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Milagros, reliquias y el memorial submarino de los Mártires de Tazacorte (V)

by José Guillermo Rodríguez Escudero
julio 10, 2026
in Cultura, La Palma, Opinión
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LOS MÁRTIRES DE TAZACORTE · V

Milagros, reliquias y el memorial submarino de los Mártires de Tazacorte (V)

Prodigios, reliquias y el camposanto sumergido que honra a los mártires de Tazacorte

Iconografía milagrosa y reliquias del martirio

El grabado en cobre de la Virgen que el pontífice confió a Azevedo para su travesía no era sino una réplica exacta del célebre icono bizantino que se venera en la capilla Borghese de la Basílica de Nuestra Señora la Mayor de Roma, advocación universalmente conocida como Nuestra Señora de las Nieves. Atribuida según la tradición cristiana al pincel del propio evangelista san Lucas, a esta sagrada imagen se la denomina también Salus Populi Romani, la Protectora del Pueblo Romano.

La profunda vinculación entre Ignacio de Azevedo y el culto a esta Madona di San Luca arraigó firmemente cuando el religioso introdujo su veneración en Portugal, al portar consigo las primeras copias autorizadas por el Papa para tierras lusas, además de diversas reproducciones destinadas a las incipientes misiones brasileñas. De este modo, la figura de Azevedo quedó ligada de forma indirecta al nacimiento de esta devoción mariana en el Nuevo Mundo; de hecho, durante los siglos XV y XVII se extendió la firme creencia de que la efigie de la Virgen custodiada en la Catedral e Iglesia del antiguo Colegio Jesuita de Salvador de Bahía era la misma que el religioso estrechaba entre sus manos en el instante de su muerte.

Alrededor del trágico desenlace de Acevedo floreció de inmediato un aura legendaria de tintes milagrosos. Las crónicas populares aseguraban que, tras ser arrojado su cadáver al Atlántico, el cuerpo se alejó flotando sobre las olas sin llegar a sumergirse, reapareciendo misteriosamente al caer la noche.

Se relata que un marinero portugués, alertado por unos extraños golpes contra el costado del navío, descubrió el cuerpo exánime de Ignacio a merced de la corriente; al asirlo de las manos sin apenas esfuerzo, logró desprender la estampa mariana que hoy, hipotéticamente, es objeto de veneración en la antigua Colegiata de Bahía.

Según la leyenda, en el preciso instante en que el marinero tomó el grabado, el cuerpo inerte del jesuita se hundió pacíficamente en las profundidades del océano. No obstante, el relato que terminó consolidándose en la literatura y en la iconografía sagrada sostiene que Azevedo expiró aferrado de forma inquebrantable a la imagen de Nuestra Señora, propagándose la hermosa idea de que ni siquiera la muerte pudo romper su abrazo, sumergiéndose con ella hasta el fondo del mar.

A este respecto, el padre Baltazar Teles detallaba en su crónica de mediados del siglo XVII que «nunca los herejes han podido sacar de sus manos la imagen de la Virgen Santísima, y con ella, bañada en su sangre, fue lanzado al mar».

Tal fue la trascendencia de este gesto que, en 1637, Ignacio de Azevedo fue inmortalizado en relieve —esculpido junto a los miembros más ilustres de la Compañía de Jesús y sosteniendo la imagen de la Virgen en sus manos— en la fachada delantera de la urna funeraria de san Ignacio de Loyola, en la iglesia del Gesù de Roma.

El cáliz del Presentimiento

A la par de este prodigio mariano, la memoria del sacrificio se perpetuó a través del llamado Cáliz del Presentimiento, una reliquia que permaneció custodiada en Tazacorte durante ciento setenta y cinco años, desde 1570 hasta que en 1745 el obispo Juan Francisco Guillén la extrajo de su ermita para obsequiársela a los padres jesuitas de Gran Canaria.

