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Orígenes de una vocación: familia, recuerdos y pasión por la música

by José Guillermo Rodríguez Escudero
julio 10, 2026
in Cultura, La Palma, Opinión
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CARLOS MANUEL LORENZO HERNÁNDEZ · I

Orígenes de una vocación: familia, recuerdos y pasión por la música

Primera entrega de la semblanza de Carlos Manuel Lorenzo Hernández, escrita por José Guillermo Rodríguez Escudero

Carlos Manuel Lorenzo Hernández nació en Santa Cruz de La Palma el 28 de agosto de 1940, en el seno de una familia profundamente marcada por las circunstancias de la posguerra, pero también por una sólida vocación cultural y un fuerte sentido de la responsabilidad. Fue hijo de Gregorio Lorenzo y Josefa Hernández, dos personas que, desde ámbitos muy distintos, influyeron decisivamente en la formación de su carácter y de sus valores.

Carlos Manuel Lorenzo Hernández, en una fotografía de archivo.

Su infancia transcurrió en una amplia vivienda del barrio de San Sebastián, construida por su padre antes de contraer matrimonio. Aquella casa no solo fue el escenario de sus primeros años, sino también el lugar donde comenzaron a forjarse muchas de las cualidades que lo acompañarían toda la vida: la disciplina, el orden, la curiosidad intelectual y una extraordinaria sensibilidad hacia la música.

Desde pequeño llamó la atención por una capacidad poco común para observar y recordar. Más allá de una inteligencia despierta, poseía una memoria excepcional y una habilidad especial para retener detalles, organizar ideas y fijar en su mente acontecimientos, sonidos y experiencias con sorprendente precisión. Esa facultad, que más tarde sería una de sus señas de identidad, comenzó a manifestarse ya en la infancia.

El ambiente familiar contribuyó de manera decisiva a moldear su personalidad. Su padre, don Gregorio, era un hombre elegante, reservado y de sólida formación cultural. Su vida había estado condicionada por su pertenencia a la masonería en una época especialmente difícil. Sufrió las consecuencias de aquella condición, aunque logró salvarse gracias a la intervención de la Iglesia, concretamente al sacerdote de El Salvador. Aquellas experiencias lo llevaron a desarrollar una actitud prudente y discreta ante la vida. Además, poseía una notable sensibilidad artística y una voz que llenó el hogar de respeto por la música y la cultura.

Los Divinos de El Salvador, 1960.

Su madre, doña Josefa, representaba otro modelo igualmente inspirador. Fue una mujer adelantada a su tiempo que cursó estudios de Contabilidad fuera de la isla y trabajó en empresas como Singer y la Casa Rodríguez Acosta, en la calle Real, cuando la presencia femenina en esos ámbitos era todavía poco frecuente. Su rigor, capacidad de trabajo y compromiso con la vida social y religiosa de La Palma, donde participó activamente en la fundación de Acción Católica, dejaron una profunda huella en Carlos. De ella heredó el gusto por el orden, la meticulosidad y la organización.

La condición de hijo único fortaleció aún más el vínculo con sus padres y favoreció una educación basada en la atención constante, la exigencia y el desarrollo integral de sus capacidades.

Muy pronto comenzó a dar muestras de una relación especial con la música. Entre las anécdotas familiares más recordadas figura una que se convirtió con el tiempo en casi una leyenda doméstica. Un día, el practicante Mauro Fernández acudió a la casa familiar y escuchó un silbido perfectamente afinado procedente de una habitación. Sorprendido, preguntó quién estaba silbando de aquella manera. La respuesta fue tan sencilla como inesperada: «el niño en la cuna». Aquella escena quedó grabada en la memoria familiar como una de las primeras señales de una vocación musical temprana.

Su carácter se fue formando también en un entorno urbano especialmente rico en tradiciones y vida cultural. El barrio de San Sebastián, conocido popularmente como de «La Canela», era entonces un lugar de intensa convivencia vecinal. Los aromas de los obradores tradicionales, las rapaduras, el pan de manteca y otros dulces artesanos formaban parte de la vida cotidiana de un barrio donde las puertas permanecían abiertas y las relaciones humanas se desarrollaban con naturalidad.

Como recordaba el periodista Luis Ortega Abraham, las distintas generaciones convivían estrechamente y las reuniones espontáneas eran habituales en calles, zaguanes, terrazas y umbrales. La música ocupaba un lugar privilegiado en aquella vida vecinal. Las guitarras, los cantos improvisados y las largas conversaciones nocturnas formaban parte del paisaje habitual. Probablemente era uno de los barrios más musicales de la ciudad, en una época en la que la música constituía una de las principales formas de ocio.

