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El legado pictórico y la arqueta de las reliquias de los Mártires (VII)

by José Guillermo Rodríguez Escudero
julio 14, 2026
in Cultura, La Palma, Opinión
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LOS MÁRTIRES DE TAZACORTE · VII

El legado pictórico y la arqueta de las reliquias de los Mártires (VII)

Lienzos, orfebrería y una arqueta de reliquias con casi cinco siglos de historia

El legado pictórico: Lienzos de la santa matanza

El arraigo del culto a los mártires en el seno de la Compañía de Jesús dejó una profunda huella iconográfica que se materializó durante el siglo XVII en diversas obras pictóricas de variable mérito artístico, veneradas en templos de ciudades como Roma o Palermo. A este patrimonio se suma una vasta cantidad de grabados y representaciones antiguas concebidos con fines devocionales o para ilustrar santorales y libros de la época.

En el ámbito del archipiélago canario, la plasmación del martirio del padre Acevedo y sus compañeros cuenta con tres notables ejemplos históricos que han sido objeto de un riguroso estudio por parte de la profesora Carmen Fraga desde 1977, a los que más tarde se incorporarían nuevas recreaciones contemporáneas que han venido a enriquecer el catálogo dedicado a este trágico suceso.

Estas tres pinturas históricas capturan el instante preciso del sangriento asalto perpetrado en aguas de Fuencaliente el 15 de julio de 1570. Se trata de un homenaje visual que nació de la necesidad de rescatar la memoria histórica de la isla; el recuerdo del martirio se había ido desvaneciendo con el paso de las décadas, tal como relató el padre Alonso de Andrade durante su misión en Canarias entre 1631 y 1633, al constatar que por entonces solo algunos ancianos conservaban vagos detalles del acontecimiento.

Ante este olvido inminente, se tomó la determinación de plasmar en un gran lienzo el heroico sacrificio de los religiosos, retratando al padre Ignacio de Acevedo al frente del grupo de misioneros y alzando la imagen de la Virgen en su mano, «como a caudillo».

La primera de estas representaciones, según documenta Escribano Garrido, se instaló en la suntuosa parroquia matriz de El Salvador, en la capital palmera, luciendo un gran rótulo a los pies que detallaba las circunstancias del martirio, así como el número y la identidad de cada una de las víctimas.

Aunque esta valiosa obra del siglo XVII se encuentra hoy desaparecida y se desconoce por completo su paradero, su impronta sobrevivió gracias a tres telas ejecutadas en esa misma época que se concibieron como versiones de aquel original perdido.

Son precisamente estas tres joyas pictóricas las que hoy se custodian y protegen en la iglesia de San Miguel de Tazacorte, en la propia parroquia de El Salvador de Santa Cruz de La Palma y en las salas del Museo Diocesano de Arte Sacro de la Catedral de Santa Ana, en Las Palmas de Gran Canaria.

El análisis detallado de las copias inspiradas en el lienzo desaparecido nos adentra en las sutilezas de la pintura canaria de los siglos XVII y XVIII. En la parroquia matriz de El Salvador se custodia una valiosa obra atribuida a Juan Manuel de Silva, polifacético pintor, escultor y dorador palmero. Esta pieza fue inventariada por primera vez el 15 de enero de 1719 mediante una anotación que declaraba: «Item una pintura pequeña del P. Axeuedo y sus compañeros varones ilustres de la compañía de Jesús que está en el baptisterio». Pocos años después, en 1721, los libros de fábrica de la iglesia registraron un desembolso de diez reales destinado a «retocar el cuadro de los Venerables Padres Jesuitas Martires, que está en la Iglesia».

Este lienzo de formato apaisado plasma con crudeza el sacrificio de ocho jesuitas atravesados por los instrumentos de su martirio, tales como hachas, cuchillos y espadas, mientras el padre Ignacio de Acevedo sostiene la pequeña estampa mariana que el papa Pío V le encomendó en Roma.

El historiador Jesús Pérez Morera destaca que «su rostro reproduce los tipos acostumbrados en Juan Manuel de Silva.

Un cuadro de análogo asunto y composición existe en la iglesia de San Miguel de Tazacorte, contemporáneo o quizás anterior a éste de El Salvador». Pese a que la investigadora Gloria González cataloga la pieza como una «obra anónima del siglo XVII, repintada en 1721», su estudio clarifica la esclarecedora inscripción que luce en la franja inferior: «EL V P YGNACIO DE ACEBEDO CON 39 CONPÑEROS DE LA CONPÑIA DJESUS FUERO / MARTRISADOS EL DA 15 D JULIO POR LOS HEREJES, EN EL MAR ABISTA D TSACORTE AÑO. DE 1570».