Es posible que el cáliz retornara posteriormente a su villa de origen, pues los testimonios orales sugieren que otro prelado de Tenerife, Luis Folgueras y Sión, se incautó de la reliquia durante su visita pastoral a La Palma en 1831 con el fin de enviarla a Roma.

Con el tiempo, la pieza debió emprender el viaje de regreso desde la capital italiana hasta Las Palmas de Gran Canaria, ciudad donde ha permanecido resguardada en los últimos años. Lo que resulta del todo constatable es que, en la emotiva conmemoración de los Beatos Mártires celebrada en el año 2009, la liturgia recuperó esta reliquia para su onomástica; en aquella solemne eucaristía —presidida por el obispo Bernardo Álvarez— concelebraron el párroco de Tazacorte y un invitado de excepción, el padre Fernando García Gutiérrez, un jesuita de dilatada trayectoria misionera en Japón, arropados por numerosos sacerdotes de la isla y de la diócesis.

Como apunte histórico, el investigador Noda advertía que el célebre cáliz ya no conservaba la muesca original que tradicionalmente se atribuía a los dientes incisivos de Ignacio, debido a una profunda restauración que fue necesario acometer ante el avanzado estado de deterioro que amenazaba la integridad de la pieza.

Prodigios e intervenciones milagrosas

El cronista e investigador Talio Noda, autor de referencia sobre los Mártires de Tazacorte.

La dimensión espiritual de Ignacio de Azevedo no solo se manifestó en su heroico final, sino que estuvo jalonada por numerosos prodigios y milagros que la hagiografía sitúa tanto en su vida —in vita— como tras su violenta muerte —post mortem—, según el testimonio de cronistas y testigos de la época.

Entre los episodios más célebres acaecidos en vida, los investigadores Osswald y Hernández Palomo recopilaron sucesos asombrosos: como el ocurrido en Braga, donde tras asegurar a sus compañeros que no debían preocuparse por la falta de alimentos pese a tener las alacenas vacías, una misteriosa mujer apareció de la nada para dejar un cesto rebosante de pan. También se le atribuye la curación instantánea en Évora de un enfermo atormentado por los demonios, o la milagrosa salvación de un naufragio en el río Cávado al desviar con un solo gesto de su mano un enorme tronco que amenazaba con destrozar la embarcación. Las crónicas hablan asimismo de cómo él y un compañero de viaje fueron transportados de forma sobrenatural a la orilla opuesta del río Prado mientras se dirigían de Braga a Barcelos, en el norte de Portugal.

Ya en tierras americanas, durante una travesía marítima entre San Vicente y Bahía en julio de 1567, Azevedo logró salvar el navío en el que viajaba junto al célebre padre Anchieta al ahuyentar a una enorme ballena que amenazaba con hundirlos, sumando así un largo etcétera de intervenciones prodigiosas.

El misticismo en torno a su figura se agigantó tras su fallecimiento a través de los fenómenos post mortem, esenciales en las audiencias para su posterior beatificación. El más célebre de ellos relata cómo su cuerpo permaneció flotando sobre las aguas de manera inexplicable hasta que las naves corsarias de Jacques de Sores abandonaron el lugar; un prodigio que en los relatos de la época se entrelazó con la firme creencia de que los hugonotes jamás lograron arrebatarle de las manos la imagen de la Madona a la que el cadáver permanecía aferrado, tal y como hemos visto.

Los milagros de naturaleza marítima continuaron manifestándose entre los viajeros que surcaban la ruta hacia el Brasil. Se cuenta que, de inmediato a la matanza, los piratas que perpetraron el crimen sufrieron el castigo divino de la ceguera.

Años después, en 1610 y con las costas de La Palma a la vista, el padre Godinho logró aplacar una furiosa tempestad que ponía en peligro su embarcación con el simple gesto de arrojar un retrato de Azevedo al mar. Asimismo, durante los procesos de Coímbra, un testigo declaró que cuatro jesuitas que andaban a la deriva y perdidos en el océano durante cuarenta días consiguieron avistar las islas Canarias justo después de lanzar a las olas varias cartas que portaban las firmas de los mártires del Brasil.

