LOS MÁRTIRES DE TAZACORTE · IV
La sombra del corsario: La Gomera, las premoniciones y el nacimiento de una devoción (IV)
De la controvertida acogida a los piratas en La Gomera al reconocimiento oficial del culto en Roma
La paradójica hospitalidad de La Gomera
Consumada la matanza, el corsario Jacques de Sores, oculto tras el alias de Xixeles, puso rumbo con su flota —que ahora integraba el propio galeón capturado Santiago— hacia La Gomera, una isla que por entonces servía de refugio habitual para los filibusteros.
De forma incomprensible, el líder calvinista recibió allí una calurosa bienvenida por parte de Diego de Ayala, señor de La Gomera y de El Hierro. En este escenario jugó un papel crucial su suegro, Miguel de Monteverde, quien hizo las veces de intérprete.
Como bien detalla el historiador Pedro Leal Cruz, mientras los piratas franceses no dudaban en atacar ferozmente al clero y profanar las imágenes de la Iglesia católica, el día de la festividad del apóstol Santiago se sentaron a la misma mesa Jacques de Sores, Diego de Ayala y el propio Miguel de Monteverde. Esta situación propició una de las ironías más sobrecogedoras del episodio, al cruzarse los destinos de dos hermanos de la misma familia: Melchor de Monteverde había compartido mesa pocos días antes con las víctimas y futuros mártires, mientras que Miguel lo hacía ahora con su despiadado verdugo.
El investigador Talio Noda profundiza en esta controvertida estancia en la llamada Isla Colombina, confirmando que las autoridades agasajaron a los hugonotes y permitieron que los isleños intercambiaran regalos procedentes del saqueo del Santiago.
Al tener constancia de semejante humillación, el Cabildo de La Palma reaccionó con una enérgica condena el 28 de julio de 1570, refrendada en un acta por Lugo de Casaus en la que se denunciaba textualmente: «y de quince días a esta parte un corsario que ha por nombre Capitán Curi, habiendo hecho muchas presas en la corte de Galicia y Portugal, estando sobre la dicha isla de La Gomera, contó una nao grande que el Serenísimo Rey de Portugal enviaba al Brasil con cuarenta religiosos de la Compañía de Jesús, a los cuales, y a todos los que venían en dicha nao, los pasaron a cuchillo con gran crueldad; y con todas las presas y robos que hicieron se fueron a la dicha isla de La Gomera…».

A pesar de que el horror de la masacre comenzó a filtrarse por los testimonios de los propios piratas, y de que un sector de los gomeros, liderado por Juan de Ocampo, planeó un ataque contra los hugonotes el 27 de julio, Sores terminó despidiéndose formalmente del conde para reembarcar.
Esta tregua permitió interceder por la libertad de veintiocho prisioneros portugueses, entre quienes se hallaba el maestrescuela de la catedral de Funchal. En estas negociaciones, el conde intentó sin éxito que Sores le entregara la reliquia de santa Úrsula que lucía colgada del mástil; a cambio, el pirata le ofreció el trueque de una vieja embarcación bretona que le resultaba inútil a cambio de una partida de vino, trato que el gobernante local se vio obligado a aceptar.
La complicidad con los asaltantes no tardó en despertar el celo del Tribunal de la Inquisición de Canarias, cuyos archivos en el Museo Canario de Las Palmas de Gran Canaria custodian los procesos abiertos contra varios vecinos por dar amparo a los corsarios.
Es el caso de Teodora, una esclava mulata de Leonor Peraza de Ayala, procesada por haber «dado de comer a los piratas franceses de Jacques de Soria, mandándoles el pan y aposentándoles en casa de su ama que estaba a la sazón en Hermigua». La justicia inquisitorial la trasladó presa a «Canaria a Cárceles Secretas y, como no tenía bienes y está comiendo a cuenta del Fisco, se ordena su libertad».
Sanciones parecidas recayeron sobre Silvestre de Valladolid, por abrirles las puertas de su hogar, o sobre el propio gobernador y regidor Juan de Ocampo, quien desobedeció la autoridad del conde al subir a bordo por su cuenta para invitar a los franceses a comer a su casa. Sin embargo, uno de los procesos más singulares fue el de Braré Fragoso, acusado de confraternizar con los invasores «llevándolos a la iglesia, donde tañeron los órganos, etc., comprándoles lienzos y vendiéndoles vino, etc.», un insólito episodio de cordialidad en mitad de un tiempo de intolerancia y sangre.