El conjunto queda realzado por un imponente marco de madera tallado en el siglo XVIII, decorado en sus laterales con tonos verdes y cartelas rojas que evocan motivos vegetales, rematado en esquinas doradas con follajes grabados.

Por su parte, el Museo Diocesano de Arte Sacro de la Catedral de Las Palmas cobija un imponente óleo sobre lienzo de un autor anónimo del siglo XVIII, cuyas generosas dimensiones albergan una cartela con una leyenda muy similar: «El venerable padre Ignacio de Acevedo con 39 compañeros de la compañía de Jesús / fueron martirizados por los Hugonotes en 1570 a 15 de julio, a vista de Tazacorte en la Isla de La Palma».

A diferencia de la obra de Silva, esta composición monumental retrata a doce jesuitas de semblante sombrío y riguroso luto, mostrando cómo las armas de sus verdugos se ensañan con siete de ellos, mientras el superior alza la efigie de la Virgen bajo la mirada de dos ángeles que custodian coronas florales.

El devenir de este cuadro estuvo marcado por el deterioro; el investigador José Miguel Alzola, quien dedicó una monografía a los mártires en 1553, relató que la obra «de generosas proporciones, que presidía el refertorio del antiguo seminario de Vegueta; en él aparecía el padre Acevezo, rodeado de todos sus compañeros. Este cuadro, que luego sufrió grandes desperfectos y mutilaciones, pudo ser restaurado y completado gracias a aquella reproducción que incorporé a mi trabajo».

Tras una meticulosa intervención realizada en 1971 en los talleres de la Casa de Colón, el lienzo recuperó su esplendor primitivo. Aunque tras su restauración la autoría fue vinculada al célebre pintor orotavense Cristóbal Hernández de Quintana, voces expertas contemporáneas como la de Carlos Rodríguez Morales sostienen con firmeza que la tela «no puede atribuirse en modo alguno al artífice tinerfeño».

El tercer eslabón de esta tradición pictórica se resguarda en la iglesia de San Miguel de Tazacorte. Coetánea a la versión de la capital palmera, esta obra destaca por ofrecer un texto explicativo mucho más minucioso sobre el pasaje insular de la expedición: «Abiendo salido el padre frai Inacio de Acebedo con 39 conpañeros a predicar la fe y padecer martirio por ella llegaron a este lugar de Theçacorte y habiendo saltado en tierra y dicho misa el padre frai Inasio y dado la sagrada eucaristía a sus conpadres bolvieron a enbarcar y enfrente de la punta de (perdido) nabio de franceses hugonotes y fueron martiriçados por ellos, a (perdido) de julio de (perdido)».

La confluencia estilística y temporal de estas tres telas ha llevado a los estudiosos a determinar que las obras parecen «corresponder a la misma época, esto es, principios del siglo XVIII… podemos inferir que una de ellas imita a las otras dos, o bien que las tres representaciones emulan, remedan a una pintura anterior, quizá aquella primigenia colocada en el templo del Salvador».

La arqueta de los mártires y el expolio corsario

El testimonio físico más sagrado de este vínculo con los jesuitas se custodia en una soberbia pieza de orfebrería y ebanistería. En palabras del historiador Jesús Pérez Morera, «se trata de una arqueta prismática de madera forrada en cuero gofrado en oro con tapa semicircular. Asa abatible sobre la cubierta y cerradura con pasador en el frente, ambas de bronce. La decoración, a base de motivos vegetales geometrizados y encintados curvilíneos de diseño simétrico formando bandas y medallones, se distribuye en una faja principal ceñida por sendos frisos de hojas de vid y roleos, a modo de cornisa y zócalo. Todos renacentistas con cabezas de perfil simétricamente afrontadas femeninas y masculinas —que recuerdan el busto del emperador Carlos V—, se repiten sobre la tapa y las caras laterales. Tanto el formato y las proporciones de la caja como su ornato siguen las nuevas tendencias del Renacimiento a la italiana».

