LEYENDAS DE LA PALMA · VIII
El Ronquido de Ajonique
Nueva entrega de «Leyendas de La Palma»: la historia del pastor Jonigue, el pino milagroso de El Paso y el estruendo que, cuentan los pasenses, todavía anuncia tormenta cuando «Ajonique suena».
Según la leyenda, Jonigue era un pastor de procedencia indígena que vivía en la zona que hoy se conoce por El Barrial, en el municipio de El Paso de Adamacansis, muy próximo donde existe un pino enorme, venerado por los antiguos habitantes. Ellos tenían ya conocimiento que este árbol era el más antiguo de Benahoare, al menos, el más grande de todos los que habían visto hasta entonces.
El pastor que dormía en la cumbre
Hacía algún tiempo que se habían encontrado, en ese lugar, una pequeña talla de una señora con un niño en brazos, dentro de una pequeña oquedad de ese gran pino, sin saber cómo y en qué momento había aparecido allí. De inmediato, todos consideraron milagrosa esta aparición de la Señora en el pino; algo misterioso debía tener aquel hallazgo, por lo que enseguida decidieron hacer un pequeño altar sobre una piedra y dejarla depositada junto al árbol para venerarla. Aún perduraba la tradición matriarcal de los primitivos habitantes de Benahoare, quienes sentían un profundo respeto a la condición femenina: la mujer era la que daba la vida, las que amamantaban, las que se ocupaban mayoritariamente de las tareas domésticas, eran ellas las que podían ser sacerdotisas y comunicarse con los antepasados, las que se encargaban de las curaciones, de los embalsamamientos, de fabricar los gánigos y ajuares del barro. Por tal motivo, los más viejos del lugar acordaron que aquella imagen debía de ser custodiada permanentemente al estar situada justo en el camino real, en el inicio del Camino de las Vueltas, ruta que está de paso entre las dos bandas de la isla, una senda muy transitada y, por consiguiente, podría ser objeto de un posible robo.
Jonigue solía realizar el pastoreo por aquellos lugares, conocía perfectamente la zona. Toda aquella llanura era una fértil dehesa comunitaria de buenas pastos, y donde además se sembraban los granos que utilizaban para elaborar el gofio, según sus costumbres; allí se habían plantado higueras, almendros y morales, cuyos ricos frutos complementaban la alimentación de los habitantes.
Ya que el joven subía diariamente a pastar con su manada de cabras y ovejas, el «concejo de ancianos» del pueblo, reunidos en el tagoror, le había encargado expresamente que vigilara y llevara ofrendas cada día al pino y la Señora para protegerlos de los males de la noche, y les favoreciera con lluvias mansas para los campos. Y así lo vino haciendo durante algún tiempo.

Un día, llegado el equinoccio del año, Jonigue tuvo tiempo para subir hasta el Cerro de la Cumbre con su rebaño, siguiendo el camino real buscando mejores pastos. Arriba se detuvo muchas horas contemplando el hermoso paisaje, no calculó bien que el sol pronto iba a desaparecer sobre el horizonte, allá por la Punta del Time. Viendo que se le hacía de noche para regresar, decidió quedarse a dormir con sus cabras en lo alto, dentro de una pequeña cabaña que él ya conocía de otras veces, en la cabecera de la pendiente barranquera. En su interior, bien confortable y con el calorcito de los animales, Jonigue dormía plácidamente.
El ronquido que despertó a la isla
Extrañándose la gente del pueblo de que el pastor no había regresado a su morada, y que tampoco lo habían visto pasar con sus animales, siendo ya de noche cerrada, unos pocos vecinos con antorchas encendidas, salieron a buscarlo a donde está el Pino y la Señora, comprobando que allí no se encontraba. Desde ese punto comenzaron a oír un extraño ruido acompasado, como si fuese un ronquido, y decidieron averiguar a qué se debía. Siguiendo el sonido, a medida que subían por el camino real, conocido hoy como El Reventón, el supuesto ronquido se iba haciendo cada vez más fuerte, más y más fuerte… Estremecía oírlo a medida que se acercaban a la hilera de la cumbre y también por las barraqueras laterales.
