LEYENDAS DE LA PALMA · XI
El tesoro del pino gacho de Fuencaliente
Nueva entrega de «Leyendas de La Palma»: la historia del pirata morisco que escondió su tesoro bajo un pino gacho de Las Caletas, en Fuencaliente, y nunca pudo volver a por él.
Probablemente, esta leyenda sea de las más desconcertantes de La Palma entre todas las que se han venido contando hasta el momento. En ella se recoge los avatares de un pirata de nombre desconocido, uno de tantos que solían arribar por nuestras costas canarias en busca de riquezas o asaltando los barcos que hacían la ruta a las Américas. Debido a las escasas referencias y datos concretos sobre su veracidad, la historia apenas se ha mencionado en la narrativa isleña.
Bien por no haberse registrado su identidad, o bien porque el protagonista quiso mantener el anonimato, su personalidad real nunca se desveló, ocultándose tal vez de forma intencionada en lo que posteriormente le llevó a mantener cierta correspondencia con las autoridades del incipiente pueblo de Fuencaliente. En ella revelaba el paradero de un secreto tesoro escondido en sus pinares. No obstante, vamos a intentar profundizar sobre este tema a fin de esclarecer esta fantástica historia que, a día de hoy, nos sigue intrigando. Pero antes, pongámonos en el contexto de aquella época.
Una vez descubierto América, los principales países europeos, en pleno auge de afianzarse en sus posiciones de ultramar, se lanzaron a la conquista las inmensas tierras para establecer sus colonias y expandirse en el nuevo continente, explotar sus recursos, especialmente el oro, la plata y una diversidad de materias primas de las que se carecían en Europa. La ruta atlántica se convirtió en una especie de autopista marítima de barcos que iban y venían cargados de valiosas mercancías. La pugna por dominar el mar y defender las colonias, unido a la rivalidad ya existente en el viejo continente, todas las monarquías se vieron envueltas en guerras y espionaje, pactos y alianzas de toda índole, lo que les llevó a conceder patentes de corso a muchos marinos y filibusteros para hacerse con ricos botines de asalto. A la par, surgió una pléyade de «señores del mar», piratas sin banderas que actuaban por su cuenta asaltando puertos costeros y navíos en alta mar. Ello dio lugar a una etapa que se le vino a denominar «época dorada de la piratería» y que perduró desde el siglo XVI hasta bien entrado el XVIII.
Los hechos que se cuentan en esta leyenda dicen que ocurrió en una fecha indeterminada durante esa etapa. Sin embargo, hoy me atrevo a señalar que tuvo lugar bastante avanzado el siglo dieciocho, no más de media centuria, y siempre antes de la fundación del municipio de Fuencaliente, puesto que su segregación de Villa de Mazo ocurrió en el año 1837. Y digo esto porque, al no tener ayuntamiento propio y tampoco secretaría oficial, ya que dependía de su municipio matriz, no quedó constancia de la supuesta correspondencia que mantuvo el pretendido pirata con algunas personas relevantes del pueblo, tal como cuenta esta historia.
Todas mis investigaciones me llevan a conjeturar que, muy posiblemente, pudo haber sido un pirata morisco, y con más probabilidad, descendiente de Morato Arráez. Y añado esto porque hay constancia de la presencia en las islas de sobrinos y nietos tras su muerte. La piratería morisca frecuentaba de manera especial, Lanzarote y Fuerteventura, y se mantuvo hasta el siglo que estamos hablando. Me afirmo por el hecho de que su nombre árabe era muy difícil de escribir en castellano y, debido a los nombres compuestos, solo se registraba su pronunciación aproximada. Tampoco el morisco tenía conocimiento de las letras españolas, siendo todo ello la causa de este misterioso personaje del que todavía abundan muchas incógnitas.
Pues bien, resulta que el supuesto pirata morisco venía huyendo de unos buques de guerra españolas desde las costas africanas donde él tenía su base. Su navío, a pesar de estar bien equipado en armamento, era de pequeño tonelaje ya que así le daba una perfecta maniobrabilidad en los asaltos. Sin embargo, los tres barcos españoles que les venían persiguiendo, estaban bien pertrechados y poseían un velamen superior, lo que le proporcionaban mayor velocidad en el mar, lo suficiente para alcanzarlo.
