LA ESCLAVITUD DE LAS NIEVES · III
La Esclavitud de Nuestra Señora de las Nieves (III): el Cuarto de los Esclavos
La Noble Esclavitud de Nuestra Señora de las Nieves: una historia de devoción, unión familiar y gratitud a la Virgen que nació hace 345 años
Cuarto de los Esclavos: refugio de oración y custodia de la identidad
La referencia más antigua que se conserva sobre la celebración de la festividad de Nuestra Señora de las Nieves en su ermita, así como sobre la asistencia del clero a los actos litúrgicos, la aporta Fernández García. Según este autor, «nos la da el mayordomo Pedro Váez en sus cuentas de 12 de julio de 1534, donde se descarga con una dobla el coste de la comida de todos los sacerdotes que asistían a oficiar los actos del día en los años precedentes, de 1531 a 1533». Este dato constituye el primer testimonio documental conocido de la organización de aquellas primitivas celebraciones en honor de la Patrona de La Palma.
Con el propósito de asegurar el desarrollo de la recién creada Esclavitud, Juan Pinto de Guisla destinó a ella una estancia que había mandado construir, con las oportunas licencias eclesiásticas, sobre la sacristía, sufragando íntegramente la obra con recursos propios.
Aquella dependencia, que con el tiempo sería conocida como el Cuarto de los Esclavos, quedó vinculada desde su origen a la nueva institución. A ella añadió, además, el generoso donativo de un magnífico terno para que pudiera utilizarse en las principales solemnidades dedicadas a la Virgen.

Conviene recordar que un terno es el conjunto de ornamentos litúrgicos confeccionados a juego que utilizan el celebrante y sus ministros —diácono y subdiácono— durante las misas y ceremonias de mayor solemnidad.
En un primer momento, la intención de Juan Pinto de Guisla había sido mucho más modesta. Su propósito consistía únicamente en disponer de una pequeña habitación comunicada con la sacristía, donde colocar una cama y poder retirarse durante los días en que acudía al santuario para asistir a la festividad de la Virgen o realizar la novena que cada año dedicaba a Nuestra Señora. Sin embargo, el estado ruinoso que presentaba entonces la sacristía le llevó a proyectar una reedificación de mayor envergadura.
Para hacer posible la obra contó con la colaboración de su primo, el doctor Pedro de Guisla y Corona, quien cedió una tierra plantada de malvasía que poseía en aquel lugar. El proyecto comprendía igualmente la construcción del camarín destinado a vestir la sagrada imagen.
El mentado obispo García Ximénez, que siempre profesó al licenciado Pinto de Guisla «el afecto de amigo, prodigándole sus alabanzas», le concedió licencia el 13 de abril de 1685 para abrir una ventana con vistas a la capilla mayor del santuario. El fundador había solicitado que dicha ventana permaneciera cubierta por una espesa celosía, empotrada en el muro y abierta hacia el interior del templo, procurando al mismo tiempo que no ofreciera el aspecto de una tribuna. Gracias a ella era posible contemplar perfectamente la imagen de la Virgen desde el interior de la estancia.
El aposento fue acondicionado con esmero. En él dispuso diversas alhajas de plata, ropa de cama, cubertería, utensilios de cocina y el mobiliario necesario para hacer habitable la estancia. Entre sus enseres destacaba un catre torneado de madera de barbusano, pensado tanto para su propio uso como para acoger a alguna persona distinguida que, aquejada por la enfermedad, asistiera a las novenas y pudiera encontrar consuelo contemplando de cerca a la venerada imagen.

El Cuarto de los Esclavos reunía, en definitiva, todas las condiciones necesarias para favorecer una vida de retiro espiritual, oración y recogimiento. Disponía además de una notable biblioteca, cuidadosamente formada por obras doctrinales, devocionarios, libros de meditación, de ejercicios espirituales, de vidas de santos y de historia eclesiástica, etc.
