LA ESCLAVITUD DE LAS NIEVES · II
La Esclavitud de Nuestra Señora de las Nieves (II): la Bajada Lustral y el nacimiento de una Hermandad
La Noble Esclavitud de Nuestra Señora de las Nieves: una historia de devoción, unión familiar y gratitud a la Virgen que nació hace 345 años
La Bajada Lustral: cuando la Virgen descendió al encuentro de su pueblo
El investigador y alcalde Juan Bautista Lorenzo Rodríguez (1841-1908), reconocido en 1907 como Cronista Oficial de la Isla de La Palma, dejó también constancia en sus crónicas de la historia de la Esclavitud de Nuestra Señora de las Nieves a través de dos valiosos artículos: «Una relación circunstanciada del objeto de dicha fundación y de las vicisitudes de sus primeros años» y «Plan que se forma del contenido del Libro de la Esclavitud de Ntra. Sra. de Las Nieves».
En estas páginas se documenta el origen de la que con el tiempo llegaría a convertirse en la célebre Bajada Lustral de la Virgen, una tradición cuyo nacimiento se sitúa durante la visita pastoral del obispo Bartolomé García Ximénez Rabadán (1622-1690), 45º prelado de Canarias. Fue entonces cuando comenzó a gestarse esta singular celebración, que desde 1680 quedó establecida con carácter quinquenal, festejándose cada cinco años, coincidiendo con los años terminados en cero y en cinco.

El prelado, antiguo condiscípulo de Juan Pinto de Guisla en la Universidad de Salamanca, había encontrado refugio en La Palma mientras huía de la persecución de los piratas moriscos. Durante su estancia en la isla aprovechó para atender una petición formulada de manera unánime por las familias más piadosas de Santa Cruz de La Palma, profundamente preocupadas por las difíciles circunstancias que atravesaba la población y convencidas de la necesidad de contar con su mediación y apoyo espiritual.
Todavía permanecían muy vivos en la memoria colectiva los graves altercados ocasionados por el intento de los dominicos de establecer un convento de su orden en el santuario mariano en 1649. A ello se sumaron la pertinaz sequía que castigó la isla en 1676 y los devastadores efectos de la erupción del volcán de Fuencaliente en 1677. Aquellas calamidades despertaron con mayor intensidad el amor y la confianza del pueblo palmero hacia su excelsa Patrona. Como evocaría posteriormente Lorenzo Rodríguez, «en vez del pequeño adoratorio del que Plinio dio cuenta al rey Juba II de Mauritania, contemplan un precioso edificio a cuya magnificencia contribuyen los hijos de La Palma».

El santuario de Nuestra Señora de las Nieves se convirtió así en un incesante centro de peregrinación y devoción. De forma constante llegaban ofrendas y donativos enviados tanto por los palmeros residentes en la isla como por aquellos que habían emigrado. El ajuar de la milagrosa imagen y su valioso joyero no dejaban de enriquecerse con nuevas piezas.
El obispo contemplaba con admiración aquel incesante testimonio de fe: numerosos buques navegaban bajo la advocación de la Virgen; desde América llegaban exvotos y espléndidas joyas en cumplimiento de promesas; marineros que regresaban sanos y salvos de peligrosas travesías depositaban ante Ella los regalos prometidos; enfermos que atribuían su curación a su intercesión acudían a postrarse ante la sagrada imagen ofreciendo prendas en señal de gratitud; promesas cumplidas, favores recibidos y un sinfín de prodigios y hechos considerados milagrosos acrecentaban sin cesar la fama de la «Negrita». Su devoción se extendía por todo el orbe católico, y la sucesión de aquellas manifestaciones de piedad terminó por conmover profundamente al prelado.
Finalmente, el prelado dispuso que la festividad de la Octava de la Purificación se celebrara con toda solemnidad, coincidiendo con la estancia de la Virgen en la parroquia de El Salvador. La venerada imagen había sido trasladada desde su santuario «en trono decente», en medio de solemnes y sentidas rogativas motivadas por la angustiosa falta de lluvias que padecía la isla.
Al contemplar la extraordinaria devoción, el cariño, el respeto, el fervor y la multitudinaria asistencia con que el pueblo de La Palma veneraba a su querida «Morenita», «Patrona de toda ella y de cuyo patrocinio se vale en todas sus necesidades», García Jiménez formuló una propuesta que marcaría para siempre la historia religiosa y cultural de la isla. Consideró que, «para mayor culto y veneración de la Santa Imagen de Ntra. Sra. de las Nieves», sería conveniente trasladarla a la ciudad cada cinco años.
La iniciativa fue acogida con entusiasmo por todos los presentes. Cada uno de ellos se comprometió a hacerse cargo de la organización de uno de los días que componían la Octava y, con ese propósito, las ocho personas designadas redactaron un escrito que presentaron al obispo solicitando que dejara aquella disposición formalmente establecida. Su Ilustrísima accedió a la petición y ordenó que, desde entonces, la Virgen fuese trasladada a Santa Cruz de La Palma cada cinco años. Aquella decisión se hizo efectiva por primera vez en 1680, dando origen a una de las tradiciones más antiguas, solemnes y emblemáticas del patrimonio religioso y cultural de la isla: la Bajada Lustral de la Virgen.
El nacimiento de una Hermandad bajo el signo de la devoción
Para hacer realidad la creación de la Esclavitud de Nuestra Señora de las Nieves, Juan Pinto de Guisla reunió en el santuario a veintiún miembros de su familia. El número no fue fruto del azar, sino que había sido cuidadosamente meditado y fijado de antemano. Fueron convocados precisamente aquellos parientes que habían mostrado una asistencia más constante a las fiestas de «Asieta» y que, a lo largo de los años, habían dedicado mayor entrega al servicio, culto y veneración de la entrañable «Dama del Monte».
«
Para mayor culto y veneración de la Santa Imagen de Ntra. Sra. de las Nieves, sería conveniente trasladarla a la ciudad cada cinco años.
»
Obispo Bartolomé García Ximénez, 1680

