Mauro Castro nos regala un viaje al corazón de Garafía a través de la figura de su bisabuelo, José Rocha, un hombre que no solo repartía correspondencia, sino esperanzas y silencios por los senderos de Gallegos, Franceses y El Tablado.
POR MAURO CASTRO.
Lo llamaban José Rocha, aunque en los papeles figurara como José Rodríguez Pérez. Para mí no fue solo mi bisabuelo: fue el Gran Padre, ese tipo de figura que no se mide por generaciones, sino por la hondura con la que se instala en la vida de uno.
Fue cartero. Pero no un cartero cualquiera.
Fue el cartero de los barrancos, de los caminos polvorientos entre Gallegos, Franceses y El Tablado. A pie, siempre a pie, con su maleta de cuero al hombro, marcada por el polvo y por los días. Repartía cartas, sí, pero también repartía algo más difícil de describir: esperanza, alivio, noticias que cambiaban vidas, silencios que pesaban, despedidas que dolían.
El ritual sagrado de la entrega
Tuve el privilegio de acompañarlo algunas veces. Y digo privilegio porque caminar con él era como seguir a un héroe sin capa, uno de esos que no necesitan ser nombrados para serlo. Recuerdo cómo empezaba todo muchos metros antes de llegar a una casa.
Su paso se aceleraba apenas un poco, lo justo para que yo lo notara. Su mirada se afinaba, buscaba desde lejos el tejado, la puerta, la figura que esperaba. Era un nerviosismo contenido, casi sagrado, como si supiera que llevaba entre las manos algo que podía cambiar un día entero, o una vida entera.
Y entonces llegaba el momento. Metía la mano en la valija, despacio, como quien toca una reliquia. Sacaba la carta con ambas manos, la sostenía un segundo, respiraba. Y se la entregaba a aquella señora que aguardaba en la puerta, inmóvil, con los ojos abiertos de esperanza.

Recuerdo una escena como si fuera una película detenida en mi memoria: Ella tomó la carta, leyó el remite… y las lágrimas empezaron a correrle por las mejillas. Mi bisabuelo también lloró. Yo, pequeño, no entendía del todo, pero sabía que estaba presenciando algo importante. Ese día aprendí una verdad que me acompaña desde entonces: la felicidad no pertenece solo a quien recibe, sino también a quien da.
La casa de tea y el sabor de la sabiduría
Su casa era un reflejo de él: terrera, de tejas canarias, con suelos de tea que crujían como si guardaran historias. Las estancias se abrían al patio como capítulos de un libro. El pajero al fondo, la cabrita abajo, el tabaco secándose arriba. Bajo el gran parral, entre Varas de San José, calas y dalias, jugábamos a las cartas. Él me dejaba ganar siempre, aunque yo tardé años en entenderlo.
En cada peseta que me entregaba había una lección: hacer sentir capaz al otro es una forma de amor. Tenía un bigote teñido por el tiempo y la nicotina de sus “Récord verde”, que apuraba hasta que el cigarro desaparecía entre los dedos. Era sabio sin escuela, firme sin dureza, libre sin ruido.
Garafía es el Mundo
Un día le dije que quería ser mayor para viajar y conocer el mundo. Él sonrió, con esa calma suya que parecía venir de lejos, y me dijo:
— «Cuando crezcas, recorre Garafía y conocerás todo un Mundo.»
Y eso hago. Camino. Camino como él lo hacía: a pie, sin prisa, con la cámara al cuello y su recuerdo en el alma. Porque donde termina el sendero, empieza su voz. Porque cada rincón de esta tierra me habla de él. Porque el mundo, para mí, como él me dijo, empieza en Garafía.
La próxima semana seguiré caminando por mi memoria, porque aún quedan muchos senderos que contar.
Aquí tienen el comienzo de la historia :Recuerdos que me sostienen – El Faro de La Palma
Aquï tienen la segunda parte:Recuerdos que me sostienen: Un homenaje a quienes hicieron de mi infancia un hogar (II) – El Faro de La Palma
Aquí la tercera parte: Recuerdos que me sostienen: Un homenaje a quienes hicieron de mi infancia un hogar (III) – El Faro de La Palma
La cuarta parte:Recuerdos que me sostienen: Un homenaje a quienes hicieron de mi infancia un hogar (IV) – El Faro de La Palma
La quinta parte: Recuerdos que me sostienen: el patio de doña rosario (V) – El Faro de La Palma
La sexta parte: Recuerdos que me sostienen: Concepción y su casa (VI) – El Faro de La Palma
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