CARLOS MANUEL LORENZO HERNÁNDEZ · III
Grandes representaciones, amistades musicales y la consolidación de una voz extraordinaria (III)
Tercera entrega de la semblanza de Carlos Manuel Lorenzo Hernández, escrita por José Guillermo Rodríguez Escudero
Con el paso de los años, la presencia de Carlos en las grandes manifestaciones culturales de La Palma dejó de ser circunstancial para convertirse en una constante dentro del panorama artístico insular. Su participación en las Fiestas Lustrales de la Bajada de la Virgen fue adquiriendo una relevancia creciente, integrándose de forma activa en algunos de los montajes escénicos y musicales más representativos de cada edición.
Su exigencia musical estaba profundamente influida por las enseñanzas de su padre. Don Gregorio sostenía que una buena voz no era suficiente para emocionar al público. Consideraba que la interpretación debía transmitir sentimiento y verdad. Esa idea marcó para siempre el criterio artístico de Carlos, que desarrolló un oído extraordinariamente sensible capaz de detectar la más mínima desafinación o error interpretativo.
Uno de sus recuerdos más tempranos relacionados con estas festividades se remonta al Carro Alegórico de 1945, al que asistió siendo apenas un niño de cinco años. La espera prolongada, provocada por las dificultades logísticas del montaje y de la tramoya, hizo que se quedara dormido durante el inicio del acto. Sin embargo, el impacto del despertar ante la aparición del personaje de Cronos, interpretado por el solista Carlos Mendoza, quedó grabado en su memoria de manera imborrable. Al escuchar la poderosa declamación «¡Oh! Tierra fecunda, planeta rojizo…», el niño se despertó sobresaltado y rompió a llorar, siendo llevado a su casa por su madre para evitar interrumpir el desarrollo de la función, mientras su padre permanecía hasta el final del espectáculo.

Por cierto, para perfeccionar la proyección de su texto, Mendoza acudía a ensayar al barranco de Maldonado, donde, por indicación de Elías Santos Abreu, el afamado director de la Masa Coral, debía recitar a voz en grito.
Aquella escena infantil, aparentemente anecdótica, anticipaba de algún modo la conexión profunda que establecería años más tarde con ese mismo universo escénico.
En 1960 participó tanto en el Minué como en los Enanos, consolidando así su vinculación con dos de las expresiones más emblemáticas de la Bajada. Aquel mismo año vivió una de sus primeras experiencias significativas en el Carro Alegórico y Triunfal, una de las manifestaciones artísticas más complejas y simbólicas de las fiestas. El espectáculo reunía a músicos, actores y coros en una puesta en escena de gran envergadura, cuya preparación exigía largas jornadas de ensayo. Carlos acudía a ellos después de su trabajo, revelando ya una cualidad que lo acompañaría durante toda su vida: una entrega absoluta a la música, incluso en condiciones de gran cansancio.

El cronista Pérez García evocó años después diversas anécdotas relacionadas con aquel Carro de 1960. En esa ocasión no se presentó una obra inédita, sino una reposición de Renacer, composición de José Felipe Hidalgo estrenada en 1945. La escasez de voces disponibles en La Palma obligó a incorporar intérpretes procedentes de Tenerife para completar el reparto.
Pérez García, que había conocido la obra en la Bajada anterior, asistía con frecuencia a los ensayos celebrados en la Sociedad Urcéolo Obrero. Recordaba que el tenor Juan Abreu, encargado de representar al Cielo, poseía una voz agradable para la radio, aunque encontraba dificultades para proyectarla en escena sin amplificación. Muy distinta fue la impresión causada por la joven soprano Dulce María Orán, que interpretaba a la Ilusión. Su actuación resultó tan brillante que marcaría el inicio de una trayectoria internacional bajo el nombre artístico de María Orán. También participó Carmen Butragueño en el papel alegórico de Benahoare.
Los tres solistas que completaban el elenco principal eran palmeros: Juan Pérez Santos representaba al Mar; Acidalia Carballo, a la Cumbre; y Carlos Lorenzo Hernández interpretaba a Céfiro, la divinidad griega del viento del oeste, asociada a la brisa suave y renovadora de la primavera.
La edición de 1970 constituyó un momento especialmente importante. El Carro de aquel año, impulsado por Gabriel Duque Acosta y Luis Ortega Abraham, reunía a algunas de las personalidades más relevantes del ámbito cultural palmero. La obra se estructuraba en dos partes: una de carácter histórico, dedicada a la fundación de la festividad por el obispo Bartolomé García Ximénez y Rabadán, y otra de naturaleza poética y musical titulada La Espera y la Esperanza.
La complejidad del montaje exigía una intensa dedicación. Los ensayos eran continuos y la coordinación entre participantes requería un esfuerzo considerable. En más de una ocasión, Carlos afrontó jornadas enteras prácticamente sin descanso, consciente de la importancia que aquel acontecimiento tenía para la isla.
Su participación en el Carro estaba además ligada a una de sus mayores ilusiones: volver a formar parte de la Peña de los Enanos. Según recordaba, fue su amigo Gabriel, entonces alcalde, quien le planteó una condición previa para lograrlo: participar primero en el Carro. Carlos aceptó sin vacilar, aun sabiendo el sacrificio que suponía. La experiencia resultó tan intensa como gratificante y quedó grabada en la memoria de quienes compartieron con él aquellos meses de preparación.