Este cofre, confeccionado antes de 1570, albergaba las reliquias que el papa san Pío V confió en Roma al padre Ignacio de Azevedo al nombrarlo visitador del Brasil. Movido por la gratitud ante el trato recibido, el beato regaló este cofre a su anfitrión en Tazacorte, el influyente caballero flamenco Melchor de Monteverde, apenas unos días antes de consumarse la tragedia en alta mar.

Un inventario de 1718 certificó el contenido del magnífico arcón, que llegó a custodiar veintidós reliquias excepcionales, entre las que sobresalían: una una canilla de Santa Cristina (joven oriunda de la Toscana que sufrió los más terribles martirios); la quijada de Santa Inés (virgen y mártir romana degollada tras haber salido ilesa de la hoguera); huesos del Papa San Gregorio Magno (uno de los cuatro Padres de la Iglesia Latina y elegido Pontífice contra su voluntad en el 590); ropa de las Once Mil Vírgenes (asaetadas junto con Santa Úrsula por los hunos ante los muros de Colonia); una costilla de los Santos Inocentes (las ciento cuarenta mil pequeñas víctimas de cruel Herodes); un pedazo de la cabeza de San Vicente Mártir (diácono aragonés martirizado en Valencia en el 304 durante la persecución de Diocleciano), etc..

No obstante, este lote no englobaba la totalidad de los tesoros sagrados de la expedición. La célebre correspondencia del padre Pedro Dias revela el ensañamiento y la frustración de los captores al registrar el navío, relatando cómo los asaltantes confiscaron «la cabeza de las once mil vírgenes, que el padre Ignacio traía de Roma y llevaba al Brasil para consuelo de aquella tierra, y la colgaron de una cuerda en la cubierta y así dicen que la llevan. Llevaba también el padre una imagen de Nuestra Señora en tela sacada del natural de la Santa María la Mayor de Roma, que hizo el hermano Juan de Mayorca, que vino con él de la provincia de Aragón e iba ahora en su compañía, y a esta y a otras muchas las pusieron en la bodega de la nao y les tiraban los franceses con los puñales como barrera; todos los rosarios, reliquias y cosas de devoción, libros y papeles de importancia, que para ellos eran de poco precio, los echaron al mar».

Los piratas desataron su burla iconoclasta destruyendo las tallas, rosarios y el minucioso legado artístico tallado por Alfonso de Baena, esperando hallar oro donde solo había ornamentos. Redujeron a cenizas escritos históricos y un venerado Lignum Crucis, llegando a ensañarse con un crucifijo a golpe de puñal; únicamente decidieron conservar una de las copias marianas de san Lucas al intuir algún valor material, aunque el temor a la mala fortuna terminó por empujarlos a arrojarla también por la borda.

La visita pastoral del obispo Juan Francisco Guillén en 1745 corroboró la autenticidad de las reliquias de Tazacorte, dejando por escrito que las habían depositado en «la dicha ermita de Tazacorte los venerados padres Jesuitas Ignacio de Acevedo y sus treinta y nueve compañeros, que pasaban de misión al Brasil en el año de mil quinientos y setenta, habiendo celebrado misa en dicha ermita el dicho padre Ignacio a sus compañeros, quien las entregó a un caballero Monteverde».

Frente a la rigurosidad de este acta, la tradición popular alimentó con los años crónicas confusas y carentes de base documental. Es el caso de las anotaciones del capitán Nicolás de Sotomayor Topete en 1701, donde se afirmaba que las reliquias procedían de Flandes, traídas por sus antepasados como aval de una deuda que «las tenía un caballero que les debía mucha cantidad de dinero y se las dejó en prenda». En una línea similar, el controvertido marqués de San Andrés, Cristóbal del Hoyo y Sotomayor, dejó escrito con su particular estilo que «nuestras abuelas colocaron en la iglesia de San Miguel de Tazacorte una arquilla de reliquias que van con su bula ya para cinco siglos caminando».

El devenir del cofre relicario estuvo marcado por constantes traslados y divisiones. Los documentos de 1613 sitúan la arqueta guarecida en una «cajita o relicario donde están las reliquias que en la dicha iglesia están guardadas», justo en el espacio comprendido entre el altar mayor y el pedestal del arcángel san Miguel. Décadas más tarde, los inventarios eclesiásticos de 1672 y 1701 confirman que estos restos se custodiaban y veneraban de forma conjunta con las reliquias del vecino santuario de Las Angustias, resguardados en el interior de «un cajoncillo cubierto con un tafetán donde estaba un cofresito aforrado en terciopelo carmesí por dentro y en él las santas reliquias envueltas en unos paneles y tafetanes con sus rótulos renovados».

