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La leyenda de Benamas

by Manuel F. Hernández Martín
agosto 3, 2026
in Cultura, La Palma, Opinión
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La leyenda de Benamas

localización de La Fuente de Benamas

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LEYENDAS DE LA PALMA · X

La leyenda de Benamas

Nueva entrega de «Leyendas de La Palma»: la historia de Benama, el niño esclavo yoruba que dio nombre a la Fuente Benamas de Puntallana, en el sendero local LP-21.

A Benama lo habían traído de algún lugar de África, donde los tratantes de esclavos hacían sus capturas en el interior para conducirlos luego encadenados y vejados hacia la costa de Benín, en cuyas factorías eran hacinados a la espera de un navío rápido que transportara la escabrosa carga «inhumana» a las colonias americanas donde se negociaban los precios para luego ser destinados a las plantaciones de caña o a los bohíos cafetales de las Antillas.

A principios de mil setecientos diecinueve, un barco negrero arribó al destacado puerto de esta Villa del Apurón —nombre por el que todavía muchos la llamaban jocosamente con cariño, y no por Santa Cruz de La Palma, pese a que ya contaba con título de ciudad desde 1542—, y tras la correspondiente cuarentena, desembarcaron a una veintena de bozales de piel negra, mitad varones y mitad mujeres, para cubrir la demanda de mano de obra barata que se necesitaba en los ingenios azucareros de San Andrés y Sauces y de Argual. Lo cierto es que su número alcanzó la treintena, a tenor de los hechos que se desarrollaron en los días siguientes en que volvieron a bajar a varios más.

No obstante, eran insuficientes, pero no por eso el capitán del navío, un astuto piloto portugués, se dejó convencer puesto que el destino final de aquellos infelices ya lo tenía comprometido a unos ricos hacendados de Cuba y Puerto Rico: una partida de 180 para los primeros y 130 para los segundos. En las bodegas del pequeño clíper, muy veloz y maniobrable, no cabía un alma más. Con suerte, antes de 25 días llegaría a América con los esclavos que sobrevivieran en la larga travesía. El negocio seguía siendo muy fructífero.

El lusitano tuvo que ceder ante la presión de los veedores del Juzgado de Indias, entidad controlada por la corrupta administración local, y como contribución por su recalada en el puerto para hacer la aguada y carga de provisiones frescas antes de partir a tierras caribeñas. En su diario de a bordo justificaría que estos desembarcados morirían en el penoso trayecto, tal como tristemente sucedía por la hacinación, la insalubridad y la malnutrición durante el trayecto.

Todo ello fue acordado por los hacendados palmeros, que a su vez eran los que manejaban la administración del Concejo Insular en su calidad de regidores perpetuos. El capitán del navío se llevaba su buena comisión y el secretario del Cabildo extendía el acta de defunción, firmada por ellos mismos como testigos de la supuesta muerte de los esclavos, «ocurrida precisamente a los pocos días de su arribada al puerto». Así estaban las cosas en esta decadente y Muy Noble Villa de Santa Cruz de La Palma.

Por consiguiente, la suerte del desdichado Benama ya estaba sentenciada. Venía acompañado de su madre, una joven negra de 29 años, a la que arrancaron de sus brazos cuando solo tenía 10 años, bajándolo a tierra mientras ella gritaba a voces en el barco, rota de dolor. De raza yoruba, de aspecto fuerte y saludable, su destino había sido designado al trapiche de San Andrés y Sauces junto a otros nueve adultos. La otra mitad de la partida sería para la Hacienda de Argual y Tazacorte. No contentos con esto, como decía volvieron a sacar a otros doce esclavos más del barco porque en las fecundas plantaciones de Argual y Tazacorte se necesitaba un mayor número de esclavos.

El jovencito Benama, asustado como los demás, reprimía su llanto ante la separación forzada de su madre, evitando ser lacerado con el látigo, según ya había presenciado desde que fue cautivo.

Pero lejos de llegar a su destino, el avieso muchacho, acostumbrado ya a manejarse solo por la selva de su Togo natal, se quedó a medio camino. Las cuerdas que lo sujetaban al carromato donde era transportado quedaron flojas para sus finas manos, y en un momento de descuido se pudo zafar, apeándose en una de las paradas que hicieron en San Juan de Puntallana sin que los arrieros se percataran. Allí, en unos corrales que halló cerca de una gran casona, se ocultó durante esa tarde, una finca próxima a la montaña de Oropesa. Con una manta vieja que encontró en los establos, se cobijó durante la noche, acurrucado con el estómago vacío y con el pensamiento puesto en su madre. A la mañana siguiente, la servidumbre de la casa, lo encontró tiritando de frío, desastrado y hambriento, hirviendo en fiebre.