El morisco muy habituado a esas escaramuzas, pudo esquivar la partida, refugiándose en las costas de Fuencaliente. Según confesaron, algunos que hablaban parcialmente el castellano, entre los que aprehendieron días después, el avispado capitán se denominaba Abdulassis Ibn Kadri Al-Kulhram; y otros, simplemente que Abdul Kalhram, en cualquier caso, efectivamente, procedía de la dinastía de Arráez. En los severos interrogatorios que le hicieron, el protagonista nunca desveló su verdadero nombre, y cada vez que se lo requerían, manifestaba que todo el mundo lo llamaba El Moro, insistiendo que fue abandonado por su padre desde muy pequeño y que gracias a su astucia pudo sobrevivir en un mundo hostil con una infancia desamparada en el Magreb.

Parece ser que, viéndose acorralado y perseguido desde la costa africana, partió a toda prisa con la tripulación justa, con escasos aprovisionamientos y a tiempo de que le pudiesen cañonear. Conociendo bien los mares de Canarias, enseguida ordenó a su lugarteniente dar un viraje de timón hacia alta mar, hacia el poniente. Pasando por el norte de Tenerife, siguió sorteando el viento en contra hacia el sur de La Palma, gracias a sus velas triangulares que le permitían aprovechar los vientos laterales, uno de los mejores inventos árabes en la navegación desde la baja Edad Media, en lo que él era un experto marino.
Llegando a estas costas a últimas horas del atardecer, allí recaló para pasar la noche con una triple intención: esconderse sin ser visto en una pequeña cala de fácil acceso y que le permitiera salir rápido en caso de apuros aprovechando los vientos de la zona y la corriente marina. Hoy podemos conjeturar casi con precisión que pudo haber sido en el lugar conocido por El Puertito, en esta localidad de Fuencaliente. También se cree que, intentó subir al pueblo para tomar algunas provisiones (agua y víveres) aunque fuera a punta de pistola a la población indefensa; y lo más importante de todo: esconder en un lugar seguro y fácil de reconocer, el valioso tesoro de joyas y monedas que llevaba fuertemente custodiado en su bajel, producto de sus fechorías. No tuvo tiempo de hacer todo su cometido, pero sí enterrar su cargamento de oro y plata en un sitio estratégico y poco transitado, en el pinar situado en lo alto del apartado barrio de Las Caletas, junto a un pino de grandes proporciones que tenía una extraña forma, de un ramaje horizontal rosando el suelo, muy típico de la zona y que aquí solemos llamar «pinos gachos». Esta sería una referencia perfecta y reconocible, el sitio exacto para que algún día pudiera recuperarlo. El Moro tenía esa firme esperanza.
En su ascenso hacia el pueblo, fueron duramente rechazados por los lugareños que ya los habían visto llegar, huyendo con su grupo hacia la costa y levando anclas para alejarse rápidamente de la isla. No tardaron mucho en poner rumbo a otro destino; acechados de su escondrijo costero, fueron acorralados a mar abierto y apresados por los perseguidores. Los tres navíos de la marina española abordaron con facilidad el bajel pirata, después de unos disparos a pocos metros, rindiéndose de inmediato sin apenas usar la artillería. Entre otras pertenencias, lo que pudieron requisar fue una estimable partida de ron producto del último asalto a Gran Canaria, isla que contaba con varios ingenios azucareros e importantes destilarías. Su destino era vender la mercancía de estraperlo en los puertos africanos, especialmente a los principales dignatarios de la zona, cuya falsa moralidad islámica les «obligaba» a adquirir calladamente ante sus súbditos, pues la religión les prohíbe el consumo de alcohol. Sin embargo, el tesoro escondido quedó a salvo y nadie de la tripulación se atrevió a comentar nada, sabedores de la sanguinaria ira del morisco, si se iban de la lengua. O, quizá, porque les convenía cobrar su parte del botín, siempre y cuando la suerte les acompañara en el futuro.