Desde todo el Valle ya se podía escuchar, estaba siendo atronador. La isla entera se despertó con los estruendos, unos estertores inexplicables que producían un ambiente aterrador. Asustados, muchos habitantes creyeron que se trataba de un nuevo volcán que iba a entrar en erupción. Algunos salieron corriendo hacia la costa, mientras que otros se quedaron refugiados en sus cabañas. Solo unos pocos, los más atrevidos que habían subido a buscar al pastor, ya estaban llegando al lugar donde creían proceder el impactante sonido. Entrando a la covacha, comprobaron lo qué estaba pasando: era Jonigue que dormía profundamente con su rebaño y roncaba fuertemente.
Dándose cuenta ellos que todo había sido una falsa alarma, a tirones lograron despertarlo, regañándole porque su ronquido había causado un gran susto no solo en el Valle sino en gran parte de la isla. Jonigue se disculpó prometiendo no volver a dormir en aquel lugar creyendo que posiblemente estaba embrujado. Bajaron de inmediato de la cumbre porque la noche era fría y comenzaba a llover, el cielo estaba completamente cubierto de negros nubarrones que no dejaban ver las estrellas.
No habían llegado todavía a sus cabañas cuando vieron una claridad resplandeciente, seguido de un potente estallido: una descarga eléctrica acababa de producirse, corriendo todos a refugiarse sus casas. Un viento espantoso se colaba laderas abajo hacia el Valle, resonando en todo Adirane. Soplaba y resoplaba como un ronquido aún peor a los anteriores, como si los pinos de los barrancos estuvieran aullando de dolor. El rugido de la tormenta iba en aumento, toda la noche estuvo sin parar. Desde otros confines de Benahoare se podía escuchar el lamento; era el resoplido grave de la montaña. Ahora sí que estaban asustados de verdad, ya no era Jonigue quien roncaba.


Nunca antes habían sentido semejantes estruendos; pasaron una noche horrible sin poder dormir, los perros aullaban, los gatos escondidos en sus madrigueras, las más beatas rezando el rosario a la luz de las velas. Una tormenta atlántica cubrió la isla entera dejando atemorizados a todos los habitantes, el viento seguía ululando sin parar por los barrancos, en especial los de esta zona de El Paso.
«
Cuando Ajonique suena, agua lleva
»
Dicho popular pasense
De la tormenta al nombre del barranco
La mañana llegó con fuertes lluvias y los vientos lograron amainar levemente. Los más viejos de El Paso, se preguntaban unos a otros si recordaban haber vivido cosa igual.
Días después de haber pasado la tormenta, el pueblo entero fue a llevar flores y ofrendas al gran pino y a la venerada imagen para pedir de nuevo su protección. Debían solicitar perdón, en la creencia que lo sucedido fue un castigo por haberla dejado abandonada en la más espantosa noche de tempestad. Y cuentan que, desde ese momento, y antes de que empiecen las lluvias del invierno, los lugareños vienen rindiendo homenaje a la Virgen y El Pino, para pedir de nuevo su bendición y que las lluvias invernales rieguen tranquilamente los campos sin necesidad de ruidosas tormentas que se les asusten de madrugada. De esta manera se instauró para siempre la veneración de la Virgen por el mes de septiembre.
La creencia popular sigue diciendo que, cada vez que este fenómeno ocurre, se le conoce como el «Ronquido de Jonigue». También se dice que cada cierto tiempo vuelve a oírse en las noches más oscuras, y que cuando el tiempo cambia bruscamente y la luna desaparece, es el preludio de una noche tenebrosa. A partir de entonces, al barranco por donde discurre el atronador ruido, comenzó a llamarse por ese nombre de Jonigue, incluso Ajonique.