Finalmente, en 1616, un grupo de viajeros que navegaba rumbo al Paraguay presenció cómo las aguas donde se había consumado la matanza de los cuarenta jesuitas en 1570 aparecían milagrosamente teñidas de sangre; al recoger una pequeña muestra y probarla, los navegantes se rindieron ante el prodigio al comprobar que aquella agua salada se había transformado en un líquido dulcísimo.

El memorial submarino y el resurgir del culto en Tazacorte

La memoria del cruento sacrificio jesuita no solo pervive en los archivos y la literatura, sino que echó raíces en el propio lecho del océano. El 5 de noviembre de 2000, un grupo de amigos y buceadores del Club Almirante Díaz Pimienta, bajo la coordinación de José Feliciano Reyes, descendió a unos veinte metros de profundidad para depositar en el fondo marino cuarenta pesadas cruces de piedra, justo en el área donde la tradición sitúa el lugar en que los jesuitas fueron arrojados al mar.

Estas piezas, que antes de su inmersión recibieron la bendición del obispo nivariense, se hallan sumergidas entre la Punta de Malpica y la Punta de Fuencaliente, en las inmediaciones de la Boca Fornalla —enclave al que los pescadores locales llaman coloquialmente Cueva de las Palomas—. La ubicación exacta del monumento quedó registrada en las coordenadas 28º, 27’, 178’’ Latitud Norte y 17º, 50’, 748’’ Longitud Oeste.

Este singular y sobrecogedor camposanto sumergido regala hoy un impactante espectáculo visual a quienes exploran las profundidades del sur de la isla, cerca de la emblemática Torre de Malpique. El proyecto se materializó gracias al empeño del recordado Feliciano Reyes, investigador local y antiguo director del Patronato Municipal del Museo Naval de Santa Cruz de La Palma, quien lideró a este grupo de entusiastas del mar y de la historia, contando con el respaldo económico del Cabildo Insular de La Palma.

Imagen procesional de Ignacio de Azevedo

Medio siglo antes de este homenaje submarino, el culto en la superficie había tomado un impulso definitivo. En 1946, coincidiendo con las fiestas patronales de San Miguel, la prensa insular desveló el hallazgo de una histórica lápida en la vivienda que cobijó a los religiosos durante sus últimos días. El descubrimiento de esta placa de mármol, custodiada en el antiguo conjunto de casonas de El Charco o «Hacienda de Abajo», encendió la reivindicación oficial de la denominación «Mártires de Tazacorte» por parte del Ayuntamiento, el clero y los vecinos.

Este fervor popular cuajó de forma definitiva pocos años después con la llegada de una efigie del beato Ignacio de Azevedo. En la actualidad, el mapa devocional de La Palma cuenta únicamente con dos tallas dedicadas al religioso: una custodiada en la ermita de Nuestra Señora de Fátima, en el barrio llanense de Retamar, y otra en la parroquia de San Miguel de Tazacorte, que se convierte en el epicentro de las celebraciones cada 15 de julio al recorrer en procesión las calles de la villa.

La imagen de Tazacorte ostenta el honor de ser la pionera en la isla. Su entronización en 1949 coincidió de forma dramática con la erupción del volcán de San Juan, por lo que su recibimiento se revistió de solemnes actos de rogativa para suplicar el cese de la actividad volcánica.

Debido a que la talla no llegó a tiempo para su festividad litúrgica del 15 de julio, los actos de bendición se pospusieron al día 24 de ese mismo mes. La obra, confeccionada con toda probabilidad en talleres peninsulares, llegó a la localidad como una generosa donación de las hermanas Orfelina y Ana Leal Rodríguez, actuando como padrinos sus sobrinos Pedro y Emilia Leal Martín.