El dueño de la finca, don Elías Cubas-Ferrán de Vizcaíno, un destacado propietario de tierras de labor y comerciante en la Villa de Santa Cruz de La Palma, enseguida se interesó por él. Pese a que sabía el destino del joven negrito, hizo todo lo posible por quedárselo como criado para la familia. Ya había tenido otros esclavos anteriormente, pero se les habían muerto por suicidio o de melancolía debido al maltrato que recibían de su patrón. Probaría de nuevo con aquel muchacho aparentemente fuerte. Pero un negrito así no pasaba desapercibido entre la población palmera, por lo que, enterados los de las haciendas de San Andrés y Sauces, les plantearon una demanda y tuvo que pagar cierta suma para adquirir «legalmente» al muchacho.

Curado de las calenturas, la estancia de Benama en aquella mansión, sin embargo, no hizo sino aumentar su desasosiego. Fue vestido, calzado y bien alimentado, para inmediatamente destinarlo, muy a regañadientes por su parte, a limpiar corrales y cuadras de la propiedad, llevar a pastar las vacas y traerlas de vuelta, asear a los mulos y caballos del amo, cuidar de patios, jardines y un sinfín de tareas para un niño de corta edad. Tuvo la suerte de ser instruido en estas labores por el único mulato que todavía quedaba en la finca, un viejo de procedencia nigeriana que se compadecía de la rebeldía del muchacho, y quien le enseñaba a hablar el castellano.

—Debes portarte bien, si consigues ganar la confianza de los señores, ellos te cuidarán y alimentarán. No te reveles contra ellos, algún día podrás ser libre —le decía—. En realidad los blancos no son tan malos como piensas.

Pero, Benama no opinaba igual. Él pertenecía a la orgullosa tribu de guerreros yorubas, como lo había sido su padre y sus tíos, había vivido el trauma desde su cautiverio y no toleraba los bofetones y pequeños azotes que recibía del amo por no hacer bien las cosas.

Era parco en palabras, después de dos años lograron que dijera su verdadero nombre, pues hasta ese momento lo conocían como «el negrito». Harto de que lo llamaran así, su reacción ante los demás chicos de su edad que se mofaban de él, un día les gritó:

—¡Me llamo Benama, coño! ¡Sí, soy negro, pero tengo un nombre como ustedes!—Esas fueron las primeras palabras que le oyeron.

Casi nada más llegar, a los once años, fue bautizado como José Bonifiacio. Su cabreo fue mayúsculo, no le gustaba ese nombre, aunque luego se fue apaciguando al ver que todo el mundo lo comenzaba a llamar por su verdadero nombre y no por el nombre de bautizo, creyendo todos que era su apodo, A día de hoy, aquí todos nos conocemos por el mote familiar.

Pasado el primer año en aquel pueblo, y desde que aprendió lo suficiente, una de sus principales tareas era llevar el rebaño de cabras a pastar a los montes cercanos. Poco a poco fue conociendo el entorno, descubriendo una fuente cercana que aprovechaba para que bebieran los animales, mientras que otros pastores tenían que subir a otras fuentes más lejanas, con lo cual aprovechaba para relajarse y regresar antes que ellos al pueblo. La astucia del joven Benama le ocasionó envidias y recelos por parte de otros cabreros pues, en poco tiempo, ya se manejaba mejor que muchos de ellos por el monte.

Su primer latigazo lo recibió cierto día de abril que en el que se entretuvo viendo llegar y salir barcos de las playas de la ciudad desde la atalaya de Tenagua, donde solía sentarse a pastorear, contemplando con nostalgia el mar por donde lo habían traído a la isla. Su deseo de embarcar en uno de esos navíos para reencontrarse con su madre era una obsesión para él.

—¡Allá donde estés, madre, algún día te encontraré! —pensaba para sí, mientras le caían algunas lágrimas de los ojos recordándola. Ya casi había olvidado a los dioses orishas de su tierra natal con los que comenzó a practicar sus creencias, tampoco recordaba quién era Yemayá, ni a ningún otro. Todos habían quedado sepultados en la memoria tras el trauma sufrido en poco tiempo.

Pasaba ya a la pubertad, rondaba los dieciocho o veinte años, se ignora realmente a qué edad, pero a Benama se le veía cada vez más decaído, melancólico, a desgana cumplía su cometido como esclavo, característica común de los negros que también se repetía en los plantíos cubanos. El viejo mulato, el único que lo había protegido en su azarosa vida, ya había muerto. Los castigos del dueño y del mayoral de la finca se hicieron cada vez más frecuentes ante su apatía en hacer las cosas.

«¡Es que no haces bien lo que se te manda! ¡Tardas mucho en hacer las tareas! ¿Cuántas veces te he dicho que no te retrases! ¡Ayer no cargaste la leña para las cocinas! ¡Despierta de una vez, negro de mierda!… ». Estas y otras brutales amenazas salían de sus bocas. Reproches y latigazos que no hacían sino exasperar el ánimo del pobre muchacho. Su espíritu libre vagaba todavía por las selvas de Togo. «¡Cuánto daría por estar allí cazando pequeños animales con sus amigos de infancia!», se decía.