La flota española se dirigía rumbo al Caribe para servir como escolta a otros navíos en su regreso a Cádiz y Sevilla. A bordo, Abdul Kalhram y sus a los quince esbirros marinos encadenados, estaban siendo trasladados a Cuba para ser juzgados, como así fue. A nuestro protagonista lo condenaron al presidio de por vida en el Morro de La Habana, la prisión más severa del momento. De su tripulación nunca más se supo, posiblemente fueron vendidos como esclavos o sentenciados a muerte. Y aquí comienza la leyenda de este siniestro personaje.
Se cuenta que después de algunos años en prisión, y pensando en recobrar la libertad a base de pagar una fuerte fianza, el morisco se valió de un compañero de celda para escribir una carta al párroco del pueblo de Fuencaliente, narrándole la necesidad de arrepentirse de sus fechorías y obtener el perdón. Le decía que tenía suficiente dinero y joyas para depositar la mitad del botín como fianza de su liberación, que ese tesoro lo había escondido en ese pueblo y que, por tal motivo, pedía que le ayudase, que la otra mitad sería para libre disposición suya y de la iglesia.
El cura parece ser que no debió contestar a la misiva, o al menos el Moro no obtuvo respuesta afirmativa, por lo que volvió a mandar otra carta al secretario del Ayuntamiento, que en ese entonces ocupaba el cargo provisionalmente don Luciano Hernández Armas, corresponsal del municipio matriz de Mazo. En esta segunda misiva le instaba que se pusiera en contacto con el párroco, que ya tenía conocimiento de ello y, además, le dibujaba en un mapa las señas del escondite que él aún creía recordar: un pino gacho de gran tamaño, achaparrado, de ramas planas y distinto a los demás, que bajo su troco, en la ladera del poniente, se encontraba enterrado un cofre grande con su tesoro.
Lo que nunca pudo saber el pirata morisco es que pocos meses antes de esa segunda carta, la zona de las Caletas había sufrido un devastador incendio forestal que quemó buena parte de su monte, incluido el famoso pino que todos conocían. Sin embargo, la noticia del escondite corrió como la pólvora en aquella época y muchos lugareños se afanaron diariamente en la búsqueda del grandioso tesoro, sin que nadie pudiera hallarlo. Hasta bien entrado el siglo XX, todavía lo seguían buscando en vano, desde el camino que sube del mar hasta lo alto de Las Caletas, y muchas mañanas aparecía escarbado el entorno donde estuvo el desaparecido pino gacho.
Del referido pirata nada más se supo, pues nunca recibió respuesta por parte de los receptores fuencalenteros. Se cree que murió en la dura prisión de Cuba o fue ejecutado, no hay registro de ello. Pero la leyenda del fastuoso tesoro permanece en la incógnita durante todo este tiempo, no hay constancia de su descubrimiento, jamás apareció. Y si alguien tuvo la suerte de encontrarlo, guardó el secreto y no lo desveló, continuando todavía la incertidumbre.
¿Que la historia parece inverosímil? Es posible que sí, pero que nunca le llegaran a contestar a sus cartas con la intención de apropiarse del tesoro, pudiera ser que también lo fuera. Quizás este sea el motivo por lo que esta leyenda fue acallada en su momento y sigue dando que hablar a día de hoy.
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La leyenda del fastuoso tesoro permanece en la incógnita durante todo este tiempo, no hay constancia de su descubrimiento, jamás apareció
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EL TESORO DEL PINO GACHO — LEYENDAS DE LA PALMA · FUENCALIENTE, SIGLO XVIII
Sobre esta leyenda
«Está inspirada en la leyenda que ya se ha publicado, pero yo le doy otro enfoque más realista, aunque evidentemente, todo es ficción», advierte el propio Manuel F. Hernández Martín sobre este relato.
SOBRE EL AUTOR
Manuel F. Hernández Martín es autor-colaborador palmero. Colabora en la Revista Breña Alta y en El Faro de La Palma firma la serie «Leyendas de La Palma».

Leyendas que reflejan la historia y las creencias de los antiguos habitantes de La Palma y otros relatos curiosos de la isla. Agotada la primera edición, muy pronto estará disponible la segunda en las librerías de la isla.
Otras publicaciones del autor:


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