El autor nos invita a un viaje emocional hacia las raíces de la memoria, rescatando la esencia de la vida sencilla y la calidez de la familia García en el norte de La Palma.
Mauro Castro
Hay casas que son hogar aunque no lleven tu apellido. Casas que no solo se habitan, sino que te habitan para siempre. La de Ceferina era una de ellas.
En Franceses hay muchas casas que parecen postales, pero la suya tenía algo más. No sabría decir si era la forma en que el sol se detenía en sus paredes, o la manera en que la vida latía en su patio. Quizá era todo junto. Quizá eran ellos.
Hija de Doña Rosario y Don Andrés, Ceferina construyó allí su vida junto a Urbano, y de ese amor nació Rosarito. Pero para mí, aquel lugar fue también parte de mi infancia, de ese mapa invisible que uno dibuja sin saberlo y que luego reconoce como su verdadero hogar.
Llegar hasta su casa ya era una pequeña aventura. Aquel trillo estrecho, bordeando la huerta, con las cirgüeleras asomando a un lado… aún puedo saborear aquellos frutos pequeños, intensos, como si guardaran dentro toda la esencia de la tierra. Cruzarlo era como atravesar una frontera: dejaba atrás el camino y entraba en mi mundo.
El patio me recibía siempre igual, y sin embargo nunca era el mismo. La palmera imponente, los dragos, las flores creciendo en latas de aceite que alguien convirtió en macetas con más cariño que medios. Los conejos en sus conejeras, las gallinas, la vida sencilla y completa.
Y Ceferina.
Sentada frente a su máquina de coser, con ese pedal que parecía tener prisa por todo lo que ella no tenía. Porque si algo la definía era esa calma suya, ese modo de estar en el mundo sin dejarse arrastrar por él. Cosía talegas, cortinas… cosas sencillas, necesarias. Pero lo hacía con una naturalidad que convertía lo cotidiano en algo casi hipnótico.

Yo me sentaba cerca, muchas veces en la acera, simplemente a mirar. A aprender sin saber que estaba aprendiendo. En las huertas, Urbano. Siempre con los pantalones remangados, los pies dentro del surco, en conversación silenciosa con la tierra. Papas, boniatos, pasto… la vida creciendo bajo sus manos.
La pileta a un lado, y junto a ella un mundo de flores alimentadas por aquella agua jabonosa, el olor constante de algo al fuego en la cocina… y la risa. Porque si algo no faltaba allí era la risa, esa forma tan suya de hacerte sentir bien sin necesidad de grandes gestos.
Y alrededor, como si el mundo se hubiera organizado con sentido, la casa de sus padres, la de su hermana… un triángulo de patios que fue para mí un universo entero.
Hoy, cuando miro atrás, entiendo que no solo jugaba allí. Me estaba construyendo. Me estaba llenando de todo eso que ahora, sin darme cuenta, sigo buscando: la calma, la cercanía, la verdad de lo sencillo.
Porque hay lugares que no se quedan atrás. Se quedan dentro. Y hay familias que, sin llevar tu sangre, terminan latiendo en ella.
Gracias familia García.
Aquí tienen el comienzo de la historia :Recuerdos que me sostienen – El Faro de La Palma
Aquï tienen la segunda parte:Recuerdos que me sostienen: Un homenaje a quienes hicieron de mi infancia un hogar (II) – El Faro de La Palma
Aquí la tercera parte: Recuerdos que me sostienen: Un homenaje a quienes hicieron de mi infancia un hogar (III) – El Faro de La Palma
La cuarta parte:Recuerdos que me sostienen: Un homenaje a quienes hicieron de mi infancia un hogar (IV) – El Faro de La Palma
La quinta parte: Recuerdos que me sostienen: el patio de doña rosario (V) – El Faro de La Palma
La sexta parte: Recuerdos que me sostienen: Concepción y su casa (VI) – El Faro de La Palma
La séptima parte: Recuerdos que me sostienen VII: Mi bisabuelo; el cartero de los barrancos – El Faro de La Palma
La octava parte: Recuerdos que me sostienen VIII: Manual de madres (edición irrepetible) – El Faro de La Palma
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