Los palmeros conocemos desde antiguo a nuestra Protectora insular con el cariñoso sobrenombre de «Asieta», una denominación que, según la tradición, corresponde a las iniciales de la expresión «Alma Santa Inmaculada En Tedote Aparecida». Otra interpretación, igualmente difundida, identifica el acrónimo con la frase «Alma Santa en quien Tenemos Amparo». Ambas versiones hacen referencia a la inscripción que, según la tradición, figuraba en la espalda de la sagrada imagen o en la hornacina de su antiguo retablo mayor, hoy desaparecido.
La reunión tenía como finalidad proceder a la elección del Esclavo de Nuestra Señora y de dos ministros que le asistirían en el desempeño de sus funciones: el Ministro Primero, que ejercería como Sacristán del Santísimo Sacramento, y el Ministro Segundo, encargado de la sacristía de Nuestra Señora. La ceremonia de elección se desarrolló en la hermosa capilla mayor del santuario, revestida de una especial solemnidad.
Carlos Prado de Robles y Montañez, responsable entonces de los servicios parroquiales, presidía el acto revestido con blanco sobrepelliz y una magnífica capa pluvial. La ceremonia comenzó con el canto del himno de Pentecostés, el Veni Creator Spiritus, seguido de la oración al Espíritu Santo, invocando su asistencia antes de proceder a la elección.
Concluidas las oraciones, se prepararon dos urnas perfectamente limpias. En una de ellas se introdujeron veintiuna papeletas, cada una con el nombre de uno de los familiares reunidos. En la otra se depositó el mismo número de cédulas: dieciocho permanecían en blanco, mientras que las tres restantes llevaban escritos los cargos que debían asignarse. Una de ellas decía «Esclavo de Ntra. Sra.» y las otras dos simplemente «Ministros».
El historiador Pérez García explica con detalle el desarrollo de este singular procedimiento. «Se escribían en papeletas los nombres de cada uno de los presentes y, aparte, igual número de papeletas en blanco, a excepción de tres, en las que aparecían los tres cargos mencionados. Se sacaban una a una, tanto de una parte como de otra, y de esa forma salía elegido al azar el miembro familiar que había de actuar como Esclavo de Nuestra Señora durante un año, hasta la siguiente elección». Añade además que sobre el Esclavo recaía la responsabilidad de organizar la festividad anual, auxiliado por los dos ministros, así como la distribución de las aportaciones económicas que correspondía satisfacer a cada uno de los integrantes de aquella singular cofradía familiar.
Para establecer el ceremonial que habría de regir esta nueva institución, los fundadores tomaron como modelo un cuadernillo impreso perteneciente a otra Esclavitud, que había llegado a manos de uno de los miembros de la acomodada familia Pinto de Guisla.

Una vez «jugada la suerte», el destino quiso que el primer Esclavo Mayor, para el año 1681, fuera precisamente el propio fundador de la Esclavitud, Juan Pinto de Guisla. El simbolismo del momento alcanzó entonces su máxima expresión. Situado entre los dos ministros recién elegidos y «con el rostro bañado en lágrimas», se arrodilló ante el altar mientras el sacerdote colocaba sobre su cuello una gruesa cadena de oro y ceñía su cabeza con una corona de rosas blancas, entonándose solemnemente el Te Deum. Conviene recordar que este himno de acción de gracias solo se interpreta en las celebraciones litúrgicas de mayor solemnidad y en ocasiones verdaderamente excepcionales.
La ceremonia concluyó en un ambiente de intensa emoción y profunda devoción. Según relatan las crónicas, «acabó con fervorosas lágrimas de devoción», tras lo cual el nuevo Esclavo entregó la cadena de oro para que sirviera desde entonces como adorno de la venerada imagen de la Virgen Morena, convirtiendo aquel gesto en una permanente ofrenda de gratitud y entrega.
El escritor palmero Félix Duarte, en su trabajo dedicado a esta singular celebración y titulado «Noble Esclavitud», recrea igualmente aquellos acontecimientos con una viveza narrativa que casi hace pensar que hubiera sido testigo directo de la histórica reunión.
En sus páginas presenta la figura de Juan Pinto de Guisla como un caballero cuya conducta «suscita elogios en todos los pueblos de la provincia». Y continúa evocando el profundo significado de aquel acto con estas palabras: «oro y rosas bendecidos por manos sacerdotales tienen para él un prestigio de leyenda, cuando evoca los actos de sus ascendientes difuntos, que merecieron el respeto y la estimación de sus conciudadanos».
LAS ENTREGAS DE ESTA SERIE
- I. una familia al servicio de la Patrona
- II. la Bajada Lustral y el nacimiento de una Hermandad (esta entrega)
- III. el Cuarto de los Esclavos
- IV. los primeros Esclavos y las reglas de la Hermandad
- V. fundaciones, mayorazgos y los devotos de la Octava
- y VI. el Libro restaurado y una fiesta desaparecida
SOBRE EL AUTOR
José Guillermo Rodríguez Escudero es historiador y colaborador habitual de El Faro de La Palma. Firma en estas páginas artículos sobre patrimonio, arte y memoria de La Palma.
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Texto: José Guillermo Rodríguez Escudero. Las fotografías proceden del archivo del autor y de los fondos citados en cada pie.



