Mauro Castro nos invita a un viaje por la nostalgia y la sabiduría popular de aquellas mujeres que, con intuición y carácter, forjaron nuestra infancia entre potajes, conjuros de «sana sana» y verdades incuestionables.
Mauro Castro
Cuando echo la vista atrás es cuando de verdad entiendo cuánto hemos cambiado. A veces parece un simple ejercicio de nostalgia, pero en realidad es una forma de medir la vida, de comprobar todo lo que quedó atrás… y todo lo que, sin darnos cuenta, aún nos habita.
Mi llegada al colegio fue el comienzo de un aprendizaje. Uno oficial, con mapas, cuadernos y la voz de Don Pepe… y otro mucho más importante, el que seguía viviendo en los patios y en casa, donde mi madre ejercía como enciclopedia ilustrada. Una enciclopedia viva, práctica, incuestionable… y que, con el tiempo, he descubierto que se iba actualizando sola, según generaciones y leyes que solo ellas entendían.
Hoy no logro imaginar cómo habría sobrevivido su método en estos tiempos.
Recuerdo aquellas mañanas en las que el desayuno consistía en una jarra de cerveza con un huevo dentro. Aquello, según ella, era mano de santo para crecer fuertes y sanos. Y si la gripe se atrevía a aparecer, el remedio era aún más contundente: vino caliente con azúcar, cama… y a sudar. Los virus, decía, se quedaban en las sábanas. Y ya ella se encargaba al día siguiente de acabar con ellos.
Para cualquier otro mal, bastaba con un diagnóstico rápido y certero:
—“Eso es un andancio, yo estaba ayer igual.”
Y con eso, quedaba todo dicho. No había discusión posible. Uno se levantaba… y a seguir jugando. Si el dolor venía de una caída, todo se solucionaba con su mano sobre la herida y aquel conjuro infalible:
—“Sana sana, culito de rana, si no es hoy será mañana.”
Y oye… algo tenía, porque uno dejaba de llorar. Claro que si la caída venía precedida de advertencia… la cosa cambiaba.
—“Mauro, bájate de ahí que te vas a caer.” —“Que no, mamá…” Zas. Caída.
Y acto seguido, confirmación del oráculo en forma de nalgada. Nunca supe qué dolía más, si el golpe o la lección. Así que, por si acaso, uno aprendía rápido.

Luego estaban sus verdades universales: que el zumo perdía las vitaminas si no te lo tomabas al momento, que el bizcocho caliente era malo, que los nísperos y la leche eran incompatibles, que cenar evitaba pesadillas, y que jugar con fuego… bueno, mejor ni comprobarlo.
Pero si hubo una batalla que marcó mi infancia, esa fue la de los potajes.
—“Mamá, no me gusta.” —“Pues es lo que hay. ¿No lo quieres? Para mañana.”
Y mañana… allí estaba. Daba igual la hora. Podía ser mediodía, tarde o noche.
—“Mamá, tengo hambre.”
Y como por arte de magia… aparecía el plato. Hasta que uno cedía. Y en el momento en que la primera cucharada entraba en la boca, ahí estaba ella, mirándome con esa sonrisa tranquila de quien sabe que ha ganado.
—“¿Qué, ya llegó la vieja de la miel?”
Y a mí me hervía la sangre… sin saber que, años después, aquel mismo potaje sería un pequeño lujo. Como el mojo picón.
—“Mamá, pica mucho…” —“No pica tanto, moja otra papa.”
Y claro… no es que dejara de picar. Es que uno dejaba de sentir.
Hoy, con el tiempo ya vivido, sonrío al recordarlo todo. Aquel manual de madre, sin estudios ni teorías, pero lleno de intuición, de carácter… y de amor. Y pienso, no sin cierta ironía, que menos mal que entonces no existían algunas normas de hoy… porque si no, muchos habríamos crecido lejos de casa.
Y qué sería de nosotros sin todo aquello.
Aquí tienen el comienzo de la historia :Recuerdos que me sostienen – El Faro de La Palma
Aquï tienen la segunda parte:Recuerdos que me sostienen: Un homenaje a quienes hicieron de mi infancia un hogar (II) – El Faro de La Palma
Aquí la tercera parte: Recuerdos que me sostienen: Un homenaje a quienes hicieron de mi infancia un hogar (III) – El Faro de La Palma
La cuarta parte:Recuerdos que me sostienen: Un homenaje a quienes hicieron de mi infancia un hogar (IV) – El Faro de La Palma
La quinta parte: Recuerdos que me sostienen: el patio de doña rosario (V) – El Faro de La Palma
La sexta parte: Recuerdos que me sostienen: Concepción y su casa (VI) – El Faro de La Palma
La séptima parte: Recuerdos que me sostienen VII: Mi bisabuelo; el cartero de los barrancos – El Faro de La Palma
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