Entre ellos se encontraban Jesús Piñero y Luis Ortega, que evocaban con admiración y humor la extraordinaria entrega con la que afrontaba cada ensayo y representación.
Una de las amistades más entrañables de aquella época fue la que mantuvo con Manuel Pais Pérez, conocido por todos como Manolo. Poseía una voz excepcional que cautivaba al público desde los primeros compases. En el Carro de 1970 asumió el mismo papel que años antes había interpretado Carlos Mendoza, dejando una profunda impresión entre quienes asistieron a las representaciones.
Poco después, la tragedia golpeó de forma inesperada a aquel círculo de amigos. Durante una jornada de buceo en la costa de El Porís, en Tenerife, mientras participaba como docente en un campamento de verano, Manolo desapareció en el mar. A pesar de los esfuerzos realizados, su cuerpo nunca fue encontrado. La noticia causó una enorme conmoción en La Palma y dejó una huella imborrable entre familiares, compañeros y amigos.
Con el paso del tiempo, la madre de Manolo expresó su deseo de conocer a Carlos, uno de los amigos más cercanos de su hijo. El encuentro estuvo cargado de emoción. Para ella suponía una manera de mantener vivo su recuerdo. Aquella experiencia resultó especialmente conmovedora para Carlos y fortaleció su convicción sobre la importancia de los afectos y las relaciones.
La edición de 1970 permaneció en el recuerdo de todos, no solo por su excelencia artística, sino también por el extraordinario clima humano que la acompañó. Quienes participaron en ella recuerdan el entusiasmo con el que Carlos afrontaba cada intervención y su capacidad para memorizar textos y melodías hasta el punto de reproducirlos años después con sorprendente precisión.
Entre los versos que conservó siempre en su recuerdo figuraban aquellos que había interpretado entonces: «rudos ademanes de esos montes sordos al eco de su propio canto». Décadas más tarde todavía era capaz de recitarlos con emoción.
En aquel entorno no era simplemente un intérprete más. Su retentiva musical, su capacidad de concentración y su intuición para las estructuras vocales lo convertían en una presencia especialmente valiosa durante las prácticas y representaciones.
La actividad desarrollada durante las fiestas lustrales fue intensa y constante. Además del Carro, formó parte de los coros del Minué, la Loa del Recibimiento y numerosas celebraciones litúrgicas. Los entrenamientos ocupaban buena parte de su tiempo, especialmente en los meses previos a cada Bajada.
Durante veinticinco años participó de forma ininterrumpida en las Bajadas celebradas entre 1960 y 1985. Se convirtió así en uno de esos colaboradores discretos pero fundamentales que, edición tras edición, contribuyeron a mantener viva una de las tradiciones más emblemáticas de Santa Cruz de La Palma.
Aurora recordaba aquellos años con una mezcla de cariño y resignación. Desde su primera Bajada como su esposa, en 1975, solía bromear diciendo que apenas veía a Carlos durante las fiestas debido a la intensidad de sus compromisos musicales. Sin embargo, comprendía perfectamente que aquellas celebraciones constituían una de las grandes pasiones de su vida. Por cierto, ella únicamente conoció a Carlos en su dimensión de cantante dentro de la Masa Coral.
Su relación con el mundo musical de la isla se fue estrechando con el paso de los años. Era habitual verlo en tertulias y reuniones donde la música ocupaba un lugar central en la convivencia y el intercambio de experiencias. Óperas completas, fragmentos sinfónicos y grabaciones de grandes intérpretes formaban parte habitual de aquellas veladas.
Uno de los recuerdos más emotivos de aquellos años tuvo lugar durante la Procesión General de la Virgen de las Nieves. Cuando la venerada imagen pasó frente a la casa de su abuela, Carlos le interpretó desde una ventana la Plegaria a la «Negrita», acompañado al piano por su amigo Tomás Cabrera. El momento caló hondo en quienes tuvieron la dicha de presenciarlo.
En 1975 repitió aquella interpretación durante el paso de la Virgen por la casa de doña Rosario Gómez, en las Cuatro Esquinas. En esa ocasión el piano fue instalado en el balcón, desde donde ofreció la pieza ante una multitud emocionada. La actuación llegó incluso a ser grabada por RNE, convirtiéndose en testimonio de uno de los momentos más sentidos de aquellas fiestas patronales.