El presagio de la gloria: Visiones y premoniciones del martirio
El trágico desenlace de la misión jesuita pareció estar precedido por una atmósfera de profunda conexión mística, pues la hagiografía asegura que, además de Azevedo, al menos siete de sus compañeros recibieron revelaciones divinas sobre el destino de sangre que les aguardaba. Esta sensibilidad espiritual se manifestó incluso en el momento de la despedida en Madeira, cuando el padre Pedro Dias intuyó con zozobra el fatal desenlace que sufriría la expedición.
El cronista Guzmán relata que, durante su estancia en La Palma, las conversaciones íntimas de los religiosos giraban obsesivamente en torno al sacrificio, exclamando entre ellos: «¡Oh si Dios nuestro Señor fuese servido que encontrásemos por este mar con quien por causa de la fe católica nos quitase las vidas\! Qué dichosa suerte y qué alegre día sería para nosotros, de cuántos y cuán crueles enemigos nos libraríamos\! Pero señaladamente el P. Ignacio de Acevedo desde que partió de la isla de la Madera le oían los Hermanos dar unos suspiros muy encendidos, repitiendo muchas veces: ¡Oh si Dios nos hiciese, Hermanos, tan señalada merced, que muriésemos por su amor\!».
Esta certeza del martirio también habitaba en el alma del padre Esteban Zurara —o Zuzayre—, un jesuita vizcaíno que, antes de abandonar Plasencia rumbo a tierras brasileñas, confesó con serenidad al padre José Acosta que «partía alegre y contento por tener la certeza de alcanzar el martirio».
La confirmación celestial de este sacrificio cruzó los muros de la clausura carmelita el mismo día de la matanza. Santa Teresa de Jesús, que se encontraba en Toledo celebrando la festividad de la Virgen del Carmen y cuyo sobrino, Francisco Pérez Godoy, figuraba entre las víctimas, confesó a su confesor Baltasar Álvarez haber sido testigo de la apoteosis de los misioneros. La mística abulense aseguró haber contemplado en una revelación cómo aquel invicto escuadrón lograba «entrar en el cielo vestidos de estrellas y con palmas victoriosas», un episodio que, aunque omitido por algunos biógrafos de la santa, quedó inmortalizado para la posteridad en una pintura de la iglesia del Gesù en Roma.
El eco de este martirio resonó con fuerza en visiones posteriores y en la mente de otros célebres religiosos de la Compañía. Marcelo Mastrilli, quien más tarde derramaría su sangre en Japón, experimentó una visión de este tormento en su peregrinación hacia el Santuario de Loreto, mientras que el jesuita napolitano Mario Falcone, futuro mártir en el Paraguay, afirmó haber recibido en 1616 una revelación precisa del asalto de 1570, reflejada con exactitud matemática sobre las aguas de las Islas Canarias.

A estas premoniciones se sumaron asombrosas manifestaciones post mortem compartidas por allegados a Azevedo. En la lejana India, su propio hermano, Jerónimo Azevedo, aseguró haber tenido una visión de la matanza en el instante exacto en que sucedía, lo que le impulsó de inmediato a encargar un retrato pictórico en memoria del padre Ignacio.
Una experiencia idéntica vivió Juan de Madureira, quien, siguiendo el consejo de Azevedo de realizar los Ejercicios Espirituales antes de ingresar en la orden, decidió permanecer en la península ibérica y no embarcarse; una decisión que lo salvó de la muerte, pero no de convertirse, por gracia de una revelación sobrenatural, en testigo directo y simultáneo del cruento sacrificio de sus hermanos en alta mar.
El nacimiento de una devoción: De la tragedia al altar
La reconstrucción minuciosa de la tragedia se forjó gracias a los ecos de los marineros y, muy especialmente, al desgarrador testimonio del hermano cocinero Juan Sánchez. Este religioso sevillano, natural de Sanlúcar, arribó al puerto de La Rochela en diciembre de 1570 a bordo de la capturada nave Santiago y bajo el yugo de Sores.
Al percatarse la reina de Navarra de que no obtendría rescate alguno por su vida ni por la de los demás cautivos, decidió concederle la libertad. Lejos de amedrentarse, el jesuita se dedicó a recorrer Francia viviendo de limosnas mientras encendía el fervor de los fieles con el relato de lo sucedido.