Los ecos de la prensa de la época rememoran que la bendición se ofició en la propia residencia de las donantes; desde allí, una multitudinaria comitiva acompañada por la banda de música custodió la talla hasta el templo de San Miguel. La jornada culminó con una misa cantada en la que el coro parroquial interpretó la misa a dos voces de Lorenzo Perosi bajo la batuta de Ramón Perera, en una ceremonia presidida por el párroco Juan Rodríguez Cárdenas, quien además lideró la primera procesión de la efigie desde el barrio de San Borondón.

El origen de esta donación esconde una intrahistoria familiar: según recuerda Pedro Leal Martín, sus tías habían consultado por carta al sacerdote Agustín Fernández de la Guerra —antiguo párroco del municipio bagañete que entonces residía en Cuba— sobre qué pieza litúrgica regalar a la iglesia, siendo él quien les sugirió inmortalizar al beato Ignacio de Azevedo.

Desde entonces, la familia Leal ha mantenido vivo su compromiso con este legado. Aunque ya en 1948 constaban gestiones y una suscripción pública promovida por la parroquia para costear un altar o capilla propia —iniciativa impulsada bien por el veterano párroco Julián Marco Requena, fallecido ese año a los 73 años, o por su sustituto provisional Santiago Hernández Rodríguez—, la generosidad de las hermanas Leal Rodríguez terminó por resolver la adquisición.

Aquel mismo año de 1948, el programa festivo anunciado por el Diario de Avisos el 15 de julio bajo el sugerente epígrafe de «Próxima fiesta en honor de los ‘Mártires de Tazacorte’» ya anticipaba el calado del culto. Los festejos de aquella edición, que combinaban actos sagrados y populares como batallas de flores, incluyeron la procesión del antiguo lienzo de los Beatos Mártires junto a su arqueta de reliquias, la cual descendió hasta el barrio del Puerto para protagonizar un emotivo encuentro con la imagen de San Pedro, el venerado patrono de los pescadores.

Reliquias de los Mártires custodiadas en el Santuario de Las Angustias.
Procesión de la arqueta con las reliquias de los Mártires.

Quinta entrega de la serie de José Guillermo Rodríguez Escudero sobre los Mártires de Tazacorte. Continuará.

BIBLIOGRAFÍA

  • TELES, Baltazar. Chronica da Companhia de Jesus na Província de Portugal. Lisboa, 1645-1647.
  • NODA GÓMEZ, Talio. Otra aportación sobre los Mártires de Tazacorte. Ayuntamiento de Tazacorte, 1996
  • OSSWALD, María Cristina; HERNÁNDEZ PALOMO, José J. «Aspectos del culto a Ignacio de Azevedo…». Caja Sur, Córdoba, 2009.
  • FELICIANO REYES, José. Nota informativa, (fax recibido el 13 de julio de 2009).

LA SERIE · LOS MÁRTIRES DE TAZACORTE

  • I. Ignacio de Azevedo, el jesuita que encabezó la expedición hacia el martirio.
  • II. La estancia en Tazacorte y la premonición del martirio.
  • III. El martirio de los cuarenta jesuitas frente a las costas de La Palma.
  • IV. La sombra del corsario: La Gomera, las premoniciones y el nacimiento de una devoción.
  • V. Milagros, reliquias y el memorial submarino de los Mártires de Tazacorte (esta entrega).
  • VI. Los murales de San Miguel y los versos que mantienen viva la memoria (próxima entrega).
  • VII. El legado pictórico y la arqueta de las reliquias de los Mártires (próxima entrega).
  • VIII. La casulla sagrada y la cruz conmemorativa: el cierre de la memoria (próxima entrega).

SOBRE EL AUTOR

José Guillermo Rodríguez Escudero es historiador y colaborador habitual de El Faro de La Palma. Firma en estas páginas artículos sobre patrimonio, arte y memoria de La Palma.

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  • La Fiesta de las Madres (I): el nacimiento de una tradición y el misterio de la Virgen de las Nieves.
José Guillermo Rodríguez Escudero

José Guillermo Rodríguez Escudero

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