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El martirio de los cuarenta jesuitas frente a las costas de La Palma (III)

by José Guillermo Rodríguez Escudero
julio 7, 2026
in Cultura, La Palma, Opinión
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LOS MÁRTIRES DE TAZACORTE · III

El martirio de los cuarenta jesuitas frente a las costas de La Palma (III)

El 15 de julio de 1570, cuarenta religiosos fueron pasados a cuchillo frente a las costas palmeras

Martirio de los treinta y nueve jesuitas y un laico

Representación del pirata «Pata de Palo», antiguo jefe corsario a cuyo mando había servido Jacques de Sores.

Sores, a bordo del navío de guerra Le Prince, consiguió interceptar el galeón de los jesuitas cuando este se aproximaba a la Punta de Fuencaliente, al amanecer del sábado 15 de julio.

Apenas se produjo el primer contacto, los disparos de intimidación lanzados por los piratas dieron paso a escaramuzas dispersas y a varios intentos de abordaje. Entretanto, las demás embarcaciones de la flota corsaria fueron cerrando el cerco y aproximándose progresivamente al galeón Santiago.

Los hugonotes, armados y movidos por la avidez de botín y violencia, intentaron el abordaje en tres ocasiones distintas. Sin embargo, cada ataque se estrelló contra la resistencia, pequeña en número pero firme en determinación, de la tripulación lusitana.

Ante la evidente desventaja de efectivos, el capitán del Santiago solicitó al padre Azevedo autorización para armar también a los novicios. El provincial, sin embargo, rechazó la propuesta. Exhortó a cada uno a permanecer fiel a su propia misión y ordenó que los novicios, junto con su maestro Bento de Castro, descendieran a los camarotes para entregarse a la oración. Cuando él volvió a cubierta con la intención de prestar auxilio espiritual y material a los combatientes y heridos, la lucha ya había estallado.

Poco después, una vez concentrada toda la escuadra, Jacques dio la orden definitiva de abordaje. Los cinco navíos franceses se lanzaron entonces sobre su presa, atacándola simultáneamente por babor y estribor. La batalla adquirió de inmediato un carácter profundamente dramático.

En el primer asalto, los hombres del Santiago lograron dar muerte a tres de los atacantes: el patrón y otros dos calvinistas. Este revés provocó que los piratas respondieran con una violencia todavía mayor contra los religiosos.

Sores estimó que el número de cincuenta hombres era suficiente para el abordaje. Desde cierta distancia, fijó su atención en el maestro de novicios, el padre Bento de Castro, que recorría la cubierta proclamando su fe en voz alta. Ordenó entonces abrir fuego contra él. Fue alcanzado por una descarga de arcabuzazos y cayó herido en el sollado, mientras aún sus labios repetían su condición de hijo de la Iglesia romana. Rematado a cuchilladas, su cuerpo fue finalmente arrojado al mar. Fue el primero en caer.

En pleno desarrollo del combate se oía también la voz del padre Azevedo, que alentaba a sus compañeros y compatriotas, reunidos junto al mástil principal, a dar la vida por la fe frente a sus enemigos más acérrimos, hasta que un capitán hugonote le asestó un golpe de espada en la cabeza.

A pesar de las heridas, continuaba exhortando a los suyos a perdonar a sus ejecutores, mientras sostenía con fuerza una pequeña imagen de la Virgen de las Nieves. Llegó a exclamar: «Sois testigos de que morimos por Cristo y por su Iglesia». Finalmente, tras recibir tres lanzazos que atravesaron su cuerpo, cayó sin vida en los brazos de su compañero Diego de Andrade. Esta escena fue posteriormente representada por el célebre pintor francés Jacques Courtois, conocido como el Borgoñón.

Por su parte, Manuel Alvares, criado en el ámbito rural y dotado de una voz poderosa de pastor, tuvo el valor de denunciar la ceguera de los herejes, lo que le llevó a sufrir la mutilación de brazos y piernas, tal como él mismo había anunciado en Coimbra. El padre Diego de Andrade, dedicado a la atención espiritual y a la confesión de sus compañeros, despertó tal enojo entre los luteranos que fue atacado y apuñalado.