No lo dudó más, fue un repentino impulso lo que llevó a cometer el error de su vida. En una de esas, en el mismo patio donde lo azotaba su amo, se reveló contra él, le arrebató el látigo, haciéndole probar el dolor de aquellos azotes varias veces. Con un palo le dio muerte definitiva allí, dejándolo sangrando por su cabeza.

Huyó al monte a toda prisa, sin nada más que el zurrón que llevaba encima, apenas contenía unos pocos higos pasados y algunas almendras, ni siquiera llevaba el odre del agua. Durante varios días lo estuvieron buscando sin dar con su paradero. Los sabuesos rastreaban la zona, desde el Barranco del Agua, en Tenagua, hasta La Galga, lugares por los que frecuentaba, pero la espesura del monte propiciaba sus escondrijos Vagaba de un lado al otro de esta parte de la isla, accediendo de día a la cumbre y bajando a dormitar en las zonas más templadas.

Finalmente, una cuadrilla de perseguidores ya lo tenía localizado, lo habían visto por la Montaña de Zumagallo. En la misma fuente a la que solía acudir a aprovisionarse de agua, próxima al Barrero, fue acorralado. Luchó a muerte, no se quedó amilanado, intentó escapar por el Salto que hoy lleva su nombre, pero eran muchos y los perros rabiaban por morder su carne. No pudo ser. Fue prendido, torturado, maniatado y llevado a rastras hacia la plaza del pueblo. Allí le esperaba un jurado que lo sentenciaría a la horca en pocos días, y exponerlo al público para hacer valer la autoritaria justicia de la época. No tuvieron piedad de él.

El joven negro, con su cuerpo destrozado por los golpes recibidos, demacrado por el hambre y con los pies ensangrentados, murió sintiéndose libre. Aún en trance, pidió a sus dioses orishas que su espíritu vagara de su Togo natal en busca de su madre. ¡Quién sabe en qué tierras estaría ella ahora! Esta, la isla de La Palma a la que le vinieron a traer, nunca la consideró su lugar.

La triste historia de Benama no cayó en el olvido. Desde entonces, la fuente donde fue apresado, la gente del pueblo comenzó a llamarla «Fuente Benamas», pese a las severas advertencias de las autoridades que regían lo público, contrarias a tal denominación vulgar. Pero fue en vano, su nombre quedó para siempre al igual que varios topónimos de los alrededores (La Fuente, el Salto, el Barrero). Tal vez por ello su nombre derivó en plural.

Ignoro si el mismo vulgo se alegró o no de la muerte del terrateniente del pueblo. Es posible que fuera así dado el carácter arrogante y despreciable con el que don Elías se dirigía a las clases inferiores en aquella sociedad caciquil de entonces, donde el pobre debía servilismo y pleitesía al rico.

En tiempos más recientes, esta leyenda se ha recuperado, si bien, como suele ocurrir, con versiones parecidas, existiendo, además, un sendero que pasa junto a la citada fuente. Somos muchos los caminantes que nos acercamos a ella y nos sacamos una foto para el recuerdo, a pesar de que la mayoría desconoce la verdadera historia.

«

¡Me llamo Benama! ¡Sí, soy negro, pero tengo un nombre como ustedes!

»

Benama — Leyendas de La Palma · Puntallana, 1719

Sobre esta leyenda

Localización de la Fuente Benamas en el sendero local LP-21.

(En memoria del profesor Nicanor Guerra, natural de este municipio de Puntallana, quien hace muchos años me narró su versión de esta historia)

SOBRE EL AUTOR

Manuel F. Hernández Martín es autor-colaborador palmero. Colabora en la Revista Breña Alta y en El Faro de La Palma firma la serie «Leyendas de La Palma».

Mitos, Cuentos y leyendas de La Palma

Leyendas que reflejan la historia y las creencias de los antiguos habitantes de La Palma y otros relatos curiosos de la isla. Agotada la primera edición, muy pronto estará disponible la segunda en las librerías de la isla.

Otras publicaciones del autor:

Apuntes para la historia del montañismo en La Palma
(2ª edición en marcha)
Entre viajes y perfumes
Autobiografía de Nicolás Hernández Gómez, nariz perfumista palmero. Editado por Amazon con el patrocinio del Club de Leones de La Palma.

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Manuel Hernández
Tags: culturaesclavitudhistoria de la palmala palmaLeyendas de La PalmaManuel F. Hernández Martínpuntallana
Manuel F. Hernández Martín

Manuel F. Hernández Martín

Escritor palmero, autor de «Apuntes para la Historia del Montañismo en La Palma» (con Aurelio Rodríguez Concepción) y «Entre viajes y perfumes». Estrena en El Faro de La Palma la serie «Leyendas de La Palma», un recorrido literario por el imaginario benahoarita de la isla.

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