OPINIÓN · CRÓNICA
Subir a Fuencaliente
Una crónica de la tarde del día grande de las Fiestas de la Vendimia en Los Canarios: las carrozas de cada barrio, el frangollo y el bollo de centeno, las parrandas y la espera de los Caballos Fuscos.
Belén Lorenzo · 23 de agosto de 2026
Llegó a Los Canarios pasadas las seis de la tarde. Por la mañana, alguien del pueblo le había preguntado si subiría, y él había asegurado que sí. Aunque ya no vivía en Los Quemados, la cita anual para ver las carrozas de las Fiestas de la Vendimia era ineludible. Sin ser una norma, la costumbre había hecho de esa ocasión un momento para el reencuentro, tanto de los que viven en Fuencaliente habitualmente, como de los que recuerdan lo que un día vivieron.
Aparcó el coche y subió caminando por la calle Emilio Quintana Sánchez en dirección a la carretera general. Según se aproximaba empezó a distinguir el barullo festivo y el entramado de luces que se encendería al llegar la noche, con la iglesia de San Antonio Abad al fondo. Siempre iniciaba el recorrido de la misma forma, en ese mismo cruce, y esa tarde no iba a ser diferente. Era, de alguna manera, como visitar el municipio entero en pocos metros: cada barrio procuraba que un aspecto de su identidad quedara plasmado en la carroza correspondiente.
La primera que encontró fue la de El Charco, decorada con un dibujo de los faros y las salinas. «Entre sal y fuego», así definía a Fuencaliente, y como «tierra de fuego, tierra de vino». Decidió probarlo aceptando un vaso y continuar hacia la siguiente, la de La Fajana. En esta ocasión imitaba la arquitectura de una casa acogedora donde se ofrecía frangollo y se recordaba el sabor del arrope. En la de Los Canarios, con apariencia de vivienda vecina rotulada con el número 6, degustó un trozo de bizcochón casero. Después leyó las palabras de agradecimiento dedicadas a Pedro Pérez por abrir, año tras año, las puertas de su bodega, convirtiéndola en un espacio para el trabajo y la amistad.
La carroza de Los Quemados, engalanada con fotografías de los Caballos Fuscos, anticipaba lo que ocurriría unas horas después. «Para el cuerpo, el pan de la era; para el alma, el vino de la cepa; y para trabajar… ¡que el burro se mueva!», aconsejaba la de Las Indias. La última, la de Las Caletas, tenía la forma de un barco amigo de las gaviotas y de las grajas. Ofrecía, como siempre, el tradicional bollo de centeno con el que le gustaba terminar el recorrido. En frente, en la plaza Minerva, el Encuentro Internacional de Improvisación Poética provocaba la admiración de quienes escuchaban a aquellos maestros de la palabra.
Desandó sus pasos para prestar más atención a la música de las parrandas «La Chancla», «Los de Repente» y «Una hora menos en Canarias». En ese ir y venir encontró amistades a las que aún no había saludado. Algunas de ellas solo las veía una vez al año, rodeado siempre de esa acostumbrada algarabía de voces y de canciones.
Entre unas conversaciones y otras, la tarde se fue volviendo noche. Decidió entonces esperar la llegada de los Caballos Fuscos a la plaza del ayuntamiento. Aguardaría hasta ver aparecer la jirafa en medio de un desfile de jinetes vestidos de traje y sombrero, con bigotes y barbas pintados, sobre sus cabalgaduras de luces y alegres papeles de colores. Y se acordaría de Tegüi, como cada año desde que se fue. Echaba de menos su gran corazón y su risa espontánea y sincera, pero los traía de vuelta mentalmente cada vez que escuchaba las primeras notas de la tradicional polca acompañando la danza de los caballos quemaderos.
Al día siguiente bajaría a La Palma. Conservaba ese modo fuencalentero de hablar en el que no se tiene en cuenta si el lugar está en el norte o en el sur. Continuaría subiendo a Fuencaliente toda la vida, por estar más alto, y bajando a la capital abreviada así, La Palma, como siempre la nombraron sus abuelos. Y seguiría guardando los recuerdos y manteniendo la promesa de acudir, cada año sin falta, a la misma cita.
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Era, de alguna manera, como visitar el municipio entero en pocos metros
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BELÉN LORENZO
SOBRE LA AUTORA
Belén Lorenzo es colaboradora de El Faro de La Palma, donde firma crónicas de mirada literaria sobre la vida, el arte y la gente de la isla. En sus textos se detiene en lo cotidiano y en los pequeños detalles que, mirados de cerca, cuentan algo más grande.