En aquella época, la custodia de las llaves correspondía por herencia familiar a Juan de Monteverde en la capital de la isla, pasando posteriormente a manos del maestre de campo Juan de Sotomayor Topete. El profesor Pérez Morera sigue indicando que había sido bajo este linaje cuando el depósito original se escindió, trasladando tres piezas singulares a la ermita de Las Angustias: «un pedacito de pan del que sobró del milagro que Cristo hizo con las turbas, parte del casco de San Esteban y parte de una quijada de Santa Apolonia». Pasarían a ser custodiadas en una pequeña arqueta dorada y esmaltada, fabricada a finales del siglo XVII «a costa y devoción del capitán Nicolás de Sotomayor Topete y Massieu (1641-1710)».

El informe de la visita de 1745 dictaminó el traslado definitivo de las reliquias hacia el oratorio episcopal en Santa Cruz de La Palma, ordenando la construcción de unas urnas «muy decentes» provistas de tres llaves independientes para su seguridad: una en manos del vicario, otra para el párroco de Los Llanos y la última bajo el «cuidado del caballero que acostumbra tenerla».

En el caso del templo de Tazacorte, dicho contenedor se identifica con el tabernáculo que aún preside el retablo colateral de la Epístola, un sagrario de madera cuyas caras exteriores muestran pasajes pictóricos del martirio.

Durante su visita pastoral, el obispo Nicolás Rey Redondo mandó simplificar su seguridad a una única llave bien custodiada, prohibiendo expresamente cualquier tipo de restauración o alteración exterior en el mueble, dado que el sagrario se encontraba «decorado con las antiguas pinturas que representan el martirio de los Santos Ignacio de Acevedo y compañeros, cuya prevención se extiende también al cuadro que en dicha iglesia se conserva con el retrato de los Santos Mártires».

Cada 15 de julio, onomástica de los Mártires de Tazacorte, la imagen del Beato Ignacio de Acebedo y, en algunas ediciones, acompañada por la arqueta de las reliquias recorren las calles de Tazacorte a hombros de un pueblo orgulloso de tener este importante vestigio de historia y de fe.

Lienzo alegórico conservado como parte del legado pictórico de los Mártires.
Lienzo alegórico conservado como parte del legado pictórico de los Mártires.
Imagen de Ignacio de Azevedo en su hornacina del retablo de San Miguel de Tazacorte.

Séptima entrega de la serie de José Guillermo Rodríguez Escudero sobre los Mártires de Tazacorte. Continuará.

BIBLIOGRAFÍA

  • FRAGA GONZÁLEZ, María del Carmen. «La pintura en Santa Cruz de La Palma». Homenaje a Alfonso Trujillo. Santa Cruz de Tenerife, 1982.
  • ESCRIBANO GARRIDO, Julián. El Padre Ignacio de Azevedo y Compañeros «Mártires de Tazacorte». La Palma, 1992.
  • PÉREZ MORERA, Jesús. Bernardo Manuel de Silva. Viceconsejería de Cultura y Deportes, Gobierno de Canarias, 1994.

LA SERIE · LOS MÁRTIRES DE TAZACORTE

  • I. Ignacio de Azevedo, el jesuita que encabezó la expedición hacia el martirio.
  • II. La estancia en Tazacorte y la premonición del martirio.
  • III. El martirio de los cuarenta jesuitas frente a las costas de La Palma.
  • IV. La sombra del corsario: La Gomera, las premoniciones y el nacimiento de una devoción.
  • V. Milagros, reliquias y el memorial submarino de los Mártires de Tazacorte.
  • VI. Los murales de San Miguel y los versos que mantienen viva la memoria.
  • VII. El legado pictórico y la arqueta de las reliquias de los Mártires (esta entrega).
  • VIII. La casulla sagrada y la cruz conmemorativa: el cierre de la memoria (próxima entrega).

SOBRE EL AUTOR

José Guillermo Rodríguez Escudero es historiador y colaborador habitual de El Faro de La Palma. Firma en estas páginas artículos sobre patrimonio, arte y memoria de La Palma.

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  • El esplendor del antiguo Corpus Christi en Santa Cruz de La Palma (I): una fiesta de fe, teatro y poder ciudadano.
  • La Fiesta de las Madres (I): el nacimiento de una tradición y el misterio de la Virgen de las Nieves.
José Guillermo Rodríguez Escudero

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