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Ignacio de Azevedo, el jesuita que encabezó la expedición hacia el martirio

by José Guillermo Rodríguez Escudero
julio 4, 2026
in Cultura, La Palma, Opinión
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LOS MÁRTIRES DE TAZACORTE · I

Ignacio de Azevedo, el jesuita que encabezó la expedición hacia el martirio

Memoria histórica de La Palma: la vida del jesuita portugués que encabezó la expedición martirizada frente a Tazacorte en 1570

Ignacio de Azevedo, el jesuita que encabezó la expedición hacia el martirio

Ignacio de Azevedo y Abreu nació en Oporto durante el primer trimestre de 1526, una fecha especialmente significativa, ya que este año se conmemoró el quinto centenario de su nacimiento.

Vino al mundo en el seno de una familia de la nobleza portuguesa. Era hijo ilegítimo del sacerdote Manuel de Acevedo y de la religiosa Francisca de Abreu, aunque durante su adolescencia fue legitimado por el rey Juan III de Portugal.

Su historia familiar estaba profundamente ligada a la Iglesia. Su abuelo, Juan de Acevedo, había ocupado la sede episcopal de Oporto, mientras que su abuela también profesó la vida religiosa. Cuando Ignacio tomó plena conciencia de las circunstancias de su nacimiento, considerado entonces un cuádruple sacrilegio, experimentó una profunda transformación espiritual. Según recoge el historiador Robert Ricard, citado por el cronista Talio Noda en su obra dedicada a los mártires jesuitas, se sintió «imperativa y directamente llamado a una vida de sacrificio y reparación».

Con apenas dieciocho años, su padre le había confiado la administración de la hacienda familiar y había concertado para él un matrimonio ventajoso que reforzaría la posición del linaje. Sin embargo, Ignacio siguió un camino muy diferente. Aprendió los oficios de zapatero y sastre, mientras su prestigio como hombre profundamente religioso no dejaba de crecer.

Tras realizar los Ejercicios Espirituales por recomendación de Enrique Govea y bajo la influencia de las predicaciones del padre Estrada, decidió ingresar en la Compañía de Jesús. Contó con el respaldo de su madre, pese a la firme oposición de su padre. Finalmente, el 23 de diciembre de 1548 entró en el noviciado jesuita de Coimbra.

Recibió la ordenación sacerdotal en Braga en 1553. A partir de entonces desarrolló una brillante trayectoria dentro de la Compañía de Jesús. Fue nombrado sucesivamente rector de los colegios de San Antonio de Lisboa, Coimbra y Braga, y en 1556 asumió el cargo de viceprovincial de Portugal. Cuatro años más tarde fundó el Colegio de Braga, del que se convirtió en su primer rector. Posteriormente fue designado coadjutor de la diócesis bracarense junto al arzobispo fray Bartolomé de los Mártires.

Su vocación misionera quedó patente en 1565, cuando escribió al Papa solicitando ser destinado a las Indias. La petición fue aceptada y fue enviado a Brasil para supervisar la provincia jesuítica y reclutar religiosos destinados a las misiones americanas. La patente que lo acreditaba como Visitador fue firmada por San Francisco de Borja, entonces general de la Compañía de Jesús.

Durante su estancia en Brasil recorrió numerosas poblaciones, entre ellas Río de Janeiro, Bahía y São Paulo. En ese viaje coincidió en varias ocasiones con el padre José de Anchieta y, muy probablemente, también con el palmero José de Arce y Rojas, jesuita mártir quien años después sería conocido como el Apóstol del Paraguay.

El 31 de octubre de 1568 regresó a Lisboa, donde fue recibido en audiencia por el rey don Sebastián. Un año después viajó a Roma junto al embajador Juan Telos de Meneses. Allí fue nombrado Provincial de Brasil, cargo que le otorgaba autoridad para organizar y reclutar una nueva expedición de misioneros.

El papa San Pío V lo recibió solemnemente en presencia del general de la Orden y de varios cardenales de la corte pontificia. Como muestra de apoyo a la futura misión, le entregó diversas reliquias destinadas a las nuevas comunidades cristianas de América, además de una pequeña lámina de cobre con la imagen de la Virgen María, copia de la venerada en la basílica romana de Santa María la Mayor.

El papa San Pío V, quien confió a Ignacio de Azevedo las reliquias y la imagen mariana que llevaría consigo a Brasil.

A partir de entonces Ignacio emprendió un intenso recorrido por diferentes ciudades de la Península Ibérica para reunir voluntarios. Visitó Madrid, Valencia, Barcelona y Medina del Campo, además de las portuguesas Évora, Coimbra y Braga. Gracias a esta labor logró concentrar en Val del Rosal un numeroso grupo de futuros misioneros.

