LEYENDAS DE LA PALMA · VI
La leyenda de Tanausú, el invicto caudillo de Benahoare
El jefe de Aceró resistió más que nadie al capitán Alonso Fernández de Lugo. Cuando por fin bajó a negociar, la traición lo esperaba. Manuel F. Hernández Martín recupera su historia en la sexta entrega de «Leyendas de La Palma».
Eran tiempos de cuando Cristóbal Colón pasaba por estas islas rumbo a las Indias cruzando el Atlántico en aquel histórico año de mil cuatrocientos noventa y dos, un viaje en el que después se supo que descubrió América por casualidad. Ello supuso un gran revulsivo para todos los países europeos que inmediatamente se lanzaron a la conquista de un vasto continente por explorar (y explotar) sus enormes recursos, luchando y destruyendo las culturas nativas que vivían allí desde muchos siglos atrás.
Los reyes de Castilla y Aragón ya habían recuperado para sus dominios todo el territorio de la Península, expulsando a los árabes del último bastión que quedaba en Granada, pero necesitaban posicionarse en el mundo para ser más grandes y poderosos, y convertirse en los mayores valedores de la cristiandad. Las materias primas y los minerales como el oro y la plata eran imprescindibles para sufragar los gastos sufridos en las campañas militares y el mantenimiento del ejército. El reino crecía en poder y prestigio en aquella Europa del Medioevo en plena construcción. Ya se había descubierto unas islas en el Atlántico, frente a las costas de África, las Islas Afortunadas, las que luego vinieron a llamar Canarias. Pero aún les quedaban algunas por conquistar (Benahoare = La Palma y Achinech = Tenerife).
Sus católicas majestades habían autorizado a uno de los capitanes que estuvo inmerso en la reconquista, Alonso Fernández de Lugo, natural de Cádiz, para anexionar también las dos islas de Canarias que aún faltaban por completar el dominio en esta zona atlántica. No podían permitir que un reino pequeño como Portugal cogiera la delantera, expandiéndose por el mundo antes que ellos. El único inconveniente es que los nativos que aquí vivían se lo pusieron muy difícil, eran hábiles en las tácticas de guerrillas, lanzando piedras y utilizando palos, sus únicas armas.
En estas dos islas, La Palma y Tenerife, como también en el resto, habitaban unas razas que luego se generalizó llamándolas guanches, muy valientes y aguerridas, que no se dejaban doblegar fácilmente, defendiendo arduamente su territorio. Ciertamente, ellos vivían a su modo, libres y felices con su cultura, a pesar de lo poco que tenían para subsistir: cabras, ovejas y algunos cerdos que habían traído del norte de África, de donde procedían, incluso cultivaban algunos granos de cebada. Todo ello les servía para el sustento: leche, carne, pieles para la ropa, esteras para las camas… Junto con las lapas, burgados y algunos pescados de la costa era lo mínimo indispensable para sobrevivir. Se habían adaptado sin remedio en estas islas carentes de otros recursos.
En ese año de 1492, el capitán Alonso Fernández de Lugo llegó a la isla, después de varios intentos anteriores por someter a este pueblo. Trajo consigo en barcos a muchos hombres con sus mejores armas y mejor preparados para la guerra que los isleños. Es verdad que eran muy certeros lanzando piedras, pues desde pequeños estaban adiestrados en un juego que consistía en lanzarse piedrecitas y pequeños objetos tratando de esquivarlas, pero estaban en inferioridad de condiciones ante aquellos invasores. Su habilidad en el uso de palos endurecidos al fuego tampoco les fue suficiente para competir con las armas castellanas. También eran diestros en la lucha cuerpo a cuerpo, pero resultaba imposible medirse frente a las largas picas, los sables, puñales, corazas y escudos de los hombres de guerra especialmente venidos en son de conquista. Además traían caballos, animal desconocido en las islas.