A Blas Ribeiro lo hallaron en oración, de rodillas y con las manos elevadas ante unas imágenes sagradas. De inmediato, fue brutalmente golpeado en la cabeza con las empuñaduras de las espadas, fracturándole el cráneo «haciéndolo pedazos, de tal manera que derramaron los sesos por el suelo. Y así, muy pronto, entregó su alma bendita a Dios».

Destacaban también —según el testimonio de los supervivientes— las valientes palabras de los hermanos Francisco de Magalhães, Alfonso de Baena, Juan Fernández y Marcos Caldeira, quienes animaban de manera ejemplar a los demás ante la cercanía de lo que consideraban su glorioso triunfo, encomendando sus almas a Dios.

Los piratas reavivaban el fervor y la fe de los supervivientes, que, en constante emulación, alcanzaban lo que llamaban la palma del martirio. Dos padres, Gregorio Escribano y Álvaro Mendes, que yacían enfermos en el lecho, lograron aún la fuerza necesaria para subir descalzos y semidesnudos al sollado, desde donde fueron arrojados vivos al mar.

La batalla terminó con la muerte del capitán, pero no así el sufrimiento de los jesuitas. Los demás padres y novicios, ya detenidos y prisioneros, fueron obligados por los piratas a realizar trabajos bajo condiciones extremas: desnudos, hambrientos y entre insultos, en las bombas con las que intentaban evitar el naufragio del galeón Santiago. Mientras tanto, los asaltantes registraban los aposentos, saqueando cofres y talegos en busca de reliquias e imágenes, y profanando objetos de devoción con escarnio.

Consultado el jefe pirata junto a sus hombres sobre la suerte que les esperaba, ordenó una matanza general al grito de «¡Mueran, mueran los papistas que van a sembrar la falsa doctrina en el Brasil\!». Añadió además: «¡Arrojad al mar a esos perros frailes negros y monos\!». El padre Dias también recogía en su carta la orden de Sores: «¡Mata, mata, porque van a sembrar doctrinas falsas en Brasil\!».

Los verdugos —según narra Rumeu de Armas— se abalanzaron entonces sobre la humilde comunidad, y sin ahorrarles toda clase de humillaciones, fueron cayendo uno tras otro, a puñaladas o disparos, en medio de un caos de ancianos, jóvenes y casi niños entre sacerdotes y novicios, muertos o heridos. A muchos les amputaban los brazos para impedirles nadar, asegurándoles así una muerte rápida.

Cabe mencionar la actuación de Simao de Acosta, joven de dieciocho años que, sin haber profesado aún los votos y movido por la compasión que Sores sentía hacia él, se proclamó en voz alta hijo de San Ignacio para alcanzar la palma del martirio.

Finalmente, los piratas arrojaron por la borda los cuerpos —algunos aún con vida— hasta verlos hundirse en el mar. Las víctimas fueron dos sacerdotes, siete alumnos del escolasticado, ocho hermanos coadjutores y veintidós novicios.

Joâo —Juan de San Juan—, natural de una zona entre los ríos Duero y Miño, era un joven laico, sobrino del capitán de la nave, que convivía con los jesuitas en la bomba. No satisfecho con su destino, decidió vestirse con hábito religioso y declararse jesuita ante los hugonotes, quienes lo arrojaron vivo al mar sin contemplación. Su nombre figura en los procesos de beatificación como Adaucto —en latín— o Adauto —en portugués y español—, es decir, «el añadido». El joven tenía gran afecto por los misioneros y había solicitado en varias ocasiones al padre Azevedo ser admitido en la Compañía. Ignacio no respondió de inmediato, pero le indicó que podría ser recibido en Brasil si perseveraba en su propósito.