Todos ellos se instalaron en una antigua casa de campo perteneciente al Colegio de San Antonio de Lisboa, situada junto a la desembocadura del Tajo y alejada de la capital, que en aquellos momentos sufría una grave epidemia de peste.

Mientras aguardaban la orden definitiva para partir hacia Brasil, los religiosos dedicaban sus jornadas a la preparación espiritual y física. También aprovecharon sus conocimientos profesionales para rehabilitar la vivienda. Entre ellos había carpinteros, tejedores, zapateros, sastres, bordadores, pintores, orfebres e incluso un antiguo pastor que organizó una pequeña explotación agrícola para abastecer a la comunidad. Aquella finca es conocida actualmente como la Quinta de los Cuarenta Mártires y continúa siendo de propiedad privada.

La partida desde Lisboa

El 5 de junio de 1570 comenzó la expedición.

Luis de Vasconçelos y Meneses había sido nombrado gobernador de Brasil y estaba a punto de zarpar al frente de una flota integrada por seis navíos. Los misioneros decidieron aprovechar aquella travesía, que les ofrecía la protección de la armada durante el largo viaje atlántico.

Dos días antes de la salida, el 3 de junio, Ignacio de Azevedo escribió desde el galeón Santiago una carta de despedida al general de la Compañía de Jesús. En ella explicaba las causas del retraso que estaba sufriendo la expedición y se despedía de sus superiores antes de emprender el viaje.

En total, el padre Azevedo viajaba acompañado por setenta y dos religiosos y diecisiete servidores seglares.

Los jesuitas fueron distribuidos entre tres embarcaciones. Ignacio de Azevedo embarcó con cuarenta y un compañeros en el galeón Santiago, procedente de Oporto. El padre Pedro Dias viajó junto a otros veinticinco misioneros —entre ellos tres españoles— a bordo del navío almirante, donde también se encontraba el gobernador. El resto del contingente quedó bajo la dirección del padre Francisco de Castro en el Os Orfaos, llamado así porque transportaba numerosos niños huérfanos, víctimas de la epidemia de peste. El rey de Portugal los enviaba a Brasil para ser acogidos por familias honradas y contribuir al poblamiento de la colonia.

La vida a bordo mantenía un marcado carácter conventual. Al amanecer y al caer la tarde resonaban oraciones y cantos religiosos que impresionaban profundamente al resto de los pasajeros y a la tripulación seglar.

Las distintas fuentes históricas coinciden en señalar que el beato Ignacio de Azevedo decidió rodearse durante la travesía de los religiosos más jóvenes y de los novicios, con el propósito de animarlos, guiarlos y prepararlos para la importante misión que les esperaba.

Torre de Belém, en Lisboa, punto de partida de la expedición jesuita hacia Brasil en 1570.

Escala en Madeira

La expedición llegó a la isla de Madeira el 12 de junio, víspera de la festividad de San Antonio. Permanecieron allí varias semanas, aunque la mayor parte del tiempo continuaron a bordo de los barcos, ya que el Colegio de Santiago de Funchal aún estaba en construcción. Solo desembarcaban para asistir a celebraciones litúrgicas y otros actos religiosos.

Mientras esperaban la orden de partida del gobernador, el capitán del Santiago mostraba una creciente impaciencia por reanudar la navegación. Finalmente, los oficiales solicitaron autorización para dirigirse hasta Santa Cruz de La Palma con el fin de descargar unas mercancías, convencidos de que el resto de la flota podría reunirse con ellos en menos de dos semanas para continuar juntos el viaje hacia Brasil.

La demora obedecía a varias razones. Durante aquellos días se estaban produciendo frecuentes incursiones piráticas en distintos puntos de Madeira y las autoridades preferían evitar riesgos innecesarios. Los propios jesuitas ofrecieron su ayuda para colaborar en la defensa de la isla frente a posibles ataques corsarios.

El padre Antonio Cabral explicaba además que el retraso respondía también a una estrategia de navegación, ya que se pretendía evitar las habituales calmas que, en esa época del año, dificultaban la travesía del Atlántico.

Sin que la flotilla portuguesa lo supiera, desde La Rochela, en la costa francesa, había zarpado el hugonote Jacques de Sores —también citado en diversas fuentes como Sourie— al mando de varios navíos en busca de presas. Había sido lugarteniente del temido corsario Pie de Palo y ahora dirigía la flota protestante. Entre sus principales colaboradores figuraban los capitanes Jean Boucard y Jean de Capdeville. Ostentaba además el cargo de capitán general al servicio de Juana de Albret, reina de Navarra, y se declaraba abiertamente enemigo de los «papistas».