A este conjunto se sumaban diversos volúmenes de historia de España y Portugal, un ejemplar del Templo Militante, de Cairasco, y una auténtica joya bibliográfica para la historia del Archipiélago: Antigüedades de las Islas Canarias, obra del licenciado Gabriel Gómez de Palacios, teniente gobernador de La Palma y oidor de la Real Audiencia de Sevilla, casado en 1585 con Catalina Van de Walle de Aguiar, tía abuela del propio Juan Pinto de Guisla.
El fundador dejó expresamente establecido que el dominio directo de aquella dependencia pertenecía a la Iglesia, reservándose para él y sus familiares únicamente el dominio útil y el derecho de uso. Como compensación, se comprometió a entregar anualmente al santuario diez libras de cera labrada, distribuidas en veinte velas, destinadas a alumbrar el altar de la Virgen en los momentos en que la sagrada imagen era descubierta para su veneración por los numerosos romeros que acudían desde todos los rincones de La Palma.
La construcción del aposento despertó, sin embargo, los recelos del regidor perpetuo Matías de Escobar Pereira (1618-1686), alguacil mayor del Santo Oficio de la Inquisición, quien denunció la obra ante el Juez de Cuatro Causas. Esta destacada figura política y militar es recordado por haber fomentado el culto religioso local y por haber sufragado a su costa en 1664 las imágenes de la procesión del Señor del Huerto para el convento franciscano de Santa Cruz de La Palma.
«
Y el mismo carpintero que lo había de hacer a instancia de don Matías, en vez de darse a hacer la obra, se encargó de hacerle el ataúd.
»
Santiago Cazorla León, historiador
Tras el correspondiente recurso ante la Real Audiencia obtuvo una resolución favorable, ordenándose tapiar la ventana de celosía y suprimir la escalera de acceso al Cuarto de los Esclavos.
En cumplimiento de aquella resolución, el 15 de enero de 1686 Juan Pinto de Guisla entregó personalmente las llaves del aposento a los oficiales encargados de ejecutar las obras, para que al día siguiente procedieran a cerrar la ventana y desmontar la escalera. Sin embargo, el destino quiso escribir uno de los episodios más sorprendentes de esta historia.

Aquella misma tarde Matías de Escobar sufrió un grave accidente y falleció a la mañana siguiente. Como recordaba el sacerdote e historiador canónico Santiago Cazorla León, ocurrió precisamente «a la hora que los oficiales habían de quitar ventana y escalera […], y el mismo carpintero que lo había de hacer a instancia de don Matías, en vez de darse a hacer la obra, se encargó de hacerle el ataúd».
Pese a todas las dificultades, el obispo confirmó la autorización para que Juan Pinto pudiera disfrutar del aposento durante toda su vida, facultándole además para transmitir su uso a sus familiares. Fundamentó esta decisión en el profundo conocimiento que tenía de «cuánta es y ha sido la devoción y fervor con que se han aplicado dicho Licenciado don Pinto de Guisla y toda su familia a la devoción y veneración de dicha santa imagen de Nuestra Señora de las Nieves, y cuán bienhechores han sido en todos tiempos de dicha santa imagen».
El mismo prelado había constatado que la denuncia «se debió a la envidia propia de pueblos pequeños, ya que casos semejantes se daban en la iglesia de Garafía y en la ermita de San Francisco Xavier de la misma capital y nadie les pone pleito». Así se pronunciaba García Ximénez, como respuesta del escrito remitido por Juan Pinto al obispo el 3 de septiembre de 1687 —recogido por Cazorla— en el que le cuenta el pleito sobre el cuarto. Curiosamente este punto no lo incluye Alberto-José Fernández García en su afamado estudio sobre el Real Santuario mariano.