Notas: el barranco, el tagoror y el dicho popular
El barranco (o barranquera) de Jonigue, posiblemente derivación de Honique, Ajonique y Ajonigue, topónimo awara, se encuentra en el lado norte del camino real de los puertos. Los pasenses (gentilicio de este municipio) aún en día, recuerdan el dicho: «cuando Ajonique suena, agua lleva». Por lo tanto el ronquido del barranco es presagio de tormenta y lluvias fuertes.
Tagoror: lugar llano y circular, cercado de piedras que servían de asiento, donde se celebraban las asambleas de la comunidad los antiguos habitantes de las islas, presididas por el mencey o jefe de alta estirpe.
El Pino de la Virgen de El Paso
Anotaciones de Wikipedia, incluidas por el propio autor.
El valor patrimonial de este ejemplar, de enormes dimensiones, de pino canario (Pinus canariensis) no se basa sólo en su antigüedad, datada en torno a los 800 años, por lo tanto, considerado el más antiguo del mundo en su especie. Además, otros muchos aspectos lo subrayan y matizan acreditando su declaración como Bien de Interés Cultural de Canarias en diciembre de 2014. Bajo su longeva sombra, se han guarecido tradición y devoción, historia y cultura de un pueblo, de una isla y sus gentes, orgullosas del que se erige como símbolo vivo, arropado por un marcado paisaje, que ha inspirado a artistas en todas sus facetas, motivando infinidad de relatos y leyendas, protagonista de investigaciones y estudios científicos, que lo han catalogado como uno de los más importantes de Canarias.
Los primeros datos con los que contamos referentes al Pino de la Virgen de El Paso o Pino santo de La Palma, como también fue popularmente conocido, parecen perderse en el tiempo, entrelazándose hechos históricos y leyendas. En cualquier caso, el punto de partida se sitúa en las postrimerías del siglo XV (1492-1493) durante la incorporación de la Isla a la corona de Castilla. Cuentan las crónicas que uno de los soldados que acompañaba al Adelantado Alonso Fernández de Lugo encontró la pequeña imagen de la Virgen María entre sus frondosas ramas, de ahí el nombre que se le da a la imagen y al pino. Siglos más tarde, junto a este Pino, en el encantador paisaje se edificó una pequeña capilla, alivio en el transitado y tortuoso Camino Real de la Cumbre. Cada primer domingo de septiembre se celebra en el entorno de El Pino y la Ermita, la fiesta de la Virgen del Pino, cuya imagen porta al Niño Jesús en su mano izquierda y en la derecha sostiene una rama de pino. Pero es cada tres años cuando la festividad toma gran trascendencia y se convierte en la festividad por excelencia de la Ciudad de El Paso y en una de las más importantes de la isla. La imagen es bajada en tradicional romería acompañada por miles de devotos y romeros, hasta llegar al casco urbano del municipio.
El Paso es el municipio más extenso de la isla de La Palma, con una extensión de 135,92 km², de los cuales el 69% de su territorio, está catalogado por diferentes figuras de protección debido a su riqueza natural. En este término municipal se halla el Parque Nacional de la Caldera de Taburiente (declarado como tal en 1954 por su importancia geológica y su vegetación de plantas rupícolas, así como la magnífica representación de bosques de pino canario), el Parque Natural de Cumbre Vieja, además de otros parajes naturales de interés como: la Cumbrecita, Bejenao, el Pico Birigoyo y la Cumbre Nueva entre otros.
No es de extrañar que El Pino de la Virgen tenga un lugar destacado en el escudo heráldico del municipio, dada la importancia que siempre ha tenido éste para los pasenses, como símbolo de benignidad y clemencia, caballería, riqueza, generosidad, amor, salud y pureza.
SOBRE EL AUTOR
Manuel F. Hernández Martín es autor-colaborador palmero. Colabora en la Revista Breña Alta y en El Faro de La Palma firma la serie «Leyendas de La Palma».

Leyendas que reflejan la historia y las creencias de los antiguos habitantes de La Palma y otros relatos curiosos de la isla. Agotada la primera edición, muy pronto estará disponible la segunda en las librerías de la isla.
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