Talio Noda detalla el posterior peregrinaje de Sánchez, quien fue acogido de colegio en colegio por la orden hasta recalar en Portugal, donde profesó sus votos en el colegio de San Antón. En cada destino compartía su vívido recuerdo de los hechos, el cual sería recopilado en dicha colegiata por el padre Mauricio bajo el título de Información, un documento que más tarde sirvió de base al padre A. Franco para escribir Imagen de virtud, la biografía del beato Acevedo. Sin embargo, y por razones que las crónicas no aclaran, el hermano Juan Sánchez terminó siendo desvinculado de la Compañía de Jesús en 1578.
Por otra parte, los supervivientes del galeón que habían sido liberados en San Sebastián de La Gomera desembarcaron en Madeira el 15 de agosto, difundiendo los pormenores del martirio. El historiador López Pereira recoge en su investigación el profundo impacto de aquellas declaraciones, señalando que «manifestaron con gran pasión haber visto a los heridos mártires batirse entre la vida y la muerte, en medio de las turbulentas aguas del océano. Y les oían gritar, animándose unos a otros con valientes palabras de fe y perdón, irradiando sus semblantes una asombrosa alegría».
Solo dos días después, el 17 de agosto de 1570, el padre Pedro Dias redactó una carta a sus superiores que se convirtió en la primera crónica oficial del suceso. Traducida al italiano y publicada ese mismo año en Roma, la misiva conoció pronto múltiples versiones en varios idiomas para acelerar su difusión, aunque curiosamente permaneció inédita en su portugués original hasta que el historiador jesuita Serafín Leite la sacó a la luz en 1946.
Esta ingente labor de propaganda, orquestada dentro y fuera de la orden, resultó crucial para cimentar el culto impulsado por la Compañía. Cabe destacar que la primera relación formal del martirio, escrita en dos etapas entre 1571 y 1575 por el padre Mauricio Serpe, se nutrió del testimonio de Juan de San Juan, el hermano jesuita que sobrevivió al ser el único tripulante de la nave Santiago a quien los hugonotes perdonaron la vida por el simple hecho de ser cocinero.
La veneración popular no tardó en prender, expandiéndose con rapidez desde las islas Canarias hasta el Brasil, con escalas obligadas en Roma y Portugal. Con el beneplácito del papa Gregorio XV, el templo del Gesù y otras iglesias jesuitas comenzaron a exhibir imágenes de los mártires adornadas con insignias y atributos sagrados, una práctica que continuó hasta que los decretos de Urbano VIII en 1625 impusieron una estricta diferenciación visual entre santos canonizados y no canonizados.
Asimismo, el florecimiento espiritual que experimentaron los pueblos brasileños en la década de 1570 estuvo íntimamente ligado a la memoria de este sacrificio, una devoción promovida con entusiasmo por la cúpula jesuítica y en especial por el Padre General san Francisco de Borja, quien en las actas de beatificación recomendaba encomendarse diariamente a ellos.
El propio General dispuso que la crónica de la matanza se remitiera a todos los colegios europeos para ser leída ante los novicios cada 15 de julio durante la cena.
Al ser consultado en 1571 sobre la idoneidad de este culto, el padre Borja vaticinó con acierto: «Hace su muerte, por permisión de los obispos y también en Roma, por indulto de la Sede Apostólica, estos mártires empezarán a ser venerados con los honores de mártires en muchas plazas». A partir de ese momento, arraigó entre los misioneros la costumbre de guarecer grabados de los mártires entre las páginas de sus breviarios durante sus travesías oceánicas.
En el archipiélago canario, los jesuitas se convirtieron en los principales valedores de esta devoción. Durante una misión en La Palma en 1613, los religiosos encargaron un lienzo del padre Acevedo junto a sus compañeros, levantando altares y organizando festejos en su honor; según documenta J. Escribano, las propias autoridades locales imploraron al rey y al papa, por mediación del Padre Provincial, que fuesen declarados patronos de la isla.
Ya en el siglo XVIII, las gestiones reales dieron un impulso definitivo a la causa: en 1702, el rey Pedro de Portugal instó por carta al pontífice a reconocer oficialmente la autenticidad del martirio; ese mismo año, la reina María Beatriz de Inglaterra solicitó formalmente su canonización, una petición que el rey Felipe V de España repitió ante Clemente XI al año siguiente. Finalmente, el papa Benedicto XIV, mediante la bula del 21 de septiembre de 1742, reconoció el sacrificio de los cuarenta jesuitas, «conocidos por antonomasia con el nombre de Mártires de Tazacorte».