La implacable persecución no dejó supervivientes entre los jesuitas, «menos con el hermano Juan Sánchez, que les sirvió de cocinero hasta llegar a Francia», tal como apunta el cronista López Pereira. Aquellos verdugos le perdonaron la vida al reconocer su oficio, grabado a fuego en las marcas de sus manos —presumiblemente callosas— y en el inconfundible desgaste y suciedad de sus ropas. De acuerdo con López Pereira, este religioso se convertiría en el testigo clave que relataría la tragedia al padre portugués Mauricio Serpe, dejando así constancia escrita de aquel martirio.

Por su parte, el historiador Talio Noda subraya la crueldad psicológica del episodio, recordando que la masacre se consumó «veinticuatro horas después del comienzo del ataque, veinticuatro horas de pillaje, privaciones y escarnios. Más de veinticuatro horas de angustia».

La mañana del domingo se transformó en un frenesí de codicia. Los hugonotes se entregaron al saqueo salvaje del galeón Santiago, ávidos de riquezas materiales y ensañándose en la profanación de los símbolos sagrados. Ya por la tarde, el líder corsario Jacques de Sores hizo comparecer ante sí al piloto y al calafateador del navío, junto al hermano Simón da Costa, quienes permanecían cautivos en la embarcación atacante. Movido por la venganza, Sores condenó a muerte al piloto y al calafate, culpándolos de la baja de su propio patrón, el bucanero Juan Boucard, caído al inicio del combate. La brutalidad del castigo quedó registrada en la correspondencia del padre Dias, quien relató cómo «los abrieron vivos por el pecho y les sacaron las entrañas, y así los echaron al mar».

El último interrogatorio se centró en Simón da Costa. Al no vestir el hábito, Sores le inquirió directamente sobre su pertenencia a la Compañía de Jesús. La firme respuesta afirmativa del hermano desató la furia del corsario, quien, fuera de sí, ordenó que lo decapitaran al amanecer del día siguiente, el 16 de julio. Con su ejecución, se sellaba el destino del último de los hermanos en alcanzar el martirio.

El sacrificio de los ocho mártires españoles

Portada de la biografía dedicada al beato Alfonso de Baena, uno de los ocho mártires españoles.

El martirologio de la Compañía de Jesús en aquellas aguas atlánticas quedó sellado con la sangre de ocho hermanos españoles que entregaron su vida con heroísmo. Entre ellos se encontraba el hermano Alfonso de Baena, un coadjutor toledano natural de Villatobas que se había sumado a la expedición de forma voluntaria en Madeira, al ofrecerse para sustituir a uno de los religiosos que deseaba abandonar la flota; durante el brutal asalto, Baena ejerció el oficio de enfermero asistiendo a los caídos y vio cómo los corsarios destruían las valiosas obras de orfebrería que él mismo había labrado para la misión, antes de ser herido y lanzado vivo al mar.

Una entereza similar mostró el navarro Esteban de Zudaire, sastre y bordador del Colegio de Plasencia querido por su sencillez, quien ya antes de partir había presentido su propio martirio; al irrumpir los atacantes, Zudaire no dudó en adelantarse hacia ellos empuñando un crucifijo, momento en que una daga le atravesó el corazón para, acto seguido y estando aún con vida, ser arrojado al océano mientras entonaba el Te Deum.

La violencia también alcanzó al joven estudiante castellano Fernando Sánchez, quien se formaba en Salamanca cuando decidió unirse al padre Ignacio rumbo a Brasil; las crónicas de la Relación describen con crudeza su final, apuntando que «muy mal herido» lo arrojaron al mar.

La alegría y el consuelo espiritual en medio de la barbarie llegaron de la mano de Francisco Pérez Godoy, un novicio de Torrijos (Toledo) y pariente de santa Teresa de Jesús, cuyas virtudes musicales y carácter jovial se convirtieron en el faro de sus compañeros en las horas más oscuras, alentándolos con fervor a recordar que eran hijos de Dios hasta que la muerte lo alcanzó a los treinta años.