La labor desarrollada por este ilustre clérigo fue mucho más allá de la promoción del culto mariano. El mitrado alababa «su celo, asiduidad y diligencia» como juez y visitador, pero quizá su aportación más valiosa fue la ingente tarea de recopilar y conservar noticias documentales relativas a la historia religiosa de la isla. Gracias a su constante trabajo reunió referencias sobre la fundación de ermitas e iglesias, cláusulas fundacionales, censos, capellanías y numerosos documentos de interés, tratando de paliar, en la medida de lo posible, la enorme pérdida documental ocasionada por el saqueo de Santa Cruz de La Palma a manos de los corsarios franceses el 21 de julio de 1553, comandados por el temido François Le Clerc «Pata de Palo». Aquella incansable dedicación le valió la fama de ser un auténtico «papelista consumado», hasta el punto de decirse que «a fuerza de escribir se le formó una callosidad en el dedo cordial de la mano derecha».
El propio obispo dejó constancia por escrito ante el rey de la extraordinaria vinculación de la familia Pinto con el santuario. En su carta recordaba «la devoción antigua de la familia de dicho don Juan Pinto a este Santuario, heredada de padres a hijos; y casi todo el lustre que tiene en aumento de ornamentos, vestidos y otras cosas, bien rico y precioso lo que yo he visto, es dado por esta familia, en que dicho don Juan Pinto ha excedido a todos, y ojalá hallase yo otros muchos que quisiesen hacer lo mismo en otros santuarios».
En su testamento, Pinto de Guisla ordenó asimismo a sus herederos que encargaran catorce lienzos al óleo destinadas a decorar el Cuarto de la Esclavitud, disponiendo que todas ellas representaran distintos Misterios de Nuestra Señora. A la muerte del fundador únicamente se habían ejecutado las dos primeras: La Inmaculada Concepción y Los Desposorios de la Virgen.

Según el inventario de 1814, el resto de pinturas que conformaban la serie de las catorce son la Natividad de la Virgen, la Presentación de Nuestra Señora, la Encarnación, la Visitación, el Nacimiento y la Adoración de los Reyes, la Purificación, la Huida a Egipto, la Asunción, la Coronación, la Virgen con el Niño y Nuestra Señora con el Niño Jesús y Santa Ana. De ellas se conservan en la actualidad nueve lienzos.
Estas pinturas son obra de artistas locales anónimos, aunque no todas parecen corresponder a una misma mano. Algunas de las figuras evocan el estilo del pintor palmero Juan Manuel de Silva (1687-1751). La influencia de Murillo resulta especialmente evidente en la representación de la Inmaculada Concepción, mientras que las escenas de la Presentación y la Adoración de los Reyes Magos se inspiran en grabados flamencos, tal y como se indica en la información expuesta en el Cuarto de los Esclavos. En la actualidad, este conjunto forma parte del valioso patrimonio pictórico que se conserva en el Real Santuario Insular.
La importancia que había alcanzado la festividad queda igualmente reflejada en el acta del Cabildo de 16 de julio de 1681, donde se acordó que el Mayordomo de Propios continuara abonando los trescientos reales destinados a sufragar la comida del Cabildo el día de Nuestra Señora de las Nieves. Asimismo, se dispuso «que se suplicase a Su Majestad para que, movido de su santo celo, mandase despachar su Real Cédula de facultad para poder gastar esta cantidad en tan santo ministerio», prueba del reconocimiento institucional que ya entonces había alcanzado la celebración.
En 1876, cuando se levantaron las paredes de la capilla mayor, se sustituyó la antigua celosía por una falsa ventana ciega de madera acristalada, con marco de medio punto y cristales pintados. En 2015 se le sobrepuso por su cara interior, una nueva reja de celosía. Elaborada en madera de tea por artesanos carpinteros de La Dehesa como generosa ofrenda, esta intervención permitió recuperar la visión de la sagrada imagen desde el mirador del Cuarto de Esclavos.
LAS ENTREGAS DE ESTA SERIE
SOBRE EL AUTOR
José Guillermo Rodríguez Escudero es historiador y colaborador habitual de El Faro de La Palma. Firma en estas páginas artículos sobre patrimonio, arte y memoria de La Palma.
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Texto: José Guillermo Rodríguez Escudero. Las fotografías proceden del archivo del autor y de los fondos citados en cada pie.