La afición por la fiesta y la convivencia llegaba incluso a episodios poco comunes para la época. En una ocasión, durante los Carnavales, un grupo de vecinos alquiló una guagua para desplazarse hasta un salón de baile situado en La Sabina, en Villa de Mazo, con el único propósito de disfrutar juntos de una noche de diversión.

Fue en ese ambiente donde Carlos comenzó a participar en pequeñas reuniones musicales junto a amigos y vecinos. En la terraza de su casa era frecuente verlo cantar o tocar la guitarra durante las noches de verano. En Navidad, aquellas reuniones se transformaban en encuentros para interpretar villancicos en las frías noches invernales.

Con el paso de los años continuó participando en improvisados guateques donde las canciones y la música eran siempre las protagonistas. Aunque muchas reuniones sociales estaban sometidas a restricciones o eran observadas con recelo en aquellos años de posguerra, él y sus amigos encontraban cualquier ocasión para compartir momentos de alegría y evasión.

Su padre, sin embargo, marcado por experiencias personales difíciles, prefería mantenerlo alejado de asociaciones o grupos organizados, convencido de que era mejor evitar compromisos innecesarios. Sin embargo, la música se convirtió para Carlos en una forma de expresión y también en una manera de sobrellevar las limitaciones de una época compleja.

Desde muy joven destacó por su afinación natural, su facilidad para memorizar piezas musicales y una sensibilidad especial para comprender estructuras musicales complejas. A ello se sumaba una notable capacidad organizativa que aplicaba tanto a la música como a cualquier otro aspecto de su vida.

Carlos se libró del servicio militar, ya que sobre él recaía el cuidado de su padre de avanzada edad y de su madre enferma, circunstancia que condicionó sus primeras responsabilidades familiares.

Quienes lo han conocido coinciden en describirlo como una persona difícil de encasillar. Para unos es un caballero de trato exquisito, educado, elegante y dueño de una memoria prodigiosa. Para otros, un perfeccionista incansable, meticuloso hasta el extremo y dotado de una curiosidad inagotable. También lo recuerdan como un hombre tranquilo, enemigo de las discusiones, creativo, trabajador, honrado y extraordinariamente disciplinado.

Muchos destacan igualmente su condición de gran conversador. Hablar con él suponía entrar en un universo de anécdotas, recuerdos y conocimientos donde el tiempo parecía detenerse. Esa combinación de cultura, humanidad y cercanía explica por qué tantos lo consideran una persona verdaderamente excepcional.

Su energía parecía no tener límites. Durante un verano obtuvo el carné de monitor polideportivo y desarrolló aficiones tan diversas como el aeromodelismo, que practicaba en el aeropuerto de Buenavista. También disfrutaba enormemente del senderismo, actividad que realizaba con frecuencia junto a un grupo de amigos entre los que se encontraba Agustín Rodríguez Fariña.

En una de aquellas excursiones sufrió un accidente inesperado. Mientras caminaba conversando y giraba la cabeza para hablar con sus compañeros, tropezó y cayó, provocándose una rotura del cuádriceps que lo obligó a permanecer varios meses en cama, alejándolo temporalmente de su intensa actividad habitual.

Paralelamente comenzó a desarrollarse otra de las facetas que lo acompañaría durante toda su vida: el coleccionismo. Sentía una especial atracción por conservar y clasificar todo aquello que consideraba valioso. Guardaba desde sellos y números de lotería hasta documentos, álbumes y justificantes bancarios. Su esposa recuerda que incluso había conservado cuidadosamente todos los comprobantes de su etapa laboral en el Banco de Santander.

Aquella pasión fue creciendo con los años gracias también a la ayuda de amigos y otros coleccionistas. Entre ellos destacó Juan, vecino de Seseña, en Toledo, con quien entabló una estrecha amistad en la madrileña Plaza Mayor y que contribuyó decisivamente a ampliar su extraordinaria colección de números de lotería.

Su afición por la filatelia también ocupó un lugar destacado. Llegó a reunir importantes colecciones de sellos e incluso inició dos para sus hijas, aunque con el tiempo comprendió que ellas no compartían el mismo entusiasmo por aquella afición.