En contraste con la vitalidad de Godoy, el coadjutor riojano Gregorio Escribano padeció un calvario particular debido a un severo mal de estómago que le hacía vomitar todo alimento y convertía la travesía en un tormento; a pesar de ser quien cargaba con el pesado trabajo de la cocina, el padre Ignacio lo había obligado a guardar cama en los últimos días diciéndole con afecto: «hermano, no tiene usted por qué morir antes que lo maten, por amor de Dios». Sin embargo, al oír el clamor del abordaje, Escribano sacó fuerzas de la flaqueza y subió a cubierta descalzo, sin birrete y vestido solo con su sotana para perecer junto a su comunidad, siendo herido salvajemente y arrojado a las aguas.

El valor para reconfortar a los suyos también definió al hermano Juan de Mayorga, natural de Saint-Jean-Pied-de-Port (entonces perteneciente a Navarra, hoy a territorio francés), quien tras ser reclutado en Valencia por el padre Ignacio pasó sus últimos instantes exhortando a los jesuitas que estaban siendo maltratados, hasta que fue rodeado por cinco calvinistas que lo hirieron en el pecho y la espalda antes de lanzarlo vivo al océano.

A su lado, el joven toledano de veintidós años Juan de San Martín, que iniciaba su noviciado en Évora, asumió la arriesgada tarea de recorrer la nave Santiago para insuflar valor a los defensores del navío antes de correr la misma suerte y ser arrojado con vida al mar.

El ciclo de sacrificios de los españoles lo cerró el coadjutor pacense Juan de Zafra, natural de Jerez de los Caballeros, quien apenas llevaba cinco meses en la Compañía de Jesús tras haber sido llevado a Portugal por el padre Acevedo; un destino trágico que el cronista de la expedición sintetizó en una sobrecogedora y última anotación: «al mar, vivo».

Representación de los Mártires de Tazacorte.
Representación de los Mártires de Tazacorte.
Representación de los Mártires de Tazacorte.

Tercera entrega de la serie de José Guillermo Rodríguez Escudero sobre los Mártires de Tazacorte. Continuará.

BIBLIOGRAFÍA

  • RUMEU DE ARMAS, A. «La expedición misionera al Brasil martirizada en aguas Canarias (1570)». Missionalia Hispánica. Año IV, n.º 11, 1947.
  • LÓPEZ PEREIRA, Juan Antonio. De muy madura virtud. Vida del Beato Alfonso de Baena, mártir jesuita nacido en Villatobas (1539-1570). Villatobas (Toledo), 2010.
  • NODA GÓMEZ, Talio. Otra aportación sobre los Mártires de Tazacorte. Ayuntamiento de Tazacorte, 1996

LA SERIE · LOS MÁRTIRES DE TAZACORTE

  • I. Ignacio de Azevedo, el jesuita que encabezó la expedición hacia el martirio.
  • II. La estancia en Tazacorte y la premonición del martirio.
  • III. El martirio de los cuarenta jesuitas frente a las costas de La Palma (esta entrega).
  • IV. La sombra del corsario: La Gomera, las premoniciones y el nacimiento de una devoción (próxima entrega).
  • V. Milagros, reliquias y el memorial submarino de los Mártires de Tazacorte (próxima entrega).
  • VI. Los murales de San Miguel y los versos que mantienen viva la memoria (próxima entrega).
  • VII. El legado pictórico y la arqueta de las reliquias de los Mártires (próxima entrega).
  • VIII. La casulla sagrada y la cruz conmemorativa: el cierre de la memoria (próxima entrega).

SOBRE EL AUTOR

José Guillermo Rodríguez Escudero es historiador y colaborador habitual de El Faro de La Palma. Firma en estas páginas artículos sobre patrimonio, arte y memoria de La Palma.

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José Guillermo Rodríguez Escudero

José Guillermo Rodríguez Escudero

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