La insistencia de cronistas como Noda en generalizar este topónimo responde a que Tazacorte acogió los últimos días de los religiosos y fue el punto de partida hacia el martirio frente a los acantilados palmeros.
Décadas más tarde, el 11 de mayo de 1854, el papa Pío IX los elevó a los altares mediante su beatificación, fijando su festividad el 15 de julio. Desde entonces, Tazacorte conmemora anualmente la efeméride con una solemne función religiosa concelebrada, seguida de una procesión donde la talla del beato Ignacio de Acevedo y la arqueta de sus reliquias se exponen a la devoción de los fieles.

La trascendencia de esta veneración dejó estampas entrañables, como la de los niños que a principios del siglo XVII recorrían las calles de las urbes portuguesas y brasileñas entonando las virtudes de los «mártires del Brasil». De hecho, la primera conmemoración oficial de la orden se celebró en San Salvador de Bahía el 15 de julio de 1574, un evento revestido de epigramas y sermones donde los mártires fueron proclamados solemnemente patronos del Brasil.
Resulta igualmente sugerente el hallazgo de los investigadores María Cristina Osswald y José Hernández Palomo, quienes confirman que, «poco después de la masacre, los habitantes de Masso, pequeño pueblo en la isla de La Palma, decidieron la fundación de una cofradía en memoria de estos hombres». Es muy factible que la mención a «Masso» haga referencia a la Villa de Mazo, una noticia de gran valor histórico dado que el municipio de Fuencaliente —en cuyas aguas costeras se consumó la matanza— formó parte del territorio de Mazo hasta su segregación definitiva el 19 de febrero de 1837.
En la actualidad, el anhelo de verlos en los altares universales sigue plenamente vigente: el proceso de canonización permanece abierto en Roma bajo la tutela de un postulador de la Compañía de Jesús y un vicepostulador en Portugal, dedicados por entero a mantener viva y difundir la llama de los beatos mártires.


Cuarta entrega de la serie de José Guillermo Rodríguez Escudero sobre los Mártires de Tazacorte. Continuará.
BIBLIOGRAFÍA
- LEAL CRUZ, Pedro Nolasco. «Los mártires de Tazacorte: algunos puntos problemáticos». En: XIV Coloquio de Historia Canario-Americana, 2000.
- NODA GÓMEZ, Talio. Otra aportación sobre los Mártires de Tazacorte. Ayuntamiento de Tazacorte, 1996
- LÓPEZ PEREIRA, Juan Antonio. De muy madura virtud…. Villatobas (Toledo), 2010.
- LEITE, Serafín. «Catálogo de los que fueron este año para el Brasil». Historia de la Compañía de Jesús en Brasil. Lisboa, vol. II, 1938
- ESCRIBANO GARRIDO, Julián. El Padre Ignacio de Azevedo y Compañeros «Mártires de Tazacorte». La Palma, 1992.
- OSSWALD, María Cristina; HERNÁNDEZ PALOMO, José J. «Aspectos del culto a Ignacio de Azevedo y sus treinta y nueve compañeros mártires en 1570». En: Sevilla y América en la historia de la Compañía de Jesús. Caja Sur, Córdoba, 2009.
LA SERIE · LOS MÁRTIRES DE TAZACORTE
- I. Ignacio de Azevedo, el jesuita que encabezó la expedición hacia el martirio.
- II. La estancia en Tazacorte y la premonición del martirio.
- III. El martirio de los cuarenta jesuitas frente a las costas de La Palma.
- IV. La sombra del corsario: La Gomera, las premoniciones y el nacimiento de una devoción (esta entrega).
- V. Milagros, reliquias y el memorial submarino de los Mártires de Tazacorte (próxima entrega).
- VI. Los murales de San Miguel y los versos que mantienen viva la memoria (próxima entrega).
- VII. El legado pictórico y la arqueta de las reliquias de los Mártires (próxima entrega).
- VIII. La casulla sagrada y la cruz conmemorativa: el cierre de la memoria (próxima entrega).
SOBRE EL AUTOR
José Guillermo Rodríguez Escudero es historiador y colaborador habitual de El Faro de La Palma. Firma en estas páginas artículos sobre patrimonio, arte y memoria de La Palma.
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