A base de pactos con unos y con otros bandos indígenas, poco a poco, el Lugo se hizo dueño de casi toda la isla. Por ese entonces, Benahoare estaba dividido en doce pequeños reinos o cantones: Tigalate (Mazo), Tedote (Las Breñas y Santa Cruz de La Palma), Tenagua (Puntallana), Adeyahamen (Los Sauces), Tagaragre (Barlovento), Tagalguén (Garafía), Tixarafe, Adirane (Los Llanos y Tazacorte), Tihuya, Tamanca (Las Manchas), Ahenguareme (Fuencaliente) y Aceró.
Nota: La leyenda está inspirada en hechos reales. La denominación Adirane, documentada por Abreu Galindo, fue erróneamente transcrita por el historiador Viera y Clavijo que, redactando la Historia de Canarias, puso el nombre de Aridane, que venía a significar precisamente «tierras de llanos o planicie».
Aún les faltaba uno para completar la conquista, el de Aceró (o Eceró, cuyo significado es «lugar fuerte»), llamado también Tabureites, en el centro de la isla, lo que hoy es la enorme Caldera, un lugar casi inexpugnable, difícil de penetrar por sus enormes paredes verticales, encerrada por altos riscos. Cada vez que lo intentaban, los soldados castellanos sufrían grandes bajas, ya que estaba constantemente vigilado por sus moradores. El jefe, llamado Tanausú («el magnánimo», «el valiente»), un joven valeroso y astuto, supo aguantar firmemente el asedio, con deseo de no doblegarse a nadie y continuar siendo libre con su pueblo.
Tanausú y los suyos resistían una y otra embestida de los castellanos. A través de los espías, le llegaban noticias de que la mayoría de los cantones se habían sometido al capitán Lugo. Solo sus buenos amigos Juguiro y Garehagua de Tigalate, y los de Tagaragre (Temiaba y Autinmara) aún se mantenían sin ser cautivos. Incluso su tío Atogmatoma había pactado, como ya había hecho meses antes su pariente Mayantigo de Adirane, uno de los primeros en hacer las paces con el conquistador. Tras meses de luchas, todo se perdió, ya solo quedaba él y su tribu dentro del recinto de Aceró.
Ante su férrea resistencia, el capitán Lugo recurrió a la táctica de enviarle mensajes por medio de algunos parientes, ya sometidos, para convencerle y que se entregara pacíficamente, prometiéndole que seguirían conservando sus moradas, que respetaría sus vidas y sus tierras. A través de ellos le mandaba algunos obsequios, ropas y otras bagatelas en prueba de paz y amistad. Pero todo eran argucias, la típica estrategia de los conquistadores que ya les había funcionado aquí y en otras islas.
Todas las veces, él rechazó esas invitaciones. Al final, cuando pudo ser convencido por una de sus primas, Tanausú decidió bajar para hablar con ese capitán y ver qué pacto le iba a ofrecer. Tuvo la prudencia de enviar antes hacia la cumbre a un gran número de mujeres, niños y ancianos para que estuvieran resguardados y no fueran cautivos, decisión que luego resultó ser fatídica puesto que muchos murieron congelados de frío. Fue ese lugar que luego llamaron Aysouraguan (=lugar donde se congelaron).
El encuentro se había concertado en la zona donde se encuentra una fuente que ellos conocían por «Fuente del Pino». Tanausú iba con su banot, la vara que usaba para transitar por peñas y barrancos, también para defenderse. Prácticamente iba desarmado, acompañado de unos pocos amigos de guardaespaldas, quienes ya le habían advertido que no fuera tan confiado. Él quiso mantenerse en su palabra: solamente iba a parlamentar, suponiendo que el otro también respetaría el encuentro. Pero no fue así, en una emboscada ya preparada, se abalanzaron varios soldados haciéndoles prisioneros y atándoles de pies y manos. El capitán faltó a su palabra, la estrategia volvió a funcionar una vez más. Le engañó con sus malas prácticas, pues sabía que era la única manera de adueñarse de toda la isla y reducir a los últimos ahoaras.

Corría el mes de mayo del año 1493, el invicto jefe Tanausú estaba siendo transportado en barco para llevarlo ante la presencia de los Reyes de España junto con otros de su estirpe, a modo de trofeo de guerra, amarrado, triste y muy apenado por la traición que le habían cometido. Nada más salir de la Isla, no quiso comer ni beber agua, de sus ojos desprendía la rabia, un dolor incontenible en el pecho, viendo cómo se alejaba de ella poco a poco, cada vez más. «Si al menos me hubieran dejado luchar por nuestra libertad…» se arrepentía afligido en su interior. No quería hablar con nadie, solo gritaba continuamente:

