraban la castigarían duramente con látigos, tal como había visto sufrir a muchos de los suyos. Pero no le importaba, era preferible eso a carecer de dignidad. Con la angustia metida en su cuerpo, siguió andando y alejándose cada vez más hasta que, de pronto, se encontró con aquel hombre de aspecto cruel que la venía siguiendo. Asustada corrió hacia unos matorrales con tan mala suerte que cayó por un precipicio. El golpe en la cabeza fue mortal. Su final fue triste como el de otros muchos de la raza, murió valientemente en busca de la ansiada libertad. Idaira, cuyo nombre en amazigh significa «estrella», como las que residen en el firmamento, las que de niña había contemplado junto a su madre, mirando los cielos en las noches claras, seguiría siendo libre, vagando como una de ellas.
Se documenta que la niña Idaira fue vendida en los mercados de Valencia por el 1497. Su final es desconocido, al igual que su vida, hizo de sirvienta en alguna casa señorial.
SOBRE EL AUTOR
Manuel F. Hernández Martín es autor-colaborador palmero. Colabora en la Revista Breña Alta y en El Faro de La Palma firma la serie «Leyendas de La Palma».

Leyendas que reflejan la historia y las creencias de los antiguos habitantes de La Palma y otros relatos curiosos de la isla. Agotada la primera edición, muy pronto estará disponible la segunda en las librerías de la isla.
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