Ese afán por conservar y ordenar también se reflejó en su inmensa colección musical. A lo largo de los años reunió miles de discos de vinilo y CD dedicados a géneros tan diversos como el bolero, la zarzuela, la música clásica y la ópera. La colección llegó a ocupar habitaciones enteras de la vivienda familiar, convertida prácticamente en un gran archivo sonoro.

Su conocimiento musical iba mucho más allá del simple coleccionismo. Era capaz de identificar obras desde sus primeros compases y recordar melodías, letras y pasajes completos gracias a una memoria cultivada durante décadas de escucha atenta.

La casa familiar terminó convirtiéndose en una especie de museo de recuerdos, libros, discos y objetos cuidadosamente conservados. Luis Ortega lo definió acertadamente como «un coleccionista pulcro, delicado y exigente».

Su devoción por preservar la memoria se extendía también a los libros. Llegó a reunir cerca de tres mil volúmenes, además de colecciones de relojes, pipas, pinturas, vitolas de puros y otros objetos que reflejaban una personalidad curiosa y profundamente interesada por la cultura.

A ello se sumaban unas notables habilidades manuales. Con soltura realizaba trabajos de carpintería, albañilería e incluso encuadernación de libros, demostrando una versatilidad poco habitual.

Su formación artística había comenzado en el estudio de Felipe «Pataco», donde recibió clases de dibujo junto a otros jóvenes que más tarde destacarían en el panorama artístico insular, entre ellos el pintor Orestes Anatolio. Todavía conserva algunas obras de aquella etapa, como una pintura de claveles que guarda con especial cariño.

Fiesta de Arte, 1965.

Su pasión musical fue compartida por numerosos amigos, entre ellos Gabriel Duque Acosta y Ernesto Méndez. Las reuniones, las largas conversaciones y las audiciones de ópera y música clásica se convirtieron en una constante.

Aurora, su esposa, recuerda una escena especialmente reveladora. En una ocasión acudió junto a Carlos a la consulta de Gabriel Duque por un dolor en el pecho. Lo que debía ser una breve visita médica terminó transformándose en una apasionada conversación sobre música entre ambos amigos. Tan absortos quedaron hablando de ópera y compositores que durante unos minutos olvidaron por completo a la paciente. Finalmente, Gabriel retomó la consulta y diagnosticó correctamente un problema reumático en el esternón, aunque la anécdota quedó para siempre como ejemplo de la pasión musical que compartían.

Entre sus amistades figuraban también destacados melómanos como Luis Cobiella Cuevas y Guillermo Rodríguez Cáceres, con quienes compartía interminables conversaciones sobre compositores, interpretaciones y repertorios.

Especial relevancia tuvo su amistad con Enrique Rojas Guillén, gracias a la cual Carlos y Aurora pudieron asistir a numerosos festivales y encuentros musicales, llegando a conocer a figuras de la talla de Alfredo Kraus, Plácido Domingo, José Carreras y las hermanas Katia y Marielle Labèque.

Enrique Rojas Guillén, amigo y compañero de afición musical de Carlos Manuel Lorenzo.

Aunque la ópera y la música clásica ocupaban un lugar privilegiado en sus preferencias, también disfrutaba de artistas populares como Julio Iglesias, José Luis Rodríguez «El Puma» o Antonio Machín.

Entre sus admiraciones destacaban el mentado Alfredo Kraus, por la perfección de su técnica vocal; Rocío Jurado, por su impecable afinación; y la soprano rusa Anna Netrebko, cuya claridad, brillo y dominio técnico valoraba especialmente.

«

La música se convirtió para Carlos en una forma de expresión y también en una manera de sobrellevar las limitaciones de una época compleja.

»

Primera entrega de la semblanza de Carlos Manuel Lorenzo Hernández, escrita por José Guillermo Rodríguez Escudero. Continuará.

LA SERIE · CARLOS MANUEL LORENZO HERNÁNDEZ

  • I. Orígenes de una vocación: familia, recuerdos y pasión por la música (esta entrega).
  • II. Barcelona: una decisión que cambió su vida (próxima entrega).
  • III. Grandes representaciones, amistades musicales y la consolidación de una voz extraordinaria (próxima entrega).
  • IV. Trabajo, disciplina, coleccionismo, memoria y legado (próxima entrega).

SOBRE EL AUTOR

José Guillermo Rodríguez Escudero es investigador y cronista de la memoria palmera. En El Faro firma la serie histórica «Los Mártires de Tazacorte» y otras semblanzas dedicadas a preservar la memoria de personas y tradiciones de la isla.

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José Guillermo Rodríguez Escudero

José Guillermo Rodríguez Escudero

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