La escuadra hugonote intentó acceder al puerto de Madeira, pero fue rechazada por el intenso fuego de la artillería del castillo de San Lorenzo y por los cañones de los barcos de Luis de Vasconçelos, cuya flota permanecía fondeada en la bahía.

Resulta especialmente curiosa la referencia que hace Guillén Lugo de Casaus —considerado el impulsor del extraordinario joyero de la Virgen de las Nieves, patrona de La Palma— en el acta del Cabildo palmero del 28 de julio de 1570. En ella identifica al corsario francés con el nombre de «Capitán Curi», una denominación que recuerda a la pronunciación francesa de souris, palabra que significa «ratón». Según señala el historiador Antonio Rumeu de Armas, la documentación histórica ofrece múltiples variantes para transcribir su apellido: Sores, Sourie, Sorias, Soria, Sore o Curi, entre otras.

El galeón Santiago pone rumbo a La Palma

El 30 de junio de 1570, el galeón Santiago abandonó finalmente el puerto de Funchal con destino a Santa Cruz de La Palma. La partida fue posible después de que las embarcaciones piratas que merodeaban Madeira se alejaran de la isla. A bordo viajaban el padre Ignacio de Acevedo, el padre Diego de Andrade, otros treinta y ocho misioneros jesuitas, varios pasajeros y toda la tripulación.

Antes de zarpar, algunos le aconsejaron a Ignacio que permaneciera en Madeira para reunirse con el resto de la expedición, integrada por otras seis naves. Sin embargo, rechazó la propuesta. Prefirió compartir el viaje y los riesgos con los religiosos que le habían sido encomendados, fiel a su compromiso de acompañarlos hasta el final.

La víspera de la partida, el 29 de junio, festividad de San Pedro, el padre Ignacio quiso preparar espiritualmente a todos sus compañeros. En la ermita de Santiago procuró que cada uno de ellos se confesara y recibiera la comunión. Esa misma tarde repartió rosarios bendecidos, agnusdei —medallones o piezas de cera bendecidos por el pontífice que se usaban como amuletos de protección— y otros objetos de devoción traídos desde Roma. El padre Pedro Dias dejó escrito un significativo testimonio sobre aquel momento: «Parece que ya veía aquello para lo que Nuestro Señor los llamaba».

La travesía hasta La Palma transcurrió con total normalidad durante una semana. El tiempo acompañó y el viaje resultó tranquilo y agradable. Sin embargo, cuando el galeón se aproximaba a la isla, una fuerte ráfaga de viento desvió la embarcación hacia el oeste, obligándola a buscar refugio en el puerto de Tazacorte.

El rey Juan III de Portugal, promotor de la expedición evangelizadora a Brasil.
San Francisco de Borja, entonces prepósito general de la Compañía de Jesús, que encomendó la misión a Ignacio de Azevedo.
Procesión en honor a Ignacio de Azevedo por las calles de Tazacorte.

Primera entrega de la serie de José Guillermo Rodríguez Escudero sobre los Mártires de Tazacorte. Continuará.

BIBLIOGRAFÍA

  • NODA GÓMEZ, Talio. Otra aportación sobre los Mártires de Tazacorte. Ayuntamiento de Tazacorte, 1996
  • CABRAL, António. Relación del martyrio de los quarenta martyres de la Compañia de Jesus: vida del venerable martyr P. Ignacio Acevedo, Madrid, 1744
  • RUMEU DE ARMAS, A. «La expedición misionera al Brasil martirizada en aguas Canarias (1570)». Missionalia Hispánica. Año IV, n.º 11, 1947.

LA SERIE · LOS MÁRTIRES DE TAZACORTE

  • I. Ignacio de Azevedo, el jesuita que encabezó la expedición hacia el martirio (esta entrega).
  • II. La estancia en Tazacorte y la premonición del martirio (próxima entrega).
  • III. El martirio de los cuarenta jesuitas frente a las costas de La Palma (próxima entrega).
  • IV. La sombra del corsario: La Gomera, las premoniciones y el nacimiento de una devoción (próxima entrega).
  • V. Milagros, reliquias y el memorial submarino de los Mártires de Tazacorte (próxima entrega).
  • VI. Los murales de San Miguel y los versos que mantienen viva la memoria (próxima entrega).
  • VII. El legado pictórico y la arqueta de las reliquias de los Mártires (próxima entrega).
  • VIII. La casulla sagrada y la cruz conmemorativa: el cierre de la memoria (próxima entrega).

SOBRE EL AUTOR

José Guillermo Rodríguez Escudero es historiador y colaborador habitual de El Faro de La Palma. Firma en estas páginas artículos sobre patrimonio, arte y memoria de La Palma.

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José Guillermo Rodríguez Escudero

José Guillermo Rodríguez Escudero

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