Entre las numerosas iniciativas culturales de la época destacaban también los festivales benéficos organizados por María Lola Felipe, madre de Loló, prima de Carlos. Celebrados en el Teatro Circo de Marte, reunían a destacados intérpretes locales en veladas donde la zarzuela ocupaba un lugar central y ocasionalmente compartía protagonismo con fragmentos operísticos.
Entre los participantes figuraban Mariola Francisco, Isabelita Daranas, Narciso Jimeno Acosta «Siso», Juan Pérez Santos «Juanera», Tomás Cabrera y el propio Carlos. Aquellos encuentros combinaban la dimensión artística con un marcado espíritu solidario y gozaban de una notable aceptación popular.
Especialmente emotiva fue la despedida de Siso el 31 de enero de 1966 antes de su marcha a Venezuela, un encuentro que se convirtió en un recuerdo perdurable para muchos de los presentes, unidos por la intensidad de las emociones vividas. Especial aplauso mereció el dúo de la zarzuela La del manojo de rosas, con Carlos magníficamente caracterizado como chulapo madrileño.

Aurora evocaba también con humor la precisión casi quirúrgica con la que Carlos analizaba cualquier interpretación musical. Bastaba una mínima desviación tonal en una grabación o en una actuación televisiva para que la detectara inmediatamente.
Junto a su actividad artística más formal, disfrutaba igualmente de la música en los espacios festivos y populares. Las verbenas, celebraciones y reuniones sociales formaban parte habitual de la vida insular y constituían escenarios donde la música surgía de forma espontánea.
Le encantaba bailar. Aurora lo definía entre risas como «el fiestero más grande del mundo». Durante su juventud eran frecuentes las noches en el Real Club Náutico de Santa Cruz de La Palma, especialmente durante las fiestas del Carmen, amenizadas por orquestas como Ritmo o Los Plata.
En más de una ocasión, ante la insistencia del público, subía espontáneamente al escenario para interpretar algún bolero. Aunque a veces olvidara parte de la letra, su naturalidad, sensibilidad y calidad vocal lograban cautivar a los asistentes.
Con el tiempo se hizo evidente que muchas de aquellas actuaciones nunca llegaron a registrarse. Hoy esa ausencia documental se percibe como una pérdida significativa para la memoria musical de la isla.
«
«rudos ademanes de esos montes sordos al eco de su propio canto»
»
Tercera entrega de la semblanza de Carlos Manuel Lorenzo Hernández, escrita por José Guillermo Rodríguez Escudero. Continuará.
LA SERIE · CARLOS MANUEL LORENZO HERNÁNDEZ
- I. Orígenes de una vocación: familia, recuerdos y pasión por la música (próxima entrega).
- II. Barcelona: una decisión que cambió su vida (próxima entrega).
- III. Grandes representaciones, amistades musicales y la consolidación de una voz extraordinaria (esta entrega).
- IV. Trabajo, disciplina, coleccionismo, memoria y legado (próxima entrega).
SOBRE EL AUTOR
José Guillermo Rodríguez Escudero es investigador y cronista de la memoria palmera. En El Faro firma la serie histórica «Los Mártires de Tazacorte» y otras semblanzas dedicadas a preservar la memoria de personas y tradiciones de la isla.
MÁS ARTÍCULOS DE JOSÉ GUILLERMO EN EL FARO



