RECUERDOS QUE ME SOSTIENEN · XI
Las moras, los albaricoques y el silencio de José Antonio
El patio de Elvira como puerta a otro mundo, y un hombre que enseñaba sin hablar.
POR MAURO CASTRO
Hay caminos que no están en los mapas. Ni en los de papel… ni en los que nos enseñaron en la escuela. Son esos que se dibujan a fuerza de pasos pequeños, de idas y venidas, de curiosidad… y de infancia. El de Elvira era uno de ellos.
Bajaba desde el patio de Isabel, con sus escalones de piedra gastados por el tiempo y las pisadas, como si cada uno guardara una historia. Y al final del camino, se abría aquel otro mundo: una casa terrera de teja, un patio empedrado que no solo era patio… era paso, era tránsito, era vida.
Porque por allí no solo se entraba a una casa. Por allí se iba y se venía. Hacia el Lomo Los Machos, hacia Las Mercedes… hacia otros recuerdos que esperaban más allá. Pero antes estaba él. José Antonio.
Siempre en el mismo lugar. Siempre sentado. Siempre quieto… y, sin embargo, tan lleno. No miraba nada en concreto, y parecía mirarlo todo. Como si viviera en un lugar al que solo él tenía acceso. Yo me sentaba cerca, a una distancia prudente, como quien se acerca a algo sagrado sin querer romper el silencio.
Nunca hablamos. O al menos, no con palabras. Pero yo volvía. Una y otra vez. Porque había algo en él… en su forma de estar, en su silencio, que me enseñaba sin explicarme nada. Y con el tiempo entendí que también eso era compañía.

Los dragos, los morales y la guerra de los mirlos
Frente a la casa, los dragos vigilaban como viejos centinelas. Y más allá… los morales. Aquello sí que era una batalla. Una guerra silenciosa entre nosotros y los mirlos, a ver quién se llevaba las mejores moras. Ellos, expertos. Nosotros, insistentes. Casi siempre ganaban ellos. Pero no importaba.
Subidos a las ramas, buscando las más negras, las más brillantes… nos olvidábamos del mundo. Salíamos de allí con las manos y la cara teñidas de rojo, como si volviéramos de una contienda épica. Y más de un susto dimos a quien nos veía aparecer así, sin saber si reír o preocuparse. A veces me las comía allí mismo. Otras, las guardaba en un cacharro… para luego mezclarlas con gofio. Y aquello… aquello era un manjar.
Y ahí… ahí habló. Y no hizo falta más.
«Por aquí solo ha pasado el zanganito y el abejorro»
Un poco más allá, como un regalo escondido, estaba la mata de albaricoques. Suaves, dulces, casi irreales. De esos sabores que no se olvidan. Hasta aquel día. Con mi primo López empezamos por uno… luego otro… y otro más… hasta que, sin darnos cuenta, dejamos la mata vacía de todo fruto maduro.
Cuando el dueño vino a buscarlos, preguntó. Y José Antonio, desde su silencio habitual, respondió: «Por aquí solo ha pasado el zanganito y el abejorro». Desde aquel día, cada vez que lo veía, ya no era solo aquel hombre silencioso sentado en su mundo. Era también esa chispa inesperada, esa ironía escondida, esa forma tan suya de estar… y de decir sin decir.
Lo que nos regalan los lugares
Y entonces entendí algo. Que los lugares no son solo lo que vemos. Son lo que nos hacen sentir. Lo que nos enseñan sin darnos cuenta. Lo que nos regalan sin pedir nada a cambio. Aquel patio no era solo de Elvira. Ni siquiera de José Antonio.
También fue mío. Y quizá… sin saberlo, yo también fui un poco de él.
Las entregas anteriores de la serie
Si llegas hoy a esta serie, aquí están los diez capítulos previos:
- Recuerdos que me sostienen (I) — el comienzo de la serie.
- Recuerdos que me sostienen (II) — Un homenaje a quienes hicieron de mi infancia un hogar.
- Recuerdos que me sostienen (III).
- Recuerdos que me sostienen (IV).
- Recuerdos que me sostienen (V) — El patio de doña Rosario.
- Recuerdos que me sostienen (VI) — Concepción y su casa.
- Recuerdos que me sostienen (VII) — Mi bisabuelo, el cartero de los barrancos.
- Recuerdos que me sostienen (VIII) — Manual de madres (edición irrepetible).
- Recuerdos que me sostienen (IX) — Un homenaje a quienes hicieron de su infancia un hogar en Franceses.
- Recuerdos que me sostienen (X) — El patio infinito de Isabel y Benigno.