—Vacaguaré (=Vac-ahoare, vac-ahoare), constantemente gritaba y repetía «vac-ahoaré».
Los soldados y hombres de mar que lo vigilaban no entendían lo que quería decir en aquel idioma extraño; interpretaron que manifestaba «quiero morir», «quiero morir», porque se negaba a comer y beber agua. Sin embargo, con el tiempo resultó que todos estaban equivocados. La verdadera traducción de lo que Tanausú decía era «quiero volver a Benahoare», «déjenme regresar con mi pueblo ahoare». Ese era su lamento de angustia. En su mente sentía la impotencia de no haber podido luchar por su pueblo. Ya todo se había perdido. Él, el bravo e indómito líder que no sabía de engaños ni traiciones, que no concebía la esclavitud, el magnánimo, el valiente jefe de Aceró, seguiría siendo libre de cualquier manera. Desde el rincón donde lo ubicaron, amarrado en la cubierta del barco, se incorporó ligeramente para echar la última mirada hacia su amada Benahoare, la vio por última vez, lejos, muy lejos, desapareciendo entre las brumas del mar.
Dicen que, hasta los soldados que lo custodiaban, se apiadaron de él, viendo cómo caía una lágrima de sus ojos bajando lentamente por su rostro, tan solo una lágrima, tal vez la única que había salido de ellos en toda su ajetreada vida. Así lo manifestaron después cuando fueron a dar el parte al capitán de la nave. Quedó dormido para siempre. Murió de tristeza y de hambre a los pocos días de haber salido de la isla, amarrado a la cubierta del barco como un animal.
La isla entera presintió su muerte desde aquel mismo instante. Hombres, mujeres, niños y ancianos, también sus más acérrimos enemigos locales (Mayantigo y Atogmatoma) le lloraron durante largos días. Durante muchas lunas después, al son de un rústico tambor de cuero y dos chácaras, todavía cantaban al oscurecer la cadencia de esta triste endecha:
(El solista exhortaba al pueblo por la derrota)
Pueblo ahwara que te has sometido
Qué será ahora de vuestro destino,
La pena te queda no haber combatido.
Tu último jefe ha sido cautivo,
Amarrado lo llevan en barco enemigo,
Pactos que hicisteis se han incumplido,
Argucias y engaños del extranjero impío.
Libertad y cultura, ya todo perdido,
La tierra, la historia de un pueblo sufrido.
(El coro respondía en señal de arrepentimiento)
¡Tanausú, Tanausú!
Mencey invicto de Benahoaré,
Iré en tu auxilio te rescataré,
Romperé tus cadenas te libraré,
En tierra extraña no has de fenecer.
¡Tanausú, Tanausú!
Tu grito de guerra inmortalizaré,
A las estrellas del cielo les gritaré:
¡Vacaguaré, Vacaguaré!
¡Quiero volver, quiero volver!
Volver…. Volver…. Aquellas palabras resonaban como un eco en sus mentes de rostros compungidos. Si es que todas sus tierras les fueron arrebatadas; los que sobrevivieron, veían diezmar los ganados, su mayor fuente de alimentación; los mejores pastos donde las mujeres, aún amamantando, sembraban el grano, ahora eran cultivadas por otros amos; los accesos al agua, limitados; los frondosos bosques donde se pastoreaba, tenían otros dueños; aquel terraplén donde se reunían en verano a festejar el beñesmer y donde jugaban alegres los niños, se habían construido casas para los extranjeros; los lugares de culto y enterramiento, profanados… Aquella bucólica vida en plena naturaleza, libres, a pesar de las carencias y dificultades, ya no existía. Volver…, sí… ¿pero a dónde?
El espíritu del indomable caudillo quedó en el recuerdo de todos sus súbditos, como también del resto del pueblo ahwara que quedó diezmado después de la conquista de la isla. La figura de su rostro ha quedado esculpida de forma natural en las paredes de la Caldera de Taburiente, entre los riscos de La Cumbrecita y el Bejenado, precisamente por el lugar donde fue apresado, por Adamacansis (= paso estrecho). Y por eso se llama a este municipio El Paso.
La cara de Tanausú la podemos contemplar desde cualquier punto del Llano del Jable, desde el volcán de Tacande u otros lugares cercanos de esa zona alta del Valle, mirando hacia La Cumbrecita y el Pico Bejenado. Allí se aprecia perfectamente su cara, nariz y boca y cuello, acostado con las manos reposadas sobre el vientre. Así lo hemos visto siempre, quedó dibujado en la naturaleza para siempre, para que no nos olvidáramos de él.

Y cuentan que en ciertas noches, cuando la Luna está en un nuevo ciclo —pero no en todas las noches, sólo ocurre de forma especial cuando se está en la oscuridad más absoluta—, mientras todos descansan y Benahoare está en completo silencio, algunos han podido escuchar su lamento: Vac-ahoare, Vac-ahoare, como un susurro bajo, pausado, casi imperceptible, que trae y lleva el viento por todo el Valle de Adirane.
Yo, todavía no lo he podido escuchar, no he tenido esa suerte. Pero no me desanimo, seguro que algún día, cuando vaya de acampada por estos parajes, cuando todo esté en calma y sin ruidos, lo conseguiré oír. Tanausú aún vive entre nosotros.
Manuel F. Hernández Martín
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¡Vacaguaré, vacaguaré! Quiero volver a Benahoare, déjenme regresar con mi pueblo ahoare
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TANAUSÚ, MENCEY DE ACERÓ
SOBRE EL AUTOR
Manuel F. Hernández Martín es autor-colaborador palmero. Colabora en la Revista Breña Alta y en El Faro de La Palma firma la serie «Leyendas de La Palma».

Leyendas que reflejan la historia y las creencias de los antiguos habitantes de La Palma y otros relatos curiosos de la isla. Agotada la primera edición, muy pronto estará disponible la segunda en las librerías de la isla.
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